
Agradecer que el mesero te deje el menú en el restaurante donde comes todos los días no es cortesía. Caminas frente a miles de personas, a veces con la vaga sensación de que debes decir algo. Has olvidado cómo era cuando alguien te detenía en la calle para preguntarte si hablabas español, si sabías cuál era la dirección, el autobus, el lugar, si entendías cualquier otro idioma que no entendías. Estás acostumbrada a decirlo todo con la inclinación de tu cabeza, con la risa que no sueltas, con las puntuales correciones en negro bajo la premisa de que no necesitas ser amiga de nadie. Quieres creer que a nadie le sorprende, que nadie espera nada más, que todo puede leerse claramente en tu rostro. No es que estés ocultando nada: muestras tus cartas todo el tiempo.
Te han dicho siempre que pienses mal y acertarás, esperas lo peor de las personas. Pero entonces alguien se sienta junto a ti y sonriendo se presenta. Sin necesidad, vas a decirte, te deja su nombre y una sonrisa. No espera nada y no sabes darle nada.
Ante esas cosas, ante esas cosas pequeñas, no sabes cómo reaccionar.