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8.2.09

.sueños atrasados. .07.02.09.

Camino por unas calles pequeñas, de pueblo apenas ciudad, caluroso. Sé que son calles peligrosas pero no me importa, avanzo rápidamente con mi mochila en la espalda. Mirando únicamente el suelo y las bardas blancas que limitan las casas.
Paso junto a un grupo de chicos, una pequeña pandilla que se encuentra reunida en las afueras de una casa. Unos metros después de dejarlos atrás escucho como comienzan a sonar unas sirenas de policía. El grupo de jóvenes trata de dispersarse pero es evidente que los coches van detrás de ellos. Temo que me detengan a mí y corro hacia la última casa de la calle, a donde me dirijo, y como no tengo tiempo de tocar me resguardo lo más que puedo cerca de la barda, para evitar que me vean. Sé que a lo lejos ya han capturado a los jóvenes, y siento como una patrulla pasa por la esquina y me alumbra y sabe que estoy ahí. Pero no me dicen nada y se van.
Toco entonces a la puerta y ella me abre, parece como si no esperara mi visita. Sé que a esas horas está sola y por eso voy a verla, fingiendo que tengo que hacer algo en su casa, que me mandan por algo o que tengo que arreglar algo. Ella no pregunta y me deja entrar. Es pequeña, de estatura y de edad, viste un vestido blanco con flores azules, muy corto. Su piel es morena y lleva unas medias transparentes cubriendo sus piernas aunque es verano. Entra y me deja pasar como si no importara, regresa a sus ocupaciones en las habitaciones de atrás. Yo la sigo sin que me diga nada, miro como pasa frente al cuarto y luego a un baño muy grande con una puerta metálica blanca. La veo y no parece importarle mi presencia. Entro al cuarto, todo luce pequeño y con pocas cosas, está todo un poco tirado pero a mí no me importa. Ella entra entonces detrás de mí, como si ahora quisiera escucharme, y le digo que traje unas películas para que viera, o para que viéramos, y ella sabe que las tengo dentro de la mochila pero no me dice nada. Sale y se dirije ahora hacia la cocina y yo continuo avanzando detrás de ella.
Su cuerpo es pequeño y puedo abarcar gran parte de su cintura con mis manos. Ella se detiene sorprendida pero no me dice nada. La cargo por la cintura y la pongo sobre la mesa de madera con el mantel burdo. Sólo quiero tocarla y recorro su cuerpo como si no conociera ningún cuerpo humano antes, como si fuese un objeto siendo exhibido. Ella primero parece renuente a dejarme, me dice que no puede quererme, que no puede hacer nada más de lo que ya hace. Le digo que no importa, que solo quiero tocarla, como si no pudiera creer que fuera de verdad. Y entonces me deja, se ríe cuando le hago cosquillas y yo siento como ella se va volviendo más pequeña entre mis manos, como si fuera a desaparecer.
Alguien golpea la puerta fuertemente y yo me pongo de pie y tomo mis cosas. Entran antes de que podamos hacer nada y unos hombres comienzan a interrogarme. Son de la policía y me preguntan qué hago ahí a esas horas. Le digo que soy un vendedor, que paso a veces a vender películas y les muestro las que tengo en la mochila para que me crean y ellos violentamente las toman y se me corren de la casa. Me dicen que me vaya y que no regrese. Otros la han conducido antes al cuarto, quizá también preguntándole qué hacía conmigo a esas horas. Ella no dijo nada y sólo fue al cuarto, después de correrme los otros también irán ahí. Termino en la calle y me alejo, caminando hasta que el pavimento de la calle se convierta todo en piedras pequeñas y dejen de haber casas con portones blancos.
Entonces despierto.

28.1.09

.sueños atrasados. .26.01.09.

Llego temprano a mi clase de japonés. Todas las personas continuan aún hablando dispersas, alejando el momento. El salón es distinto, es demasiado pequeño, sin ventanas. Apenas puede entrar una fila de escritorios dobles y dejar un pequeño espacio para moverse. Todo es de madera, no hay nadie sentado. Hay una amiga conmigo pero no dice nada, sólo se mantiene inmutable junto a mí, sin decir nada. Estoy hablando con Francisco, en realidad él me está contando algo pero yo no lo escucho, sólo pienso en lo extraño que es que se presente al curso ahora, sin haber venido a ninguna de las clases anteriores, sin tener idea de lo que hemos visto. Pero él me habla de otras cosas, me cuenta que ha estado teniendo problemas con su novia, Selma. Me cuenta algunas cosas que han sucedido entre ellos y la actitud de Selma en dichas circunstancias es completamente errática. No voluble, no bipolar, no nada que pudiese justificarse de algún modo: simplemente sus acciones no tienen sentido. Le respondo vagamente que no debería sorprenderle, dado que es francesa, pero al momento de enunciar la oración me doy cuenta de que suena terriblemente despectiva y me siento avergonzada de haberla pronunciado. Volteo a verla a ella, sentada sola en el primer escritorio. Es la única persona sentada y mira hacia el frente como si hubiera algo allá, pero no lo hay. Inmóvil con su suéter azul y su cabello negro suelto. Me pregunto si me habrá escuchado pero nada parece indicarlo.
La clase va a comenzar y todos parecen irse a sus lugares. Yo me siento en un escritorio y Francisco se sienta junto a mí, mi amiga parece irse y sentarse en otro lugar, pero no me importa.
La clase terminaba y yo regresaba a casa. Me sentía de nuevo como en la preparatoria, regresando al hogar a la hora de la comida, pero mi familia estaba lista para viajar, como si hubiera sido el último día de clases y ellos tuvieran ya todo listo a mi regreso para el viaje.
Estamos en el coche y tras un viaje corto llegamos a una casa en medio del campo, que más bien parece una campiña europea. Sé que estamos en España, en casa de los padres de él, y sé que nos esperan aunque no nos conozcan.
Recorro constantemente la casa, voy de una habitación a otra, de un salón a otro. Es enorme y luce muy iluminada todo el tiempo. Sé que hay más gente y los escucho a veces en los cuartos a los que no entro, pero nunca los veo, no me encuentro nunca con nadie. Y los días transucurren sin que él llegue, porque sé que no ha terminado sus clases y falta aún para que vuelva a casa, pero no sé cuándo será eso, y sus padres no saben que no nos conocemos así que no me siento con la confianza de preguntárselos. Voy a un cuarto que se encuentra junto a entrada principal, es una especie de recibidor pero en realidad luce como un dormitorio pequeño. Hay dos camas alargadas pero muy angostas que se cubren por unas cortinas transparentes. Me acuesto en una de esas camas, en la otra está sentada mi hermana en silencio, y duermo una siesta.
Han pasado varios días y él no llega, continuo con mi ejercicio absurdo de recorrer la casa obsesivamente. Todo luce muy blanco, muy amplio, entro en varias otras habitaciones: un cuarto que parece un dormitorio. Comienzo a pensar que no lo veré, que nos queda poco tiempo y él bien podría no llegar en esos días. Comienzo también a pensar que quizá llegó precisamente el día en que dormí la siesta y partió durante esas pocas horas. Que era mi única oportunidad y la arruiné. Me siento frustrada por todos mis pensamientos y decido entretenerme haciéndole preguntas a mi ipod.
Salgo al garage, nuestro coche está estacionado ahí, es una camioneta negra muy grande. Abro la puerta del copiloto y me inclino sobre el asiento para buscar mi ipod alrededor de las cosas que hay tiradas en el suelo. Muevo muchas cosas pero no puedo encontrarlo. Escucho las pisadas de alguien que entra en el concreto del garage y entonces siento como unas manos me toman por la cintura y me jalan suavemente obligándome a salir del coche. Me volteo y quedo frente a él, viene con la fatiga de aquel que lleva días viajando y con la borrachera encima también. Sin decirme nada me abraza fuertemente. Siento su peso sobre mí, la carga de una ternura inentendible. Al separarse me dice que lo acompañe a saludar a sus padres.
Entramos a la casa, tengo que dejarlo recargarse en mí puesto que el alcohol ya no le permite caminar correctamente. Soy consciente de nuestra amplia diferencia de alturas, de cómo apenas consigo aferrarme a su cintura, del modo en que debe inclinarse un poco para facilitar nuestro paso. Atravesamos de nuevo los mismos salones por los que yo hubiera pasado antes, donde confluyen estructuras arquitectónicas fantásticas y sitios de todas las casas donde he vivido. Ahora están llenas de personas y ruidos, gente que platica y se mueve pero nadie conocido, nunca sus padres. Hablamos poco y a veces al responderme sus expresiones son iguales que las de Ian. Me hace sentir incómoda, me pregunto si siempre que conozca a alguien estoy condenada a mantener las mismas conversaciones, como si todos fueran si no una calca de algo absoluto.
En alguna de las habitaciones por las que atravesamos me encuentro con mi abuela, está sola. Nos mira fijamente y escucho nada más cómo me dice que cómo puedo estar junto a un joven completamente drogado. Pienso en responderle que no está drogado, que nada más está ebrio, pero también pienso que no tiene caso y salgo de la habitación sin responderle nada.
Llegamos de nuevo al pasillo principal, al final del cual se encuentra la habitación de sus padres. Me dice que irá a saludarlos y que luego vuelve por mí para que salgamos a dar una vuelta por la ciudad. Yo entro en el recibidor con camas nuevamente, donde dejé mis zapatos, y me dispongo a atarlos mientras pienso en lo que sucederá posteriormente. Nos imagino recorriendo en coche una ciudad pequeña y de noche, con calles de pequeños adoquines. Pienso en todo lo que tengo que decirle y todo lo que ahora sé que el tiene que decirme. Nos imagino volviendo de nuevo a esta habitación, sentándonos sobre esta cama y platicando durante toda la noche. Me pregunto si será igual, me pregunto si debería ser igual, me pregunto si importa que sea o no igual. Pero entonces suena el teléfono del cuarto y contesto. Es él, llamándome desde la habitación de sus padres, me dice que tiene que irse, que le acaban de avisar que un programa que tendría ese verano ha cambiado de lugar. Originalmente sería en la misma ciudad en la que nos encontrábamos, pero ahora tendrá que ser en Madrid y tiene que partir justo en ese momento. Sin posibilidad de vernos siquiera a la puerta, como si fuera entonces la distancia más abismal, entre el cuarto de sus padres y aquel falso recibidor. Él suena mal por los sucesos, mal por no poder estar conmigo siquiera un poco.
Le digo, sin demasiada emoción, que puede que no sea tan malo, que mi familia aún esperaba pasar unos días en Madrid antes de regresarnos. A él parece alegrarle la idea, me dice que podría decirle a mi chofer que me dejara frente a su universidad por las tardes, cuando él terminara clases, y así podría pasar el resto del día conmigo. Le digo que eso no importa, que yo puedo moverme sola, y me imagino llegando a su pequeña escuela, más de noche que de tarde, con toda la gente saliendo y alejándose y entonces él, saldría y caminaríamos mientras se vuelve todo más oscuro y la calle más solitaria. Él interrumpe mis pensamientos comentando fugazmente anécdotas que vivimos juntos: recuerdo aquella vez que te caíste. Sonrío casi por compromiso pero no quiero pensar en ellas, trato de regresar siempre a nuestro hilo principal y le pido el número de su celular o no podré llamarlo. Me lo va dictando: 2454. Entonces escucho 'C'. Le pido que me lo repita y vuelve a decirlo, 'C'. Miro las teclas de mi celular, pensando que quizá se refiera a la cuál corresponde la letra C. Pero mis teclas han cambiado de lugar, no tienen letras y muchas ni siquiera tienen números. Él lo dice entonces: 'X'. Y yo sé que se refiere al 6. 24546. Pero al mirar la pantalla del teléfono noto que he escrito 35458. Creo que me he equivocado de número, que me hace falta algo más, que no podré comunicarme nunca de vuelta. Y él sigue hablando, con ternura, historias que yo no puedo escuchar.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "El club de las mujeres muertas" de Víctor Manuel.

22.1.09

.sueños atrasados. .21.01.09.

Llegué a casa de Lili como si estuviera muy lejos, en un lugar extranjero, como si yo llegara de muy lejos y no fuera esperada pero tampoco resultara mi presencia en una sorpresa grata. La cotidianidad de lo lejano. Lili está en la habitación, todo parece azul muy pálido y la ventana es muy grande aunque no consigue filtrar demasiada luz dentro. Ella está sentada en la cama blanca y lee unas fotocopias para clase. Pero más que estar sumergida en la lectura parece que la comentara con alguien más, alguien que se encontrara en la cocina, junto a la habitación, y que pudiera escucharla aunque no fuese visto. Quizá Frank o Juan Pablo.
Me siento junto a ella y parece que no se da cuenta. Continua leyendo. Cuando veo el texto se supone que fuera un escrito de Sacha Baron Cohen. Pienso en lo ridículo que debe ser un texto de él pero al irlo leyendo me doy cuenta que es muy distinto a lo que pensaba. En alguna parte dice algo como "Mexico City should improve their manners cause now I'm falling in love with New Orleans". Quisiera continuar leyendo pero la voz de Lili me interrumpe, le dice a su interlocutor que entre el texto se filtra la letra de una canción que le gusta mucho. Comienza a leer la canción, aparentemente habla de un personaje solitario perdido en una ciudad donde va cayendo la noche, en el punto en que aún todo es azul, hace un recuento de todo sin hablar de él. Termina con una frase como "I'm with you. You're with me". Pero mientras miro esta frase se va volviendo más compleja, cambian las palabras, crece, cambia de colores. No puedo enfocar bien el resto del texto ni ya nada más.
Entonces despierto.



En mi sueño suena "Queen of New Orleans" de Bon Jovi.

10.1.09

.sueños atrasados. .07.01.09.

Estaba de nuevo en la isla, volvía a ser de nueva una adolescente. Me encontraba devuelta a aquellos años a la vez que los cargaba encima. Salía del teatro de la ciudad como si hubiera salido de una clase. Me encontraba por el estacionamiento cerca del parque central y la tarde comenzaba a caer. Todo lucía abandonado y ya sólo quedábamos Mariana y yo ahí afuera. Hacía mucho frío. Mariana fumaba un cigarro mientras platicábamos y yo sostenía unos libros. Entonces ella me decía que ya tenía que irse y que pediría un taxi. Me ofrezco a acompañarla unas cuadras y luego continuaría caminando hasta casa de Ian que vivía cerca de ahí. Era como si las calles después del centro continuaran creciendo hasta su casa.
Antes de subirme al taxi le preguntaba si estaba bien mi atuendo, me sentía preocupada por cómo me vería Ian. Llevaba un vestido negro muy corto, una mezcla entre vestido formal y vestido de playa. Era lindo, pero yo me sentía nerviosa de que la falda pudiera lucir muy corta. Mariana me decía que no, que estaba bien. Yo trataba de jalarlo para conseguir que bajara un poco más y era como si jalara más tela que se encontraba debajo. Como si la falda tuviera otra debajo en color azul deslavado que queda más larga que la tela negra. Sentía como si mi cuerpo, de la cintura para abajo, fuese un terreno enorme donde podría encontrar telas y telas saliendo, como del sombrero de un mago.
Mariana detenía un taxi y me subía con ella. Avanzábamos por calles muy grandes y en la esquina le decía al taxi que me bajaba pero él no se detenía. Seguía insistiéndole y él decía que lo haría, pero continuaba avanzando. Comenzábamos a discutir, a agredirnos verbalmente, hasta que por fin se detenía pasadas varias calles. Él decía que se detendría sólo cuando fuera el momento y yo le respondía que, claro, el momento sería muchas cuadras después de que uno debiera bajarse. No me despedía de Mariana y comenzaba a avanzar por las pequeñas calles que llevaban al centro de la ciudad. Le llamaba por teléfono a Ian para preguntarle si me estaba esperando y me imaginaba su casa como una pequeña casa caribeña y él me decía que sí y me sentía como una adolescente de nuevo al escuchar su voz.
Entonces despertaba.




En mi sueño suena "Our last summer" de Abba.

13.12.08

.sueños atrasados. .16.12.08.

Voy por un largo puente en bicicleta. Es angosto y pareciera que apenas entro yo, salgo de una isla para dirigirme a otra pero apenas miro a la distancia las manchas verdes de su espesa vegetación. El mar enorme y llano y sin olas es también una enorme mancha azul inamovible a la vez que inquieta. Voy en busca de algo, como si necesitara llamar a alguien o dar aviso de algo, pero tengo la sensación de que hace mucho tiempo que no recorro esos caminos y no me siento confiada en no perderme, pero continuo andando. De pronto hay una bifurcación que no recordaba, aunque tampoco me extraña demasiado, sin detenerme y sin reducir la velocidad me voy por el lado derecho del camino. Conforme avanzo me doy cuenta de que mientras mi rumbo se va torciendo, casi como si quisiera regresar sobre sus pasos el propio puente y devolverse a la isla, el otro continua recto hasta el sitio donde en realidad yo quería llegar. Sin embargo no me detengo, continuo, hasta que siento como si el camino del puente se hubiera vuelto una leve corriente de agua sobre la que avanzo y tengo que entonces detenerme justo en el momento en que el puente se termina, roto en medio de las aguas. A lo lejor miro otra parte de la isla de la que vengo, una parte que sabía existía pero no podía recordar. Hay como una entrada de agua particular que se cierra entre la arena, extensa arena, donde el agua se asienta en tonos purpúreos y hermosos. La arena se ve más clara y suave que nunca, y un pequeño grupo de personas nada felizmente en la zona marítima restringida. Hay unas pequeñas cabañas a lo lejos.
Me recrimino por haber olvidado aquel paraje, por no haber regresado. Pienso en que después podré darme una vuelta por allá, llevar a algunas visitas que me persiguen como fantasmas sobre el hombro. Pero ahora no, ahora tengo que llegar a algún lado.
El sueño cambia y yo voy viajando en un helicóptero. Dentro de él, la parte de atrás es una especie de habitación metálica donde yo y otras cinco personas permanecemos de pie en espera que aterricemos. Parece como si las compuertas estuvieran abiertas y el viento meciera nuestros cabellos desordenadamente. Hablamos pero no hay coherencia en nuestra conversación, todos tratan de explicar lo que hacen como si se lo repitieran a ellos mismos. Como si eso lo validara de algún modo. Yo me digo que tengo que buscar a alguien, llegar al otro lado, transmitir o buscar un mensaje. Volteo a mirar por la ventana y veo el mar de frente, justo del otro lado de la ventana. El choque es suave, como si nos adentráramos voluntariamente en el mar. El vuelo errático del helicóptero se había desviado al punto en que terminamos adentrados en el mar. Como si las puertas estuvieran abiertas nado rápidamente hacia la superficie para descubrir que estoy cerca de la orilla y salgo.
Es una pequeña población, apenas de unas pocas casas, con gente caminando de un lado a otro como si hubiera alguna distinción entre aquellos bordes de arena. Me siento en la orilla, mirando hacia las esquinas rotas de los puentes, pensando en el metal roto del helicóptero. Pienso en cómo recuperar el tiempo que he perdido ahora así, varada en un punto inconexo. Entonces recuerdo mi equipaje, mis cosas que ahora se encuentran en el fondo del mar como un triste tesoro contemporáneo. Lo único que me preocupa en ese momento son mis números telefónicos irrecuperables, como si la comunicación también hubiera sido interrumpida en ese punto.
Siento un dolor en mi brazo, como una herida punzante, me volteo y miro que el agijón que sobresale de una caracola se ha clavado en mi palma. La herida duele pero no sangre, arranco violentamente el caracol con mi mano libre y siento un último tirón de la herida. El agijón queda separado de la caracola, como si no hubiera ningún animal detrás, simplemente ese brazo tratando de alcanzar algo. Al arrojar la caracola siento como si no pudiera caminar y me voy hacia adelante, me apoyo en la arena y siento de nuevo otras punzadas, otras heridas en mi cuerpo. Como si tuviera que deshacerme de muchos caracoles y entonces veo que hay por toda la playa. Inmóviles, con la extensión rojiza por fuera como un aviso claro de sus intenciones. Siento que hay alguien junto a mí que también se quita los agijones, yo hago lo mismo y me pongo de pie antes de que suceda de nuevo y avanzo por la playa.
Entonces llego a un armario de madera, pequeño con paredes blancas y la puerta con mirillas. Detenido en medio de la nada, de cara al mar, a unos cuantos metros y abro la puerta. Dentro está Abril, recostada en el fondo. Luce pequeña, como si estuviera dormida y se sintiera incómoda de verme ahí. Le digo que no estamos seguras ahí, que hay muchas amenazas en esa playa. Ella me dice que no es así, que me quede dentro del armario, que ahí estaremos seguras por la noche. Ya ha comenzado a atardecer desde hace algún rato y temo a cuando todo esté oscuro, entro. Una vez dentro siento como si el armario fuera enorme y entonces volviera a empequeñecerse en un segundo. Ella se acusta en el suelo, encogida, dejando un espacio más hacia el fondo, chocando con la pared final. Paso por encima de ella y me acuesto a su lado. Siento como si mi cuerpo fuera enorme y estorboso en comparación al de ella, que se acuesta dándome la espalda, como si mirara a través de las rendijas cómo el atardecer se va ocultando. Ella se cubre apenas con una delgada sábana azul pálido que tiene algunos insectos pequeños caminando por encima de ella. Sacudo la sábana y empujo todo lo que pudiera entrar por debajo de la puerta hasta que queden fuera del armario. Nos cubro a ambas con esa manta pero temo entonces que cuando la luz se vaya por completo muchos más insectos entrarán a caminar sobre nosotras.
El sueño cambia, como si despertara a la mañana siguiente, escucho fuera que mi padre grita mi nombre. Salgo del armario y estoy dentro de un cuarto de hotel, como si hubiéramos estado de vacaciones todo este tiempo y él me estuviera buscando tras una noche que pasé fuera. El cuarto luce como de un modesto hotel de playa. Blanco, con muebles de mimbre. Dos mujeres mayores vestidas de blanco, que son sus hermanas, parecen recoger todo. Estamos a punto de irnos pero yo tengo la sensación de que aún no he hecho lo que iba a hacer ahí.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "Desnuda en el Pacífico" de Corcobado.

6.12.08

.sueños. .06.12.08.

La superficie llana parece abarcar hasta donde alcanza la vista, aunque yo siento como si a lo lejos estuviera el mar. Fuimos de visita a casa de un primo pero yo siento como si todo el viaje estuviera lleno de engaños. Escucho la voz de mi tía dándome indicaciones y entonces yo caigo por un agujero en la tierra y me adentro en un entramado mecánico sin nada establecido. Caigo, llego hasta distintas habitaciones, trato de bañarme en una pequeña cubeta metálica que se sotiene en medio de la nada. Hay luces junto a las rocas, hay pasillos cubiertos por telas. De pronto estoy sentada en una mesa y hablamos de la muerte de alguien, la muerte imaginaria de alguien pero entonces la certeza de la muerte, como concepto absoluto cae sobre todo nosotros y no podemos bromear más. Tocamos madera, sólo mi primo y yo, somos los únicos que hablamos. Pero él luce más joven, viste de colores claros. Estamos de nuevo perdidos en su casa subterránea, pero no sé a qué altura. En otra habitación mi tía vuelve a decirme algo que no entiendo, junto a la pared camina María como si ya tuviera un par de años, con un traje morado que la abriga como si hubiera demasiado frío. Yo sigo escuchando agua que cae en algún lado, todo luce oscuro pero aún no es de noche, como una capa azul sobre todo lo que veo.
Más cosas suceden, antes y después, que no puedo recordar. Eventualmente despierto.




En mi sueño suena "Antes" de Jorge Drexler.

.sueños atrasados. .05.12.08.

Apenas acabo de despertar y camino por el departamento buscando algo. El lugar luce mucho más amplio y lleno de cosas que lo normal. Entro al cuarto y me encuentro con Karla, quien parece estar trabajando en una especia de proyecto. Luce también mayor, como si fuera de mi edad. Me dice que encontró un regalo ideal para que le dé a Eduardo. Abre una especie de acordeón de papel en azul, donde se ven recortadas siluetas de hombres y en letras blancas dice 'mi siguiente marido'. Le digo que es una idea curiosa y continuo con mi búsqueda, ella va rumbo a la sala.
Cuando entro a la sala veo a Sergio y a una amiga de Karla desayunando, como si fuera un departamento comunal. Les digo que ya estoy lista y todos bajamos.
Vamos en el coche de la chica, ella maneja y yo voy de copiloto. Detrás van Sergio y Karla. El coche es pequeño y azul, avanzamos por la ciudad como si fuera todo de juguete. Los edificios lucen enormes y con miles de pequeñas ventanas, todo brilla mucho y no hay calles establecidas si no el espacio entre un edificio y otro. Karla me dice que tienen que buscar una pantera de peluche para el proyecto que están terminando. Les digo que no tengo prisa y espero mientras pasan junto a edificios cuya planta inferior son sólo escaparates muy brillantes pero con pocas cosas. Llevo puestos unos shorts beige y unas sandalias y pienso que tendré mucho frío dentro de poco, o que quizá llueve, que fue una mala elección. Subo los pies sobre la parte delantera del coche, quebrándome completamente mientras trato de abrir un paquete de los muppets que me regalaron.
Nos detenemos frente a un edificio y Karla baja, la tienda está en el segundo piso y tenemos que esperar a que vaya a ver si encuentran lo que necesitan. Consigo abrir el paquete y dentro hay una rodillera con la imagen de la rana René y de Peggy. Luce plástica y estrecha. Sergio me dice que no me atrevería a usarla y le digo que por eso me puse shorts. Me cuesta trabajo ponerla en mi rodilla izquierda y cuando finalmente lo logro Karla regresa al coche, aunque no queda muy claro si consiguió la pantera o no. Miro la rodillera y ya no me parece que luzca bien, y pienso si la elección de ropa fue la adecuada.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "Manamana" de The Muppets Show.

.sueños atrasados. .04.12.08.

No estoy segura de cómo llegué aquí. Me muevo silenciosamente por los pasillos o por el entramado exterior del edificio. Nadie debe verme. No sé si sea porque me encuentro fuera de la habitación que me asignaron y debiera estar encerrada como todas las demás mujeres, o si ni siquiera debería estar aquí.
La agitación que se escucha dentro del edificio es sorda, como si quien me persiguiera también lo hiciera silenciosamente, sin ser visto. Hay más gente conmigo pero no puedo verlas, sólo intuyo que avanzan a la par que yo.
Entro por una ventana y las demás ya están dentro, pegadas a la pared como si pudieran perderse dentro de ella. Cierro la puerta con seguro y la mujer cautiva me mira sin comprender lo que sucede. Es muy alta, de cabello claro y vestida de vaquera. La empujo y cae de espaldas sobre la cama, sin tratar de levantarse. Las demás rodean la cama y yo salto sobre ella. Quiero hacerle daño, quiero arrancarle las capas. Se mueve como si fuera una muñeca, torpemente, sin cambiar el gesto. Su cuerpo se va hinchando, como si fuera plástico, siento sus ropas como si fueran una membrana cubriéndola apenas, sus venas resaltan bajo su piel traslúcida como si fueran a reventar. Quiero arrancarle la ropa pero siento como si quitara una funda tras otra que terminan atoradas en sus botas ajustadas. No cambia el gesto, la sonrisa idiota. Estoy confundida y no sé qué hacer, las demás sólo miran, no dicen nada.
Tocan a la puerta, una vez, se dan cuenta de que está cerrada. Nos han descubierto, no espero a que las demás hagan nada más y salgo por la ventana. Fuera me sostengo de una cuerda, miro el balcón que une a todas las ventanas de ese pasillo y su conformación extraña, como si fuera una cápsula, incapaz de sostener a nadie. Avanzo hasta la última ventana y entro, pero caigo dentro del cuarto. Al levantar la vista veo a una mujer de pie frente a mí, una mujer hindú con una elegante bata verde. Está descalza, no puedo ver su rostro, sólo alcanzo a ver sus pies y su cuerpo elevándose hasta donde no alcanza mi vista. Me mira queda, sin decir nada, sin alarmarse ni preguntarse nada. Me pongo en pie y salgo del cuarto, veo por el pasillo que ya han entrado al cuarto de la vaquera. Corro en dirección contraria hasta que ya no hay más luz para alumbrarme.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "Princesa" de Joaquín Sabina.

25.11.08

.sueños. .25.11.08.

Salgo de la habitación, parte baño parte almacén. No hay espacio para puertas, este mundo post-apocalíptico ha abierto todos los rincones. La luz que apenas alcanza a alumbrar tristemente parece azul. Siento que camino y dejo todo lo civilizado atrás, aunque en realidad no me alejo, siento voces que me explican cosas por sobre el hombro, como si siempre hubiese un diálogo detrás de mí que quisiera explicarlo todo.
Llego lejos, a una especie de paraje de cuerpos de agua subterráneos que se alzan hasta unas pequeñas grutas, extrañamente muy iluminadas. Veo de lejos el agua, quieta, demasiado azul. Sé que nos queda poca agua y cada vez está más contaminada. Todos los tonos son evidencia de esta ausencia.
Me encuentro a Raúl cerca, como si acabara de salir de algún otro lado y hubiera ido nada más a descansar un poco. Lo alcanzo como si tuviera que retomar un diálogo interrumpido con la persona con la que estuviera anteriormente. Pero entonces me dice que tiene algo que me gustara y extiende un libro hacia mí, una novela gráfica, muy gruesa aunque pequeña, muy maltratada, con las ojas arrugadas por algún tipo de humedad. Me la deja y parece que vuelve a su contemplación o su diálogo imaginario. Yo me alejo y me siento sobre unas rocas para leerlo. Entonces mi hermana está junto a mí y lee también por encima de mi hombro.
Primero veo la secuencia de imágenes, dibujos en blanco y negro que se suceden casi inconexos. Voy pasando las hojas y cuando me doy cuenta ya llevo la mitad del libro. Le comento a mi hermana que es extraño que haya pasado tanto en tan poco tiempo, y me doy cuenta de que en realidad desconozco cualquier cosa sobre la historia. Me pierdo en estas reflexiones y cuando vuelvo la mirada al libro es mi hermana quien está pasando las páginas, que ya no son páginas si no una especie de corteza geológica, delgados pliegos de distintos tipos de rocas que se suceden en grosor, colores o materiales. Siento que puedo leer mejor ese libro de rocas y vamos pasando página tras página, como si re-escribiéramos una historia íntima del suelo.
Tengo sed, recuerdo que había caminado hasta allá con la esperanza de que pudiera beber el agua de esos estanques, pensando en que a nadie se le habría ocurrido antes. Me acerco de nuevo a uno de los enormes cuerpos de agua y los miro, tan azules y profundos, pero no me atrevo a hacerlo. Raúl continua ahí y le pregunto si podría, él dice que puedo intentarlo, pero que si el agua se ha contaminado de cualquier modo, por mínimo que sea, entonces me envenenaría. Que siempre cabría la posibilidad de que si ingiriera sólo una mínima cantidad de agua, el veneno no me haría efecto, pero resultaba imposible precisar qué tan contaminada estaba y cuán poca cantidad podría beber.
Camino hacia el cuerpo, hacia las piedras que se sumergen en el agua sin alcanzar a definir una orilla. Todo se ve tan claro y al mismo tiempo temo de esa claridad. Entre las rocas veo conchas marinas y las voy sacando una por una. Son delgadas, planas, casi como si sólo se tratara de un velo, de cereales acuáticos. Son más grandes que mis manos y las líneas que las dibujan se asemejan más a la corteza de las hojas que a la forma de las conchas. No puedo llevar la cuenta de cuántas saco, sólo pienso en beber. No me doy cuenta en qué momento las conchas que voy sacando dejan caer una especie de tinta azulosa que se mezcla con el agua hasta desaparecer. Sé que de eso hablaba Raúl, que es imposible notar hasta qué punto alcanza el peligro. Renuncio a mi intención de beber y vuelvo a las habitaciones.
Parece un complejo de sitios que se conectan entre sí, donde también hay zonas abiertas pero es imposible precisar en qué punto se encuentra cada parte. Entro en un salón, me siento invisible, camino entre la gente que no me ve. Es un salón de clase y hay varios alumnos, con un uniforme azul oscuro mirando hacia el frente, pero no hay profesor. Los escritorios son continuos y forman como una barra, cada uno en su nivel. Al frente hay una chica con cabello teñido de pelirrojo que llora, y entre su llanto puedo escuchar sus pensamientos, en que se siente fuera de lugar y no quisiera estar ahí. Es nueva en el grupo y no le gusta, aunque ni siquiera ha comenzado realmente el día. Todos la ven pero nadie le habla, y ella sólo continua llorando como si no le importaba que la vieran. Me acerco a ella y comienzo a peinar su cabello, amarrándolo en dos coletas, pero ella no se percata que estoy ahí, ni nadie tampoco puede verme. Creo que amarrar su cabello la hará sentir mejor, pero ella no deja de llorar.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "Monitor" de Volován.

22.11.08

.sueños atrasados. .21.11.08.

Mi despertador no sonaba, me despertaba y veía que la luz que entraba por la ventana ya se había vuelto blanquecina. Mi cama lucía enorme, las sábanas interminables y azules. Volteaba a ver el reloj del celular y veía que eran las 4 de la tarde. Me desesperaba, me alteraba, me preguntaba por qué no había sonado el despertador a las 6 de la mañana tal como lo había puesto. Repasaba mentalmente todo lo que tenía que hacer ese día y que ahora había perdido. Caminaba hasta la sala, con la noción de nunca haberme levantado de la cama y comenzaba a gritarle a alguien, como si fuera su culpa, como si deberia haberme despertado y ahora era su culpa que no hubiera hecho nada, que hubiera perdido todo el día.
El despertador suena entonces a las 6 de la mañana y despierto.




En mi sueño suena "Camas vacías" de Joaquín Sabina.

31.10.08

.sueños atrasados. .29.10.08.

Las paredes oscuras y derruidas de color azul, veo sitios desocupados y pasillos que no sé hacia qué partes llegan. Todas las personas lucen como sombras, sólo alcanzo a distinguir a una niña rubia que corre siempre hacia direcciones contrarias. Sé que tengo que repetir imágenes que han sido predispuestas antes, que tengo que calcar una estructura que ya ha sido dada. Pero las personas no parecen dispuestas a permitirlo, trato de ordenarnos sutilmente pero parecen siempre escapar. Especialmente la niña. Y no puedo repetirlo, miro las paredes, los espacios, lo que va a caerse. Pienso en si vivo ahí, en si es una vecindad, un sitio donde sólo se reune gente a vender comida. Veo algunas ollas con agua hirviendo y otros hombres delante de ellas. Como si todos estuviéramos perdidos y tuviéramos frío, y necesitáramos estar aquí, reunidos, juntos.
Probablemente suceden más cosas, pero eventualmente despierto.




En mi sueño suena "Giros" de Fito Paez.

13.10.08

.sueños. .13.10.08.

Los insectos se han apoderado de nuestra vieja casa. Regreso a una niñez nocturna donde todo es ajeno menos el cuarto de mis padres. Conozco las reglas, escucho sus pequeños y cientos de pies recorrer todos los sitios. En la cama duermen mi madre y mi hermana, siento el peligro escondido en todos los pequeños pliegues de las sábanas que se amontonan alrededor de sus cuerpos. No sé dónde están los demás, prometimos que no dejaríamos que eso pasara.
Voy encontrando los insectos recorriendo las paredes, debajo de la cama, con sus pequeñas corazas y su simulación de máquinas complejas son sólo metal y color. Y no podemos permitir que continuen apoderándose de todo. Tomo un martillo y trato de matarlos pero es difícil dar con ellos. Parecen no moverse, pero al punto en que estrello el martillo contra sus cuerpos da siempre en el lugar errado. Ellos siguen moviéndose sin alejarse, yo me desespero. Caminan sobre la cabecera, debajo de la cama que es enorme, se pierden.
El sueño cambia, miro a un grupo de chicos jugar beisball. Los miro como si me encontrara lejos, pero al mismo tiempo estoy cerca. Hay algo de tristeza en esa imagen lenta, como si repitieran los movimientos de un juego que es ajeno. Sin ánimos de jugar. Los conozco a todos, los estoy esperando como sin querer hacerlo. Cuando terminan comenzamos a caminar hasta que se hace de noche y el clima cálido se convierte en un frío helado. Comenzamos a subir una montaña porque deseamos acampar en la cima por la noche. Cuando trato de subir por unas piedras me doy cuenta de que no llevo zapatos puestos. El que viene detrás de mí me mira, como preguntándome dónde dejé los zapatos. Y yo le respondo pensando que los había dejado junto a la puerta, pero olvidé agarrarlos antes de salir. Mis pies sólo están cubiertos por gruesos calcetines azules que aún no dejan pasar el frío pero comienzan a mojarse por los restos de nieve. Todos continuan caminando como si no se hubieran enterado de nada, y yo me quedo sentada, pensando en qué debería hacer. Y él se queda delante de mí, simplemente mirándome.
El sueño cambia y estoy jugando cartas con Lillian en un cuarto. No hay nadie más en la casa y el juego no parece responder a ningún tipo de normas. Tampoco parece importarnos, hablamos más de lo que tiramos las cartas. Esperamos algo que todavía no llega. Entonces entra Álvaro de pronto a la habitación y nos dice que pronto nos iremos, que tomemos nuestras cosas. Lillian y yo nos ponemos de pie y vamos al cuarto de junto, encima de la cama está mi maleta abierta y desordenada por todo el cuarto está la ropa. Álvaro entra detrás de nosotras cargando la maleta de Lillian que tiene ya algunas cosas dentro pero que también está abierta y desordenada. La deja sobre la cama y se mantiene junto a la puerta. Vamos buscando nuestras cosas entre el desorden, y entonces yo trato de preguntarle algo a Lillian que no me responde. Le hablo de nuevo y es como si no me escuchara, como si mi voz fuera muda y entonces me doy cuenta de que tampoco Álvaro me escucha. Tengo la sensación de que nada en la habitación es mío, que hay algo que he perdido.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "Tú me acostumbraste" de Chavela Vargas.

8.10.08

.sueños atrasados. .07.10.08.

Recorremos la ciudad en coche. Me siento como una niña pequeña: atrapada cuando pensaba huir. Como si antes hubiera tenido que estar en otro lugar y lo hubieran evitado. Voy en el último asiento, sola, miro por la ventana los muros altos de la ciudad que parecen esconder los edificios. En varios de ellos hay varias pinturas urbanas, principalmente textos. Pienso que me gustaría ver y fotografiarlos, pero sé que no podré, como si fuera una ciudad desconocida a la que no fuera a regresar nunca.
Llegamos a casa de mi abuela, toda la avenida se encuentra llena de gente que se amontona en las aceras mientras que la calle está desierta. Todos parecen esperar al carnaval, pero juntos y silenciosos, con una alegría culpable que flota en el ambiente. Entrando a la casa mi madre me dice que me apure, que tengo que llegar temprano. Entonces recuerdo que me inscribió a una especie de concurso de belleza que me pareció ridículo en el momento pero que acepté por no contradecirla. Llegando a su habitación hay muchas maletas abiertas, la ropa se escapa desordenadamente de ellas, pero ninguna es mía. Colgado junto al tocador hay un vestido de gala verde esmeralda, escotado y largo. Recuedo vagamente su elección, mi madre me dice que me lo ponga. Busco en vano un sostén para usar y que no luzca mal con el verde. Descubro que en realidad no tengo nada de ropa ahí. Junto a mí la cama está fuera de lugar, como tapando la puerta que da al patio. En ella platican y juegan mi hermana y unas amigas suyas. Pero no son permanentes, como si cambiaran, como si mi hermana por momentos fuera Isis y como si su amiga Noemí fuera por momentos Betty. Entonces Noemí/Betty me dice que ella puede prestarme un sostén suyo y alcanza una de las maletas abiertas y saca uno azul pastel, decorado con muchos pliegues del mismo color que simulan flores. Pienso que no quedará con el vestido, que se notará a través de la tela, pero no tengo otra opción. Trato de ponérmelo pero es demasiado pequeño, como si fuera de muñeca. Mi madre me apura y me da soluciones inútiles al caso, mientras yo pienso en las preguntas que harán y en mi imaginación siempre terminan haciéndome alguna de literatura ante la mirada extrañada de los demás presentes. En mi imaginación estamos en un cuarto cerrado, pequeño, de suelos y paredes de madera, las demás participantes son muy niñas. Le respondo a mi madre que no se apure y de uno de los pequeños cajones en el suelo saco un sostén de rayas negras y blancas. Me parece la mejor opción, ella me repite que se ha hecho tarde pero no escucho nada. Comienzo a peinarme frente al espejo.
Entonces despierto.




En mis sueños suena "Ella es azul" de Volován.

30.9.08

.sueños atrasados. .29.09.08.

Parece un viaje largo pero no sé a dónde nos dirigimos. Voy en un coche pequeño, sin mirar a quien conduce, y puedo notar cómo delante de nosotros una línea espacia de otros automóviles nos van guiando hacia nuestro destino. Van suficientemente lejos como para no distinguir las figuras dentro.
Avanzamos sobre la arena, junto a nosotros un cuerpo de agua parece no terminar de decidirse entre ser mar o laguna. Del otro lado un habitat tropical apenas si asoma por sobre enormes montes de arena. Mi mente va perdida, no me doy cuenta en el momento en que entramos directamente al agua. Es un retorno a mis viejas pesadillas infantiles, en que siempre caíamos al agua, el coche se hundía y, claro, pesadilla al fin y al cabo, las puertas no podían abrirse. Me asusto mirando como el agua sube alrededor del coche que no deja de avanzar, pero veo que delante de nosotros los coches se internan en la enormidad de ese cuerpo húmedo, y quien va conduciendo me dice que nada pasará. Seguimos avanzando, veo como una pequeña capa de agua comienza a entrar al coche como si mi ventana estuviera abierta y el agua apenas si alcanzara a rozarla.
Cambio de sueño como si me hubiese bajado del auto antes de entrar al agua. Me encuentro de pie en la arena, el habitat se ha vuelto una suerte de manglar enterrado en tierra, sobresaliendo azarosamente en mi camino. Avanzo, como si tuviese que llegar a alguna parte, como si me hubiese alejado y tuviera que volver. En el camino me encuentro con Eduardo, apenas viste unos boxers de playa oscuros y se une a mí en el camino sin decir nada. Su torso desnudo parece irse transformando conforme avanzamos, como si sus músculos, su piel, respondieran a designios propios más allá de su constitución anatómica. Llegamos a un pequeño descanso arenoso entre varias raíces altas de árboles tropicales. Me ayuda a subir y nos sentamos por un momento. Yo no quisiera hablar así que él comienza a hacerlo, como si estuviera contando un cuento. Me pregunta por qué no puedo perdornarlo y le digo que sencillamente no puedo, que jamás nos perdonaremos. Se abraza a sí mismo en posición fetal y comienza a llorar, pero como si el llanto fuese tan solo una vibración leve pero errática de su mismo cuerpo. No puedo verle la cara entonces y no se escuchan sollozos. Continuo mi camino dejándolo solo.
El resto del sueño transcurre en otros sitios, en calles, en lugares oscuros. Pero hasta donde puedo precisar estaba en esa playa, con el sol brillante que no alcanzaba a quemarnos. Eventualmente despierto.




En mi sueño suena "Verano traidor" de Vilma Palma e Vampiros.

22.9.08

.sueños. .22.09.08.

Avanzo por un enorme y amplio pasillo de mármol blanco. Voy vestida con un amplio vestido muy elegante, como de una época Victoriana. Entro en otro pasillo, más reducido, con alfombras rojas cubriendo todo el suelo y con algunos muebles que parecen en desuso. Soy parte de una limitada nobleza pero planeo inentendibles acciones clandestinas contra la misma. Cada vez más, me muevo por pasillos más estrechos y secretos. Siempre estoy cerca, pero detrás.
Hasta que soy descubierta.
Antes de la exhibición pública de mi muerte, me presento ante mi última misa. Es una capilla pequeña, que da la sensación de encontrarse por momentos abierta al cielo. Varios otros nobles se concentran en las pequeñas y pocas bancas alrededor de mí. Yo me encuentro al frente, como recibiendo una última comunión mientras mis manos se juntan y caen frente a mí cercadas por los pesados grilletes. Mi último vestido es aperlado, como incapaz de llegar al blanco. La ceremonia es precedida por una mujer, como si el sacerdote sólo contribuyera en las partes en que es completamente necesario. Siento las miradas de todos a mis espaldas.
Cuando concluye la parte religiosa habla de un ritual previo a la muerte. Me indica que debo realizar alguna especie de danza propia del momento. Viste enteramente de blanco, demasiado blanco, y es delgada y alta y se mueve erráticamente al hablar, casi a gritos. Le explico cuán ridículo me parece someterme a cualquier cosa a esas alturas, como si no bastara con condenarme a muerte si no esperar que negara todas mis ideas anteriores cediendo ante un ridículo baile. Las personas detrás de mí parecen mover las bancas, desordenándolas y acercándose cada vez más a mí. Apoyan mis palabras aunque esto no parezca implicar que esperan que me salve. La mujer parece demasiado confundida sin saber qué hacer. Estoy consciente de que a estas alturas ya deberían haberme salvado, realmente espero la salvación, a la vez que entiendo, secretamente, que no llegará. No suena ninguna pisada a lo lejos y todos parecen callarse.
Entonces el sueño cambia.
Miro por la ventana del avión como vamos aterrizando. La pista se encuentra recortada justamente junto al mar, un mar demasiado iluminado por la luz del sol, un mar terriblemente azul y cercano. Un mar denso, enorme, más allá de sus propias dimensiones. Hablo con mi hermano, quien va sentado junto a mí y le digo cuán emocionada estoy por haber ido a Australia, aunque sólo fuera de paso. Nuestro verdadero objetivo es llegar a Londres, pero antes pasaremos un par de días en Australia. Me siento más emocionada que nunca mirando ese mar, pensando en todo lo que haremos en los pocos días. Él me dice que tenemos que tomar un camión a la ciudad donde estaremos, que la visitaremos primero y el día antes de partir pasearemos un poco por Sydney. No opino nada al respecto, el mar me tiene hipnotizada.
Finalmente bajamos del avión, hay pocos pasajeros en él. Al bajar me parece como si el avión fuera demasiado pequeño, del tamaño de un autobus. Sus compartimentos posteriores se abren como una cáscara revelando el espacio oscuro donde guardan las maletas. Mi maleta es la azul que uso en los viajes, tengo que subirme un poco para alcanzarla antes de que una mano la tome, ayudándome. Es un viejo conocido a quien no pensaba ver, con desgana nos dice que nos llevará al sitio donde nos quedaremos. Camina cargando mi maleta por delante de mi hermano y yo, atravesamos el aeropuerto que más bien parece un pequeño centro comercial. Me pregunto porqué tenía que venir, pero no le dirijo la palabra.
El sueño cambia de nuevo.
Camino por un pasillo de distintos niveles, como internándome en los arcos alrededor de algún zócalo, con cierto dejo de construcción actual. Eduardo camina conmigo, vino desde lejos para verme. Yo me encontraba encerrada, apenas si me dejan salir, pero podemos dar una vuelta ahora que ha venido. Se disculpa porque pensó que la semana pasada trabajaría pero al final no hizo nada, que si lo hubiera sabido habría venido entonces y hubieramos visto películas cada día. Le digo que no hay problema y trato de distraerme mirando alrededor, parece como si diéramos vueltas en círculo. Internamente ya sé que no seré feliz con él, pero no puedo decirle nada. Sólo caminamos.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "No voy a ser yo" de Kevin Johansen y Jorge Drexler.

17.9.08

.sueños a la siesta. .17.09.08.

Alejandra me llama por teléfono para preguntarme si no iré a clases. Le respondo que no, que no me siento con ganas. Al poco rato llaman a la puerta y voy a abrir y es ella. No sé si viene porque quiera saber cómo estoy o porque decidió de últimomento que tampoco quería ir a clases. Nos sentamos en los sillones de la sala, que son tres y son azules, platicamos. Entonces me llega un mensaje de Dulce con la misma pregunta y respondo de igual modo, al poco tiempo ella también llega y terminamos las tres sentadas sin más.
Tenemos algo más qué hacer, me dicen que ya es hora de que nos vayamos. Les digo que me esperen un momento, que tengo que ir a ver unas cosas antes. Paso por el cuarto y continuo hacia la habitación de mi hermano, que es la misma que tenía en la casa donde vivíamos cuando éramos pequeños. Le pregunto algo vanal, que quizá no viene a caso, me responde y me dice también que tome mis libros. No sé de qué libros me habla y entonces se levanta hacia el librero y me da un libro de pasta roja, con imágenes amarillas, el nombre del autor suena alemán aunque lo asocio mentalmente con Pirandello. Lo miro sorprendida y me pregunto cómo pude haber olvidado ese libro, siendo tan bueno, aunque al hojear la edición me parece completamente desconocida. Pero mi hermano insiste en que es mío. Me pregunta si ya he leído otro libro relacionado con espirales y le respondo que no, entonces saca una tomo grueso, con ese aire de bestseller norteamericano, en la portada la foto de un jardín cuyas nubes van cambiando de forma hasta formar un espiral casi morado. Me dice que es excelente, que me lo lleve, yo sólo miro el espiral y le pregunto si así se llama. Entonces el señala, más abajo, el título: "Los dos milagros".
Regreso al cuarto y les digo a las chicas que nos vayamos. Salimos a una calle que luce inglesa. Nos damos cuenta entonces que ninguna ha traído su carro y nos preguntamos qué hacer. Les digo que me parece que en la esquina hay una especie de transporte. Camino hacia una tienda cuya fachada está cubierta de ladrillos rojos y solo tiene algunas ventanas para mirar hacia el interior. Ahí venden toda clase de objetos relacionados con osos, aunque el lugar parece más un sitio de comida. Tiene un letrero que anuncia que para evitar la contaminación tienen un vehículo que sale cada cierto tiempo hacia donde los pasajeros necesiten ir. Pero el lugar luce cerrado.
Regreso con ellas justo cuando Gabriel pasa por la calle, manejando un jeep. Se detiene y nos regaña por no haber ido a clases, pero se ofrece a llevarnos a donde necesitamos. Me subo en el asiento del copiloto y ellas dos atrás, aunque de pronto también está Lili entre ellas. El viaje es confuso, entre zonas de viviendas y largos tramos de caminos verdes. Vamos platicando, algo relacionado con nuestro destino o con los libros. Pareciera que hay mucho ruido, no recuerdo las primeras partes de la conversación. Le preguntan a Gabriel por su madre, el comenta, de modo casi irónico, que sufrió un ataque al corazón. Me río y le digo que no tiene corazón por hablar así, me responde que no, que es su modo de preocuparse. Como si la solemnidad fuese algo completamente ajeno a él.
Estoy bebiendo café frío que pasamos a comprar, el me pide si puede tomar un poco y se lo doy. Al devolvérmelo le doy un sorbo y digo que le falta azúcar. Me dice que no, que el azúcar no remediará nada porque el café sabe malo, sin más.
De pronto atrás comienzan a hablar por su lado y Gabriel me dice que va a contarme una pesadilla que tuvo. Vamos atravesando una aparentemente interminable zona verde. Me dice que en su sueño iba a una posada con un hombre que conoció pero que ya está muerto. Era un hombre rubio, muy bajo. Era sencillamente un conocido pero iban juntos a una posada, casi podía imaginarme el sitio con una fachada roja y con aire claustrofóbico. Al igual que él, las demás personas en la posada eran simples conocidos o en algunos casos ni siquiera eso. La pesadilla residía ahí: una celebración con un conjunto de personas que no se importan para nada entre sí.
El mensaje de Dulce de "¿no vendrás a clase?" me despierta con un suave sensación de deja-vu.




En mi sueño suena "Hoy me dejaré" de Carlos Ann.

.sueños. .17.09.08.

Voy al restaurante donde trabaja Daniel. Tengo la sensación de que fue él quien me habló y me dijo que fuera. Llego y aunque el sol parece estar en el momento más caluroso del día, aún no han abierto. Entro y los veo acomodando las sillas, levantan los techos, moviéndolo todo. Él se encuentra poniendo las mesas, paso junto a él pero no lo saludo, pretendo que no es a él a quien voy a ver. Me acerco hasta la barra y veo al chico que se encuentra detrás de ella, como si fuese a él a quien busco pero de todos modos no le hablo, ni a él parece importarle demasiado que me encuentre allá, sencillamente mirándolo. Todo el suelo del lugar es de arena, y en lugar de encontrarse todo debajo de una única palabra, comienzan a levantarse una superposición de techos, como si todos hubieran estado replegados, se alzan a distintas alturas de distintos materiales. El más bajo de ellos pareciera haber sido la cubierta anterior del bar, en tono azul, como si lo hubiesen apenas levantado y quedara ligeramente por encima de mi cabeza. Daniel sigue sacando cosas del almacén, como si no dejaran nada en su lugar la noche anterior. Cuando pasa junto a mí me revuelve el cabello, a modo de saludo, en su presencia puedo sentir que va a decirme algo aunque yo pretenda que no me importa. Lleva su camisa rosa de The Killers.
Seguro que suceden más cosas, pero no las recuerdo, eventualmente despierto.




En mi sueño suena "No me arrepiento" de Coti.

14.9.08

.sueños. .14.09.08.

En un sitio enorme, oscuro, una especie de enormes gradas curveadas se mantienen de frente a una enorme pared de concreto oscuro, como si fuera una pantalla. Por los niveles de las gradas va cayendo una capa ligera de agua, siempre en movimiento, como si fuera una enorme fuente siempre encendida. Mucha gente está sentada, mirando hacia el oscuro vacío como si pudiera adivinarse algo. Todos distanciados, vagando erráticos por el enorme lugar, ninguno cercano al otro.
Yo tengo que esperar, como si hubiera forma de medir el tiempo dentro de aquel lugar. La gente comienza a irse, uno tras uno, poco a poco, hasta que en el lugar sólo queda un anciano, en el nivel inferior, sentado entre todas sus pertenencias como si aquella fuera su casa. Yo bajo y le entrego un sobre, una carta pequeña y cuadrada, improvisada y donde la letra se lee de manera infantil. No decimos nada, él la abre apresuradamente y se dispone a leerla. Mientras él lo hace yo subo por unas escaleras en el medio de las gradas, por donde no corre el agua, hasta el último nivel. Ahí hay un cuarto, cuya puerta se baja como una persiana de metal. La abro y entro, la vuelvo a bajar. Dentro es un baño, enorme, a la izquierda el nivel desciende y el piso se vuelve completamente liso, entro ahí y hay toda especie de cosas colgadas: trozos de tela que no alcanzan a convertirse en cortina, figuras de formas extrañas, recortes, que van dando vueltas alrededor de mí mientras el agua de la ducha corre como una capa de vapor. En la zona de la derecha hay varios apartados donde se sostienen frascos y otras cosas que no detengo a ver.
Cuando me termino de bañar salgo de nuevo, supongo que ya debe ser de noche, bajo de nuevo hasta el primer nivel y el anciano ya duerme en su cama de agua. Tomo las cartas abiertas que están junto a él y camino hacia la salida, en el último nivel del extremo derecho. Abro una débil reja azul y la cierro con seguro detrás de mí. Paso por unos caminos irregulares a los pies de una especie de monte artificial hasta llegar a un camino donde me encuentro con dos hombres y una hermosa mujer vestida de negro. Les entrego las cartas, ella sonríe pero no dice nada. Y el sueño comienza de nuevo.
Es la misma escena en las gradas, la gente se va, entrego la carta y subo al baño. Al entrar siento que hay algo diferente. La puerta, cortina de metal, no puede cerrarse. Me desespero y no recuerdo cómo cerrarla, trato de tomar los trozos de tela que cuelgan y enredarla con ellos pero no funciona. Después de varios intentos encuentro el pasador en la parte inferior de la cortina y la cierro por fin. Me dispongo a bañarme pero siento que algo está mal, como si la escena se hubiera repetido tantas veces que la conociera exactamente y algo hubiera cambiado en ese momento. No puedo ver bien, entre todo lo que cuelga sobre mi cabeza y se mueve como girando a mi alrededor. Estoy tratando de no pensar en nada pero entonces volteo y encuentro, entre los trozos de tela y las figuras sin forma, varios perros muertos y colgados que giran torpemente entre los demás objetos. Perros pequeños, apenas muertos, con los ojos abiertos y mojados por el agua de la ducha. Siento como si me acercara demasiado a ellos, como si no pudiera ver nada si no a ellos. Me desmayo. Mi consciencia, que continua despierta, escucha como la mujer entra al lugar, ya ha tomado la carta por sí misma. Dice que lo habría arruinado eventualmente, que no estaba hecha para esto.
Entonces el sueño cambia.
Entramos en una casa, alrededor de ella hay un patio enorme y primaveral, de noche, no se ven más casas cercanas. Es un equipo grande, estamos filmando una serie de televisión. Los actores son únicamente un hombre y una mujer, que platican animadamente. Por dentro parece la casa de mi abuela, enorme y deshabitada. Todos se ocupan en sus labores mientras yo me mantengo ahí. Alguien me dice que cuide a la niña y entonces veo a una niña que camina hacia mí, pequeña y rubia, únicamente vestida por una camisa blanca que le queda a manera de vestido. La cargo y la escena cambia. Entramos a un cine, es una enorme sala donde sólo la primera zona está ocupada por bancas, demasiado juntas, y el resto de las personas se mantienen de pie o sentadas detrás, en un espacio abierto. Todo luce demasiado blanco, alfombrado. Estoy con una amiga y la niña, les digo que nos sentemos antes de que comience todo. Vamos hacia adelante y después una voz dirá que va a iniciar la función y todos querrán sentarse pero no habrán más sillas. Yo mencionaré lo afortunadas que somos, aunque nuestros asientos se encuentren localizados de lado y sea difícil mirar hacia la pantalla. La niña juega junto a mí y yo pienso en lo triste que es que esté muerta.
El sueño cambia de nuevo.
Caigo en una alberca, pero todo parece estar cubierto por agua, en realidad estoy en la calle. Hay varias personas que conocí hace muchos años, como si volviera a tener 15 y una de ellas, Cinthia, me dice que iremos todos a casa de alguien más. Quizá sea su cumpleaños. Le digo que sí aunque no sé si estoy dispuesta a ir. Ellos se adelantan y yo camino entre el agua hasta llegar a un restaurante, por encima del nivel del agua, construido aparentemente por trozos de madera como caña. Entro y en una mesa enorme están sentados todos mis primos. Ya lleva mucho tiempo que inició la comida y me anexo a ellos. Hay otras personas que no conozco. Somos la única mesa en el lugar, los meseros y los chefs nos miran insistentemente hasta que traen la cuenta. Es muchísimo dinero, les digo a todos que nos tocará pagar $800 a cada uno. Todos parecen sorprendidos pero van pagando, yo tengo que hacer las cuentas y cuento mil veces porque jamás parece darme la cantidad. Pedro, mi primo, me dice que los trozos de cristal verde que tenemos valen $50 cada uno. Termino por contar todos los trozos de cristal roto, grueso y verde, hasta dejar la cantidad completa sobre la mesa.
Cuando salimos ya no agua en las calles. Enfrente hay varios coches estacionados y nos vamos repartiendo en ellos. Yo me subo en la cajuela de una camioneta gris, y tengo la vaga sensación de que vamos transportando cadáveres.
Todo parece ser bastante inexacto, diferente, pero entonces despierto.




En mis sueños suena "Al respirar" de Vetusta Morla.

11.9.08

.sueños atrasados. .10.09.08.

Estoy dentro de una tienda, como esas pequeñas tiendas en el centro caótico de las ciudades. Es pequeña, de un sólo salón lleno de objetos. Con varios mostradores de vidrio que exhiben una mercancía indefinida y también con muchos objetos colgados de las paredes. Es de noche, y la luz que proviene de los mostradores apenas si puede iluminar parcialmente el lugar. Mi hermana está junto a mí, pero es pequeña, está buscando un muñeco que falta en su colección. Yo le digo a la señora que me atiende y está frente a mí, sin decir palabra, y ella va sacando distintos muñecos, pequeños, de plástico, como personajes cubiertos por alguna especie de protección. Va sacando decenas de ellos, poniéndolos todos desordenadamente sobre el mostrador. Mi hermana me dice que no, que todos esos colores ya los tiene, pero en realidad todos son azul oscuro. Nos vamos de la tienda.
Caminamos por calles pequeñas y oscuras, apenas iluminadas por farolas amarillas. Entramos en algunas otras tiendas, pequeñas, como cuartos a medio construir, que muestran su mercancía sosteniéndola de las paredes. Ella sigue viendo las cosas, como si buscara algo, yo solo camino con ella.
Se me hace tarde, subo a un taxi. Por la ventanilla veo el centro histórico de la ciudad como si fuera enorme y como si las calles atravesaran azarosamente los monumentos. Rodeamos la ciudad que es como si rodearamos un único edificio, demasiado grande, y vamos cruzando por otros centros, de otras ciudades, como si todas estuviesen unidas en una sola. Hasta que llegamos a Guanajuato.
Pienso en las visitas que tendremos pronto, y en lo decepcionadas que estarán de que sus recorridos sean tan breves. El centro de la ciudad parece un gran terreno bordeado por altas rejas antiguas. Dentro hay mucha gente, me bajo y entro por la enorme puerta.
Un gran número de personas se mantienen junto a la pared que está por la entrada, mientras, a varios metros de ellos, el único edificio dentro arde en llamas. Veo a mi primo Edoardo y a su hermana, nos hacemos pasar por reporteros para poder acercarnos al incendio. De ese lado hay otra multitud, pero más pequeña, que se mantiene en pie junto al edificio ardiendo pero mira de frente hacia el otro grupo de personas.
Hay otros primos, mi hermano, y otras personas que no conozco. Todos son hombres menos mi prima y yo. Hablan y tratan de explicar, vagamente, lo que pasa, pero no puedo entenderlos. Todos los hombres se quitan entonces la camisa y exhiben sus cuerpos pálidos de frente a la otra multitud, que parece atemorizada de acercase pero también de irse. El edificio, una especie de arquitectura con dejos clásicos, arde pero no se consume, las llamas sencillamente bailan tratando en vano de escapar por las puertas y ventanas. Todo se convierte en un cuadro que yo sostengo, con un marco dorado antiguo y donde, en un fondo negro, se sostiene una cabeza decapitada, por cuyos ojos y bocas también trata de escaparse un fuego que no consume.
Entonces despierto.



En mi sueño suena "Sombras de la China" de Joan Manuel Serrat.

26.8.08

.sueños. .25.08.08.

Entro en un edificio derruido, como una construcción imperfecta y mal trazada. Todo luce viejo, húmedo, oxidado, falto de luz. Los espacios se siguen unos a otros sin orden, salones desiertos, largos pasillos, desniveles sin razón. Avanzo, sabiendo que es el cumpleaños de mi Gabriel y que por ahí llegaré a la fiesta. Llegado a un punto, miro el cuarto abierto a mi izquierda y encuentro a Raúl fumando un cigarro, solo. Entonces sé que algunos de esos pasillos inconclusos que se encuentran distribuidos aleatoriamente tienen habitaciones que funcionan como pequeños departamentos. Mentalmente repaso la historia: Raúl rentó uno de esos departamentos porque le pareció adecuado para vivir, pero una vez que lo vio su esposa lo desaprobó y tuvieron que dejarlo. Lo saludo y me dice que vayamos al lugar de la fiesta.
Entramos a un cuarto, como un gran salón abandonado donde todo luce viejo excepto una mesa de madera clara en el centro. Sólo quedan dos lugares disponibles, justo a la derecha de Gabriel quien se encuentra en la cabecera. Nos sentamos ahí, pero entonces es como si Gabriel hubiese cambiado de lugar para situarse enfrente de nosotros. Comienzan todos a hablar y entonces me doy cuenta que todos son profesores y yo me pregunto porqué estoy yo ahí.
Después de un tiempo una mujer entra, es la esposa de Raúl, el cuál se pone inmediatamente de pie y se ubica en dos asientos desocupados que aparecieron de pronto al otro lado de la mesa. Lo sigo con la mirada antes de percatarme que su lugar sería ocupado por un señor viejo, algo gordo y de cabello canoso quien me habla constantemente diciéndome "oye, niña..." y señalándome cuanto pueda decirse dentro de esa habitación. Yo veo hacia el otro lado de la mesa y cuando regreso mi vista al viejo me encuentro con que tiene el rostro pintado. Como maquillaje circense, todo su rostro es gris con algunos trazos blancos que no responden a ninguna armonía. Entonces miro a las demás personas a mi alrededor y todos tienen también el rostro pintado. La mujer frente a mí lo tiene pintado de amarillo mostaza con irregulares trazos negros. Gabriel ya no está, pero pienso entonces en que organizó una fiesta de disfraces y yo llegué sin nada. Me pongo de pie, incómoda, y me dirijo hacia la salida. Paso junto a Raúl, sentado, el asiento de su esposa desocupado pero él mirando fijamente un punto, sin hablarle ya a nadie.
Me salgo del cuarto y estoy en otro sueño. Camino sobre una estructura de madera localizada sobre una playa, como si fuese un muelle, o un edificio abierto, con desniveles extraños y que bordease el mar para localizarse siempre sobre él. Camino por ahí de un lado a otro, varias personas pasan junto a mí, algunos conocidos y otros no. Pasando por un punto alguien, una amiga, me dice que hay una ballena varada y voy hacia el punto que se encuentre más cercano a ella. La miro tumbada en la arena, más pequeña de lo que debería lucir, como si mirara hacia el sol. Mi amiga dice que es un bello animal y yo recuerdo otra ballena que encalló antes en la misma playa, que tenía alguna especie de malformación en la cabeza y un tono de piel café que la hacían lucir realmente grotesca. La miramos fijamente antes de que comience a moverse sobre su base, convulsivamente, al tiempo que poco a poco va regresando al mar hasta volver a perderse. Saco mi cámara y comienzo a tomarle fotos mientras se aleja. Fotos imposibles que la siguen hasta kilómetros alejados de la costa, fotos submarinas en que nada entre focas y otros peces. Hasta que se pierde por completo en el horizonte.
Corro hacia mi madre que se encuentra sentada en otro lado del muelle, platicando con alguien más, quiero mostrarle las fotos pero ella parece poco dispuesta a querer verlas.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "Piel de astracán" de Maga.