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13.1.09

.sueños atrasados. .09.01.09.

Me encuentro dentro una palapa acodicionada a modo de vivienda, como una especie de centro de información de unos suburbios alejados. Es una especie de colonia pueblo que se encuentra lejos de la ciudad principal, con una arquitectura asemejando las comunidades rurales del sur, pero con el acondicionamiento necesario para viviendas de clase media alta. Leo un folleto o, más bien, pretendo leerlo mientras espero algo, la razón por la que he venido aquí. De otro lado de la habitación dos personas platican en voz baja pero con el volumen suficiente como para que escuche sus murmullos. Una de ellas, quien se encuentra detrás de un pequeño mostrador de madera le indica al hombre cómo debe realizar un plan para matar a una de las personas que viven en la colonia. Hablan como si no se percataran de mi presencia pero sé que de algún modo lo hacen, sé que la mujer me mira sin que yo voltee, en espera de que alguna mirada delate que los escucho, pero yo continuo leyendo el folleto con fingido interés.
Espero a que el hombre abandone el lugar y entonces salgo sutilmente del lugar. Me encuentro entonces en la calle principal, la única que recorre todas las casas del lugar, una calle de tierra clara y desde donde uno puede ver todas las casas y la vegetación selvática que se extiende después de ellas hasta donde alcanza la vista. Sé que la mujer me escuchó y que en ese preciso momento, aún dentro del lugar, realiza otro plan para matarme. El camino a mi derecha avanza durante demasiados kilómetros antes de llegar a la carretera y sería fácilmente descubierta si tratara de huir por él. Como si todo el lugar estuviera controlado por ella. Tengo que escapar, pero no estoy segura de qué manera.
Camino hacia la derecha, en la última casa antes de salir de la comunidad hay una fiesta enorme. Muchas personas se amontonan desde la entrada, en los patios delanteros, dentro de la casa. La música suena muy alta. Me detengo delante de la entrada, sin atreverme a atravesar la barda. Entonces llega un jeep y de él bajan varios jóvenes, uno de los cuáles es Mario. Me acerco cuando él camina hacia la casa y lo saludo. Al verme me abraza demasiado fuerte, con una inmensa alegría de verme y me besa fugazmente en los labios. No correspondo su emotividad y tampoco me importa cómo se comporte, le digo que me deje entrar con él a la fiesta, sé que dentro de ella no podrán entrar a buscarme.
Entramos y él va saludando a varias personas que se va encontrando en su camino, me presenta con todos como si fuesemos pareja y yo me siento extrañada de su actitud pero no me detengo a pensar demasiado en por qué lo hace. Trato de hacer un plano mental de la casa y entonces pienso que la barda que delimite el patio de atrás debe restringir la selva del otro lado. Le digo a Mario, como si él ya estuviera al tanto de mi situación, que deberíamos escapar por el patio de atrás, saltar la barda e internarnos en la selva erráticamente hasta encontrarnos con algún camino. Sé que no me encontrarían en medio de la selva. Él me dice que eso no es posible, que la barda es de concreto liso, demasiado alto, y que en la parte de arriba se encuentra protegida por alambre de púas, imposible superarlo. Llegan otros amigos de él y le preguntan lo que sucede, él le explica que tengo que escapar porque planean matarme, ellos le indican que vayamos por otro lado y salimos de nuevo hacia el patio de adelante y rodeamos la casa hasta llegar a la parte de atrás, una especie de garage o taller, muy grande y que se encuentra aún en obras en algunas partes.
Todos ellos se quedan afuera, de pie, platicando y considerando diferentes opciones para el escape. Yo sólo me mantengo junto a ellos pero no les presto atención, no los escucho, sus planes son tan burdos que sé que no puedo fiarme de ellos. Desvío la mirada hacia los albañiles que se encuentran trabajando a unos metros de nosotros y me doy cuenta de que uno de ellos es Beto. Él también se da cuenta de mi presencia pero trata de evitar mirarme, pretendiendo que no me ve. Espero a que vuelva a voltear y al delatarlo en la mirada lo saludo con la mano, él se ve forzado a responder rápidamente el saludo y regresar a su labor. Lo miro continuar, me siento culpable de haberlo saludado pensando que él, después de todo, no habría querido que sucediera y por eso me evitaba. Veía que vestía con una chaqueta amplia, de color claro pero manchada por el trabajo, y con una capucha que le cubría fácilmente el rostro. Pensaba que si me diera aquella chaqueta sería fácil para mí colarme en el camión de los albañiles e irme del lugar por el propio camino principal sin que fuese descubierta. Dejo al grupo de chicos discutiendo y entro hasta la parte de atrás del garage, llamándolo.
Sé que me ha escuchado, que se encuentra ahí, y camino hasta quedar fuera de la vista de los demás y entonces él aparece de pronto tratando de besarme, de tocarme. Sin ninguna clase de reacción emocional lo empujo, aunque él insiste, mostrándose algo violento. Me pregunto si mi presencia habría motivado un malentendido, pero le digo que lo único que quiero es su chaqueta, que la necesito. Él deja de intentar nada y me dice que sí, que está bien, que lo acompañe a otro lado de los talleres y yo camino detrás de él hasta que me pide que entre en una habitación. El lugar no tiene puerta, y al entrar me doy cuenta de que tampoco tiene ventanas, ni muebles, y que las paredes son una suerte de construcción muy endeble. Todo luce oscuro y húmedo. Le pregunto por qué me llevó ahí, pero al volterme a verlo ya no hay nadie en la puerta ni en ningún otro lugar.
Entonces despierto.



En mi sueño suena "La ley del retiro" de Giulia y los Tellarini.

23.8.08

.sueños. .23.08.08.

Camino por la universidad, apresuradamente. Me detengo entonces y paso por lo que sería la cafetería de nuestra facultad, pero a diferencia se encuentra por completo cerrada, como un oscuro salón subterráneo. Las paredes grises, sin ventanas, los espacios amplios sin muebles y el piso alfombrado en azul. Al pasar me encuentro con mi profesor Alfonso platicando con los estudiantes dos generaciones menores que la mía, parece una conversación animada, sé que acaban de salir de su clase de brasileña. Ni siquiera los saludo.
Camino hasta el fondo de un largo pasillo oscuro, cuando vuelvo a salir a la luz he cambiado de escenario. Estoy en un terreno de concreto amplio, como una improvisada cancha de basquetbol sin delimitaciones. A lo lejos pueden advertirse las rejas blancas y algunos edificios lejanos y aparentemente abandonados del mismo color. El aire se siente caluroso. Junto a mí están varios compañeros y entonces me doy cuenta de la principal razón por la cuál las bardas bordean todo el conjunto irregular. Un grupo de hienas van corriendo y pasan junto a nosotros.
Uno de nosotros entonces corre entre ellas, sin dificultad, pero entonces toma a uno de los dos cachorros que se encontraban protegidos por la manada que se aleja. Sólo las hienas alrededor de él notan el hurto, al tiempo que nos advierte que comencemos a correr. Me quedo paralizada por un momento y una de las hienas se abalanza sobre mí y muerde el brazo que alzo para defenderme. Forcejeamos por un momento hasta que logro soltarme.
Corremos hacia la salida, mientras ellas van en busca del resto del grupo para perseguirnos. Una vez llegados a la puerta volteo y veo una única hiena que se adelanta al grupo y la aparto al tiempo que también alcanza a morderme un poco el brazo. Lo siento entumido y comprendo que se haya alejado todo el dolor. Cierro la puerta y subo rápidamente al carro que nos espera afuera.
Escucho el ruido de las hienas golpeando la puerta metálica, e incluso veo cómo una consigue sortear la altura de la misma y llegar a la calle. Entonces me percato que quien maneja el coche, un vocho blanco, es mi primo Andrés quien acelera rápidamente para alejarnos. Comento, casi con tristeza, que es una pena que haya tan poca seguridad y la hiena haya conseguido escapar, como si el mundo real fuese un mayor peligro para ella que viceversa. La miro, luciendo ahora más perdida que furiosa y moviéndose apenas lentamente sin atreverse a alejarse del conjunto. Nos alejamos.
Me pregunto para qué necesitaríamos una hiena pequeña. Dulce, en la parte de atrás del coche, me pide que le muestre mis heridas. Estiro mi brazo y veo las marcas de las mordidas, sin sangre y como si estuvieran ya cicatrizadas y costuradas. Ella me dice que no parece grave pero que aún así tendrían que inyectarme contra el tétanos.
Miro mi brazo cubierto de marcas, como una tela hecha de retazos. Entonces despierto.




En mi sueño suena "Me arde" de Andrés Calamaro.

31.7.08

.sueños atrasados. .27.07.08.

La playa era clara y daba la idea de que las casas se organizaban justamente hasta donde llegaban las olas. Yo no podía ver las demás casas, en realidad, me encontraba de frente a un restaurante debajo de una gran palapa. Todo lucía blanco, una barda de piedra gruesa y blanca bordeaba la primera zona, y a lo lejos podía ver unas pequeñas escaleras que conducían a otro salón que desconocía. No había nadie, todavía, las mesas estaban vacías y ni siquiera se veía algún mesero rondando. Llegarían, el sol estaba en su punto y una suave brisa daba el toque adecuado al lugar. Estaba esperando a alguien, pero lo esperaba para alejarme con él, o con ellos.
Yo caminaba por la barda de piedra, bordeando el lugar, mirando únicamente mis pies y el lugar comenzaba a llenarse de gente y gente que yo jamás miraba a la cara. Sus voces eran murmullos que componían un ruido suave, como de grillos. A veces el agua de las olas crecía, como una marea extraña y llegaba al lugar hasta superar las bardas y comenzar a inundarlo todo. Nadie se movía, todo quedaba cubierto por un mar frío de agua cristalina que parecería dulce. Entonces del mismo modo, se alejaba.
A punto de irme descubría que había olvidado mi celular en alguna parte y recordaba haberlo dejado en una de las esquinas, caminaba de vuelta hacia él y estaba cuidadosamente colocado en medio de la barca. Pequeño y negro. Lo recogía y me disponía a irme aunque no había concluido mi espera.
Entonces entraba Alejandra en el lugar, vestida elegante pero tropicalmente, acompañada de un par de amigas que entraban directamente sin voltear a ver a nadie más hasta atravesar las escaleras hacia el fondo. Alejandra se detenía al verme, yo ya me encontraba en la entrada, y me recordaba que habíamos quedado de hacer algo en unos días. Yo le preguntaba entonces si ya había inscrito las materias del próximo semestre y ella me respondía que no, que se había cambiado al TEC y a la carrera de comunicaciones, ambiguamente comentaba que este semestre no metería ninguna materia. Yo lo recordaba y entonces no me sorprendía, sentía que todos habían abandonado ya y era completamente natural. Me recordaba de nuevo nuestra cita y se alejaba hasta las escaleras del fondo. La marea comenzaba a subir de nuevo. Yo me alejaba entonces caminando por el borde de los demás lugares a la orilla.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "Me gustas cuando callas" de Brazilian Girls.