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22.9.08

.sueños. .22.09.08.

Avanzo por un enorme y amplio pasillo de mármol blanco. Voy vestida con un amplio vestido muy elegante, como de una época Victoriana. Entro en otro pasillo, más reducido, con alfombras rojas cubriendo todo el suelo y con algunos muebles que parecen en desuso. Soy parte de una limitada nobleza pero planeo inentendibles acciones clandestinas contra la misma. Cada vez más, me muevo por pasillos más estrechos y secretos. Siempre estoy cerca, pero detrás.
Hasta que soy descubierta.
Antes de la exhibición pública de mi muerte, me presento ante mi última misa. Es una capilla pequeña, que da la sensación de encontrarse por momentos abierta al cielo. Varios otros nobles se concentran en las pequeñas y pocas bancas alrededor de mí. Yo me encuentro al frente, como recibiendo una última comunión mientras mis manos se juntan y caen frente a mí cercadas por los pesados grilletes. Mi último vestido es aperlado, como incapaz de llegar al blanco. La ceremonia es precedida por una mujer, como si el sacerdote sólo contribuyera en las partes en que es completamente necesario. Siento las miradas de todos a mis espaldas.
Cuando concluye la parte religiosa habla de un ritual previo a la muerte. Me indica que debo realizar alguna especie de danza propia del momento. Viste enteramente de blanco, demasiado blanco, y es delgada y alta y se mueve erráticamente al hablar, casi a gritos. Le explico cuán ridículo me parece someterme a cualquier cosa a esas alturas, como si no bastara con condenarme a muerte si no esperar que negara todas mis ideas anteriores cediendo ante un ridículo baile. Las personas detrás de mí parecen mover las bancas, desordenándolas y acercándose cada vez más a mí. Apoyan mis palabras aunque esto no parezca implicar que esperan que me salve. La mujer parece demasiado confundida sin saber qué hacer. Estoy consciente de que a estas alturas ya deberían haberme salvado, realmente espero la salvación, a la vez que entiendo, secretamente, que no llegará. No suena ninguna pisada a lo lejos y todos parecen callarse.
Entonces el sueño cambia.
Miro por la ventana del avión como vamos aterrizando. La pista se encuentra recortada justamente junto al mar, un mar demasiado iluminado por la luz del sol, un mar terriblemente azul y cercano. Un mar denso, enorme, más allá de sus propias dimensiones. Hablo con mi hermano, quien va sentado junto a mí y le digo cuán emocionada estoy por haber ido a Australia, aunque sólo fuera de paso. Nuestro verdadero objetivo es llegar a Londres, pero antes pasaremos un par de días en Australia. Me siento más emocionada que nunca mirando ese mar, pensando en todo lo que haremos en los pocos días. Él me dice que tenemos que tomar un camión a la ciudad donde estaremos, que la visitaremos primero y el día antes de partir pasearemos un poco por Sydney. No opino nada al respecto, el mar me tiene hipnotizada.
Finalmente bajamos del avión, hay pocos pasajeros en él. Al bajar me parece como si el avión fuera demasiado pequeño, del tamaño de un autobus. Sus compartimentos posteriores se abren como una cáscara revelando el espacio oscuro donde guardan las maletas. Mi maleta es la azul que uso en los viajes, tengo que subirme un poco para alcanzarla antes de que una mano la tome, ayudándome. Es un viejo conocido a quien no pensaba ver, con desgana nos dice que nos llevará al sitio donde nos quedaremos. Camina cargando mi maleta por delante de mi hermano y yo, atravesamos el aeropuerto que más bien parece un pequeño centro comercial. Me pregunto porqué tenía que venir, pero no le dirijo la palabra.
El sueño cambia de nuevo.
Camino por un pasillo de distintos niveles, como internándome en los arcos alrededor de algún zócalo, con cierto dejo de construcción actual. Eduardo camina conmigo, vino desde lejos para verme. Yo me encontraba encerrada, apenas si me dejan salir, pero podemos dar una vuelta ahora que ha venido. Se disculpa porque pensó que la semana pasada trabajaría pero al final no hizo nada, que si lo hubiera sabido habría venido entonces y hubieramos visto películas cada día. Le digo que no hay problema y trato de distraerme mirando alrededor, parece como si diéramos vueltas en círculo. Internamente ya sé que no seré feliz con él, pero no puedo decirle nada. Sólo caminamos.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "No voy a ser yo" de Kevin Johansen y Jorge Drexler.

13.9.08

.sueños. .13.09.08.

Me encuentro en un local, un cuarto pequeño y oscuro, con pocas superficies elevadas que utilizar improvisadamente como bancos. Se encuentra ligeramente por debajo del nivel del suelo y da la impresión de estar húmedo, viejo, la única luz que se filtra entra por el espacio abierto de la entrada hacia la calle. Hay más personas, todas parecen estar de pie y estáticas, yo miro fijamente el suelo, como si leyera algo, pero no hay texto.
Una amiga junto a mí me dice entonces que mire a la televisión. Levanto la vista hacia el único aparato, sostenido en una de las esquinas del lugar, todos parecen estarlo mirando. La imagen en la pantalla ocupa toda mi visión y es como si fuera lo único que existiera. Ahí, en escenas cortadas e independientes, aparecen distintos cuerpos de mujeres bailando, moviéndose, mujeres cuyo rostro no puede verse bien. Mujeres con cuerpos pequeños, delgados, con huesos largos y desproporcionados, mujeres moviéndose torpemente obstaculizadas por su propia y extrema delgadez. Mujeres cuyos miembros se caen como si fuesen piel desprendida y que continuan danzas ridículas que pretenden ser sensuales. Mujeres sin manos, con muñones improvisados, con pechos planos como una hoja de papel, con piernas largas y débiles. No entiendo qué tengo que ver en esas mujeres, pregunto algo respecto a ellas pero nadie responde.
Ian entra entonces al local y me llama, desvío la vista para verlo a él y me dice que vayamos al cine. Acepto y salimos a la calle, una calle grisácea en un día húmedo, con pocos autos y pocas personas, una calle triste y perdida. Mientras caminamos le pregunto qué película veremos y dice un nombre como "Habitación 162". Mientras las palabras llegan a mí el título va cambiando, los números son otros, se desprenden de un número mayor que va más allá del mil, podría ser 1462, y al siguiente minuto ser otro. En el poster de la película me imagino sencillamente la imagen de una puerta.
Suceden muchas cosas más que no recuerdo. Entonces despierto.




En mi sueño suena "Una canción triste" de Enrique Bunbury.