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12.1.09

.sueños atrasados. .08.01.09.

Tenía la sensación de que estábamos de visita en casa de Mauricio. Sin embargo todo lucía como una campiña muy iluminada que se extendía hasta donde la vista alcanzara y donde cada cierto tramo se encontraba alguna construcción, como si las partes de la casa estuvieran dispersas por el campo.
Yo caminaba tras haber salido de una y dirigiéndome a otra. Tenía la sensación de llevar mucho tiempo en ese lugar y sin embargo nunca había visitado el sitio al que me dirigía, que eran una especie de cuartos extra que nadie empleaba. Una especie de lugar secreto que en realidad todos conocían.
Cuando entro algo está sucediendo, escucho una conversación que parece acercarse a una pelea. En lugar de dirigirme hacia ese punto voy rodeando hasta llegar al cuarto que se encuentra junto. En el cuarto hay una pared falsa, la abro como si fuera una puerta y termino encerrada dentro de un pequeño armario improvisado. Sé que al volver a cerrarla nadie notará que estoy dentro, nadie sabrá que estoy ahí. La pelea es cada vez más violenta, me tapo los oídos y repito mentalmente lo que sucede como si fuera una historia conocida: alguien, el visitante, mata a todas las personas que se encontraban en la casa. Nadie era de la familia, todos los demás permanecían callados en otros sitios mientras las dos personas discutían y murieron callados. Con los ojos y los oídos cerrados puedo ver las paredes de afuera llenas de sangre, en una imagen que he visto antes muchas veces.
Salgo y todo lo demás es un escape, más que de una circunstancia de una imagen. Me siento perseguida por la fatalidad, como si se hubiera disperado a través de la casa y ahora me siguiera inevitablemente. Llego a casa de mi abuela, hay una reunión familiar pero todos parecen muy lejanos en una casa que se acrecenta y extiende cuando tratas de abarcarla. Trato de distraerme pero no puedo, me siento nerviosa y voluble. Me refugio en el cuarto de mi abuela y estoy sentada en el piso junto a mis hermanos. Hay otras personas con nosotros que no conozco, niñas pequeñas que hablan y hablan sin que pueda entender lo que dicen. Mi hermana entonces le comenta a alguien más que mi hermano le enseñó cómo subir por las paredes. Y entonces la veo apoyarse contra la alta pared amarilla y comenzar a subir, como si su cuerpo pudiera adherirse sin ningún problema, o como si unos hilos delgados sostuvieran su peso. Ella explica que lo consigue a través de los agujeros de su pantalon, y entonces veo que éste, en algunas partes de la pierna, cambia su tela por una malla con varios agujeros. Con ellos y con los clavos que recorren las paredes, ella va escalando y escalando hasta el infinitamente alto techo de vigas de madera. Cuando veo lo alto que ha llego le digo que deje de hacerlo, que es muy alto y que no podrá bajar. Ella me dice que bajar en sencillo, pero al tratar de hacer algún movimiento en falso se suelta y cae hacia atrás. Trato de atraparla antes de que caiga pero no alcanzo. Escucho cómo cae como peso muerto pero sin embargo se levanta como si nada y me dice que no tenía por qué preocuparme, que no le pasaría nada.
Continuo escapando, avanzo. Me encuentro de pronto en la proa de un barco enorme, todo en metal burdo. Hay varias personas recorriéndolo y yo siento que avanza muy deprisa pero que yo quisiera que lo hiciera aún más rápido. El aire golpea mi cara de frente, pero no puedo ver el agua, solo un cielo demasiado azul. Sospechosamente azul. Entonces un hombre llega junto a mí y yo lo abrazo como si aferrarme a él pudiera salvarme de algo. Comienzo a besarle desesperadamente el rostro, los ojos, la barbilla. Él viste completamente de blanco, es japonés y muchos años mayor que yo. Me abraza tiernamente y me decide que nos escapemos. Yo le digo bajito que ya quiero estar lejos con él, a solas con él, a salvo con él. Nos imagino encerrados en un cuarto sin ventanas.
En un momento se aleja y un par de chicas detrás de mí se acercan alegremente y hacen burla de mis frases de cariño desesperado. Me dicen que no es necesario decir eso, que será demostrarlo cuando esté lejos con él. El barco se va hundiendo conforme hablamos hasta que quedamos nosotras, avanzando en el agua por una corriente submarina. Con el agua empujándonos en un cauce artificial y estrecho. Avanzamos rápidamente mientras continuamos hablando, de todo, de nada. En algún momento algo raro se siente en el ambiente, como si el agua se calentara o el aire se hiciera más pesado. Ellas me dicen que nos detengamos y nos aferramos a las orillas para evitar continuar ser arrastradas. Avanzamos lentamente y llegamos hasta un punto donde el cauce se abre y hay una zona amplia. En ella hay un grupo de hombres de pie y varios cuerpos flotando sin vida. Las venas de sus rostros se marcan sobre la piel como si fueran manchas oscuras, sus ojos están perdidos y hacen que el agua a su alrededor se caliente. Son portadores de la muerte, de algún modo. Mucha gente que viene detrás de nosotros, que también venía en el barco, detienen su curso sin saber qué hacer. Sabemos que no podemos acercarnos.
Regresamos un poco sobre la corriente, escucho como varias de las personas hablan sobre qué hacer. Hasta que alguno de ellos dice "enciendan a Magdalena" y todos quedamos callados. En una zona del cauce parece entrar otra intersección, muy pequeña y casi desapercibida, y todos miramos hacia ella mientras retrocedemos lo más posible. De ella sale Magdalena. Una criatura famélica, humanoide, de piel negra y anatomía irregular. Su enorme sonrisa inicia en su esternón y se extiende por sus costillas, por su costado, hasta terminar en su espalda, en los homóplatos, provista de miles de dientes pequeños, amontonados y afilados. No tiene cabeza, su cuello termina abruptamente como un muñon operado. Avanza torpemente y todos la miramos sin acercanos más. Escucho desde lejos una voz que me llama quedamente por mi nombre, volteo y veo a un chico rubio vestido extravagantemente de rojo. Siento como si lo conociera de toda la vida y nado hacia él. Su altura me rebasa considerablemente y me abrazo a él para no ser arrastrada por la corriente. Sonríe al verme y siento que hay algo que quiere decirme.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "El rastro" de Marea.

13.12.08

.sueños atrasados. .16.12.08.

Voy por un largo puente en bicicleta. Es angosto y pareciera que apenas entro yo, salgo de una isla para dirigirme a otra pero apenas miro a la distancia las manchas verdes de su espesa vegetación. El mar enorme y llano y sin olas es también una enorme mancha azul inamovible a la vez que inquieta. Voy en busca de algo, como si necesitara llamar a alguien o dar aviso de algo, pero tengo la sensación de que hace mucho tiempo que no recorro esos caminos y no me siento confiada en no perderme, pero continuo andando. De pronto hay una bifurcación que no recordaba, aunque tampoco me extraña demasiado, sin detenerme y sin reducir la velocidad me voy por el lado derecho del camino. Conforme avanzo me doy cuenta de que mientras mi rumbo se va torciendo, casi como si quisiera regresar sobre sus pasos el propio puente y devolverse a la isla, el otro continua recto hasta el sitio donde en realidad yo quería llegar. Sin embargo no me detengo, continuo, hasta que siento como si el camino del puente se hubiera vuelto una leve corriente de agua sobre la que avanzo y tengo que entonces detenerme justo en el momento en que el puente se termina, roto en medio de las aguas. A lo lejor miro otra parte de la isla de la que vengo, una parte que sabía existía pero no podía recordar. Hay como una entrada de agua particular que se cierra entre la arena, extensa arena, donde el agua se asienta en tonos purpúreos y hermosos. La arena se ve más clara y suave que nunca, y un pequeño grupo de personas nada felizmente en la zona marítima restringida. Hay unas pequeñas cabañas a lo lejos.
Me recrimino por haber olvidado aquel paraje, por no haber regresado. Pienso en que después podré darme una vuelta por allá, llevar a algunas visitas que me persiguen como fantasmas sobre el hombro. Pero ahora no, ahora tengo que llegar a algún lado.
El sueño cambia y yo voy viajando en un helicóptero. Dentro de él, la parte de atrás es una especie de habitación metálica donde yo y otras cinco personas permanecemos de pie en espera que aterricemos. Parece como si las compuertas estuvieran abiertas y el viento meciera nuestros cabellos desordenadamente. Hablamos pero no hay coherencia en nuestra conversación, todos tratan de explicar lo que hacen como si se lo repitieran a ellos mismos. Como si eso lo validara de algún modo. Yo me digo que tengo que buscar a alguien, llegar al otro lado, transmitir o buscar un mensaje. Volteo a mirar por la ventana y veo el mar de frente, justo del otro lado de la ventana. El choque es suave, como si nos adentráramos voluntariamente en el mar. El vuelo errático del helicóptero se había desviado al punto en que terminamos adentrados en el mar. Como si las puertas estuvieran abiertas nado rápidamente hacia la superficie para descubrir que estoy cerca de la orilla y salgo.
Es una pequeña población, apenas de unas pocas casas, con gente caminando de un lado a otro como si hubiera alguna distinción entre aquellos bordes de arena. Me siento en la orilla, mirando hacia las esquinas rotas de los puentes, pensando en el metal roto del helicóptero. Pienso en cómo recuperar el tiempo que he perdido ahora así, varada en un punto inconexo. Entonces recuerdo mi equipaje, mis cosas que ahora se encuentran en el fondo del mar como un triste tesoro contemporáneo. Lo único que me preocupa en ese momento son mis números telefónicos irrecuperables, como si la comunicación también hubiera sido interrumpida en ese punto.
Siento un dolor en mi brazo, como una herida punzante, me volteo y miro que el agijón que sobresale de una caracola se ha clavado en mi palma. La herida duele pero no sangre, arranco violentamente el caracol con mi mano libre y siento un último tirón de la herida. El agijón queda separado de la caracola, como si no hubiera ningún animal detrás, simplemente ese brazo tratando de alcanzar algo. Al arrojar la caracola siento como si no pudiera caminar y me voy hacia adelante, me apoyo en la arena y siento de nuevo otras punzadas, otras heridas en mi cuerpo. Como si tuviera que deshacerme de muchos caracoles y entonces veo que hay por toda la playa. Inmóviles, con la extensión rojiza por fuera como un aviso claro de sus intenciones. Siento que hay alguien junto a mí que también se quita los agijones, yo hago lo mismo y me pongo de pie antes de que suceda de nuevo y avanzo por la playa.
Entonces llego a un armario de madera, pequeño con paredes blancas y la puerta con mirillas. Detenido en medio de la nada, de cara al mar, a unos cuantos metros y abro la puerta. Dentro está Abril, recostada en el fondo. Luce pequeña, como si estuviera dormida y se sintiera incómoda de verme ahí. Le digo que no estamos seguras ahí, que hay muchas amenazas en esa playa. Ella me dice que no es así, que me quede dentro del armario, que ahí estaremos seguras por la noche. Ya ha comenzado a atardecer desde hace algún rato y temo a cuando todo esté oscuro, entro. Una vez dentro siento como si el armario fuera enorme y entonces volviera a empequeñecerse en un segundo. Ella se acusta en el suelo, encogida, dejando un espacio más hacia el fondo, chocando con la pared final. Paso por encima de ella y me acuesto a su lado. Siento como si mi cuerpo fuera enorme y estorboso en comparación al de ella, que se acuesta dándome la espalda, como si mirara a través de las rendijas cómo el atardecer se va ocultando. Ella se cubre apenas con una delgada sábana azul pálido que tiene algunos insectos pequeños caminando por encima de ella. Sacudo la sábana y empujo todo lo que pudiera entrar por debajo de la puerta hasta que queden fuera del armario. Nos cubro a ambas con esa manta pero temo entonces que cuando la luz se vaya por completo muchos más insectos entrarán a caminar sobre nosotras.
El sueño cambia, como si despertara a la mañana siguiente, escucho fuera que mi padre grita mi nombre. Salgo del armario y estoy dentro de un cuarto de hotel, como si hubiéramos estado de vacaciones todo este tiempo y él me estuviera buscando tras una noche que pasé fuera. El cuarto luce como de un modesto hotel de playa. Blanco, con muebles de mimbre. Dos mujeres mayores vestidas de blanco, que son sus hermanas, parecen recoger todo. Estamos a punto de irnos pero yo tengo la sensación de que aún no he hecho lo que iba a hacer ahí.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "Desnuda en el Pacífico" de Corcobado.

22.10.08

.sueños. .22.10.08.

Me dijeron que no saliera de la habitación, estaba en alguna parte de un edificio a oscuras, en medio de una calle abandonada, en algún sitio que no conozco. No había nada en la habitación y yo la sentía tan pequeña como si estuviera encerrada en un armario. La sensación de no pertenecer me hacía preguntarme por qué debía esperar ahí. Y me habían advertido no salir, yo miraba por la única ventana la calle que parecía amarilla por la luz de las farolas en la noche. Como si saltara por la ventana yo me encontraba fuera, y caminaba, sintiendo a lo lejos las luces de neón moviéndose, como si la verdadera ciudad estuviera más lejos, del otro lado. Todo luce abandonado, pero no muerto, como si apenas hubieran dejado esas calles y pronto fueran a regresar por ellas.
El sueño cambia y estoy en alguno de los salones de mi primaria, están en filas todos los grandes escritorios de madera, pero no está el escritorio del profesor, en lugar de ello hay una especie de armario improvisado, grande, como otro pequeño cuarto a un nivel ligeramente superior. Estamos encerrados, como si tuvieramos qué vivir ahí y no hay modo de mirar afuera, las ventanas están selladas. Yo entro al pequeño cuarto como queriendo descubrir qué hay dentro, y no hay nada, más que el espacio entre las paredes amarillas. En algunas partes hay agujeros ya que las paredes son de alguna especie de plástico, ojos curiosos me miran por esos agujeros. Yo tomo papeles que encuentro y los voy colocando para sellar cada agujero, no quiero que me miren, quiero estar sola adentro.
El sueño cambia constantemente y yo corro por azoteas, por paredes de concreto, cambio siempre de sitio, quizá lo único que sé es que no debo salir, siempre debo encontrarme adentro.
Eventualmente despierto.




En mi sueño suena "Afuera" de Jaguares.