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8.2.09

.detalles diurnos.


ujgram en bangladesh. no pensó nunca: mentira, lo supo siempre. yo tenía diez [pastillas, patologías, libros pendientes, ideas nunca conclusas, posibles futuros funestos]. yo realizaba los viajes en busca de algo más. (yo quería estar lejos). redisari en indonesia. la lengua era una y era siempre extraña. por dentro todo había sobrepasado la fecha de caducidad. lo supe siempre. (antes de las muestras de sangre, de las horas infinitas en la cama, de las canciones ajenas, de [¿quién?]).
ya no había hora. ya no había reloj.

31.1.09

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Por la noche no soy yo en las conversaciones.

29.1.09

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Despierta en blanco: cortinas, sábanas y ropa interior. Se desnuda lentamente y sola. Puede comenzar de nuevo: despierta. Quisiera voces de mujeres en las esquinas, un murmullo apenas. Nadie se lo cree, primera baraja: veo un hombre de piel clara en tu pasado. Despierta con el olor del copal pegado en piel. La mujer tenía las uñas blancas, es todo lo que recuerda. Usando más la mano derecha, decía, y claro, segunda baraja: un ojo que mira de frente, más allá de las pastillas. Esas veces no despierta, toma agua, continua con las preguntas y mira fijamente todos los angúlos incompletos. Encuentra patrones en los años que no le han traído nada y lo sabe, tercera baraja: alguien importante aparecerá en las siguientes tres semanas. Y sigue el incienso confundido en sus pulmones y un sino inevitable que nunca llega. Despierta en blanco: una mañana estuvo en Barcelona y nadie tomaba su mano. El vestido nunca estuvo ahí, en realidad era entonces cuando tenía qué verdaderamente despertar. Y ya era de noche.

2.12.08

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Se había encogido miniatura hasta encerrarse en una caja. Por la ranura asomaban sus deliciosas piernitas envenenadas. Toda ella en diminutivo: engañosa. Él habría querido recorrer sus rincones, dejar que el humo de aquel cigarro infinito penetrara en sus pequeños ángulos, que la acumulación de lluvia los llevara juntos a un ayer. Cualquiera. Eran sus obsesiones, se repetían en silencio, confusos, sin saber cómo interpretar esa paranoia de conocerse. A secas, de un lado de la mesa a otro, sin pasar la sal cuando fuera necesario. Sopa de arroz, impensable. La chica soap opera decía: no eres tú. La chica soap opera decía: quédate. Si alguien iba a escucharla tendría que ser él, pero la mujer caja se confiaba en su mal oído, en sus ridículas heridas, en el arroyo sangre que caía desde su dedo. Benedetti y la sangre, sin confesarlo, porque nadie debía saber ahí que leía a Benedetti. Cuestiones de honor, menudas y sin significado. Al final ella tiene un juego de sandalias nuevas y él la edad en suma de todas sus infancias. El cigarro se queda a la mitad, hay que cerrar ciertas puertas.

30.11.08

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Iba a resultar que Freud tenía razón y la mujer cocodrilo no tenía un caos en las hormonas si no todas las tuberías averiadas. Lo supuso ante el círculo con que sus labios formaban la o. No. Qué Dalí en negativa ni qué nada. Era fácil preveerlo, sin todas sus adivinas, o sin las adivinas de él, que eran más y tenían más peso. ¿Con qué asocias esta mancha, Samantha? Soy algo más que mi nombre y que mis traumas. O eso me gusta creer cuando se va la luz y mis huesos no resisten la estructura de mi cuerpo. Soy algo más que un historial de enfermedades inventadas y de anécdotas escritas en desorden.
O eso me gusta creer.
Cuando se acaba el té y de cocodrilo sólo tengo el apellido y los sueños acuosos. Antes de despertar, Samantha narrando el sueño de Kafka ante el abismo. Todos estamos alerta.

28.11.08

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Soy tan tonta que lo olvido todo. Qué cometa distraída morado obispo volaba lejos y yo la ignoraba. Caminábamos juntos por las playas de Barcelona y tenías hambre de paella. Con este vestido blanco soñé toda mi vida: tela torpe. Nada cambia. En todos mis paisajes hay un sol y una brisa salada que me golpea hasta en el agua dulce. Si no somos del Caribe, si no somos peces, si no tomamos estas manos para esculpirlas en recuerdos futuros, ¿entonces qué? Soy tan tonta que me olvido de las ciudades que tenían tu nombre, los sueños viejos que tenían tu nombre, los recuerdos que tenían tu nombre. Y yo por dentro me desvisto y regreso a las palabras que te pedían que devolvieras las llaves. Ganas de hacerte reescribir aquel poema, decías, y si estábamos mintiendo era justo.

20.11.08

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En qué ventanas vas a mirar el mar cuando nos hayamos secado por completo. Quién va a buscarte siempre, creer adivinarte siempre en la última sílaba de todos los nombres que tratan de nombrarte. Quién va a volver a inventar las canciones para que hablen de ti y me cuenten qué calles atraviesas con tus pantalones siempre rotos, siempre remendados. Con los mil ángulos plateados en tu cara, con tu castaño rebelde, con todos tus años derramados. Qué noches van a ser las noches que esperábamos, cada quien en su meridiano, en nuestros usos horarios, en la intimidad prostituida de nuestros recuerdos, esos que no compartimos. Todo lo que no ha sido tuyo en mí, todo lo que no alcancé a robarte. Quién va a creer que no es justo mirarte en el café, recorrer en silencio todos los mapas, descubrir ciudades que nunca serán nuevas. Qué tabaco quemará tu última sonrisa del día, cuando duermas en tu orilla, en cualquier otra orilla. Lejos.

11.11.08

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Nunca había estado más cerca de parecerse a sus patologías: un abismo en la boca del estómago, la retórica de las malas películas de terror. El orden en que los personajes caen, en que ustedes caen, como fichas de ajedrez. Nunca había visto un arma, más allá de la seguridad de las películas violentas. Hay algo más, algo que te toca. La piel como un vasto mundo incongruente. Su piel camuflajeada con el agua de la tina, con el sonido ensordecedor de la regadera lluvia al caer. No te cree que llamaras frágil a Ana. Recuerda a una pelirroja, pero más recuerda los golpes a la puerta de madrugada. El choque en el sótano, el escape del hombre triste. Qué cerca estaba la realidad, su realidad de televisión. Sus encuentros de fiebre bajo el semáforo, los ríos de coches detenidos: todos somos espectadores de la miseria. Entonces sí el final feliz, el abandono cómodo a los lugares comunes era: despertó, todo había sido un sueño. Pero no.

18.10.08

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El rostro de Marielos se repetía hasta el infinito, falto de espejos. Tampoco habría de encontrarla ahí, los jóvenes equivocaron el curso. Las mañanas de viento helado, tendida como una alfombra en las manchas solares. Ni una hoja del libro habló al respecto, queriendo escapar me volvía estática. No estabamos errados, Oscar Wilde era todo un caballero. Niñas de naranja en todos los pasillos, frutas de ojos claros. Terribles laberintos llenos de trampas: folletos, comida, música infecciosa. Pero una promesa era una promesa, repartir posters, dividir mi tiempo. Feliz cumpleaños a ti. Abrazo, notas de letra ilegible. Feliz cumpleaños, señor presidente. Con este pasto y este sol no hay quien pueda fumarse un cigarro. Arder sí toda la literatura, los poemas que no conseguiste, el libro que no alcanza a tomar la otra mano. No vengan aquí, que nadie nos encuentre aquí.
Y ahora, nos falta sólo una pantalla: día multicolor con música de Cat Power. Y en sábado.

13.10.08

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El equipaje estaba mojado, el caos de poesía brasileña mostraba pequeñas mordidas húmedas de coca cola. Era mejor que confundir el número, mover todas las piezas. Con tal de adentrarse en la noche. La mujer junto a mí buscó la excusa para hablar: música con interferencia. Más allá de las voces de ópera yo pensé en los cuentos de mi niñez, las mil y una noches. Ella sabía a lo que me refería, fue fácil de adivinar: leo la mano. Estaba destinada a rodearme de adivinas. Me dejó un número de teléfono, un libro y el saber el origen de mis buenos encuentros. Era suficiente para mí: en otro camión me alejé antes, en otro viaje te busqué, te perdí. Las canciones eran siempre equivocadas excepto aquella que decía: por más que me aleje, por más que te trate de olvidar, por más que el tequila me malaconseje, no está entre mis planes regresar.

10.10.08

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Descubrí demasiado tarde que Lhasa cantaba en francés, que había dejado olvidados los libros desconocidos que necesitaría, que las plazas no eran a cielo abierto. Despertaste en la cama de la habitación circular, la mañana era gris, no alcanzabas el techo. Alguien te negó una sábana en la noche, alguien se escondió en el azul del colchón, en las manchas de otros cuerpos. Te imagino fumando por las ventanas pequeñas, hundiéndote en los charcos de la lluvia que no cae. Isabel dice un autor y yo confundo el libro. Los nombres se repiten pero tú te hundes en el Sena sin remedio.
Estamos donde debemos de estar.

28.9.08

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Joan da una larga calada a su tabaco oscuro. La mujer a su lado confunde el humo entre la imagen del vuelo. Yo pienso: lo aparente es una línea con pretenciones de horizonte. Un puente. La noche quisiera calentarnos los pies, pero nosotros no bebemos demasiado. Qué lejanías traemos en el cuerpo. Con qué profunda entereza nos cubrimos de la constante lluvia, hundimos los pies en lo más hondo de los charcos: el mar. Quién diría que Joan estaría ahí, a las puertas de un cine, definiendo todo con la palabra Cortazar. Quién diría que habría un sólo número, una sola llamada jamás contestada, un bar irlandés, una barra de bar amarilla. Una noche, y la siguiente. La palabra luna repetida en ruso a las afueras de una tienda cerrada.
Esa y todas las noches. Un mes también es una vida. Joan quemaba el vuelo en las colillas de sus cigarros. Sólo en los días de octubre.

24.9.08

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Kris lee las manos de María. Hay otras líneas para ella, historias más claras. María instalada en el sillón rojizo y viejo, temerosa en un apartamento que parece a punto de caerse a pedazos y que Kris trata de esconder tras fotos de revistas pegadas en la pared. Tu primer esposo morirá, María. Ah, así, a los veinte años y ya saber que, claro, el primer, primer y todo lo que eso implica, esposo ha de morir. Kris le cuenta una historia que deberá convertirse en la suya. O no. Kris busca en mis manos para contarme lo que extraño, qué claro que está en ellas. El tres es el número en las apuestas, el departamento, el boleto de las rifas. Tres amores, me dice, tres insostenibles amores, quiéres saber con cuál te quedarás. No, respondo, no quiero saberlo. El tres es el número de los cuentos, de los lunares y las primeras líneas, el número anterior a la palabra y a mí. Tres. Para Kris todas esas historias están escritas de diferentes formas.