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28.1.09

.sueños atrasados. .26.01.09.

Llego temprano a mi clase de japonés. Todas las personas continuan aún hablando dispersas, alejando el momento. El salón es distinto, es demasiado pequeño, sin ventanas. Apenas puede entrar una fila de escritorios dobles y dejar un pequeño espacio para moverse. Todo es de madera, no hay nadie sentado. Hay una amiga conmigo pero no dice nada, sólo se mantiene inmutable junto a mí, sin decir nada. Estoy hablando con Francisco, en realidad él me está contando algo pero yo no lo escucho, sólo pienso en lo extraño que es que se presente al curso ahora, sin haber venido a ninguna de las clases anteriores, sin tener idea de lo que hemos visto. Pero él me habla de otras cosas, me cuenta que ha estado teniendo problemas con su novia, Selma. Me cuenta algunas cosas que han sucedido entre ellos y la actitud de Selma en dichas circunstancias es completamente errática. No voluble, no bipolar, no nada que pudiese justificarse de algún modo: simplemente sus acciones no tienen sentido. Le respondo vagamente que no debería sorprenderle, dado que es francesa, pero al momento de enunciar la oración me doy cuenta de que suena terriblemente despectiva y me siento avergonzada de haberla pronunciado. Volteo a verla a ella, sentada sola en el primer escritorio. Es la única persona sentada y mira hacia el frente como si hubiera algo allá, pero no lo hay. Inmóvil con su suéter azul y su cabello negro suelto. Me pregunto si me habrá escuchado pero nada parece indicarlo.
La clase va a comenzar y todos parecen irse a sus lugares. Yo me siento en un escritorio y Francisco se sienta junto a mí, mi amiga parece irse y sentarse en otro lugar, pero no me importa.
La clase terminaba y yo regresaba a casa. Me sentía de nuevo como en la preparatoria, regresando al hogar a la hora de la comida, pero mi familia estaba lista para viajar, como si hubiera sido el último día de clases y ellos tuvieran ya todo listo a mi regreso para el viaje.
Estamos en el coche y tras un viaje corto llegamos a una casa en medio del campo, que más bien parece una campiña europea. Sé que estamos en España, en casa de los padres de él, y sé que nos esperan aunque no nos conozcan.
Recorro constantemente la casa, voy de una habitación a otra, de un salón a otro. Es enorme y luce muy iluminada todo el tiempo. Sé que hay más gente y los escucho a veces en los cuartos a los que no entro, pero nunca los veo, no me encuentro nunca con nadie. Y los días transucurren sin que él llegue, porque sé que no ha terminado sus clases y falta aún para que vuelva a casa, pero no sé cuándo será eso, y sus padres no saben que no nos conocemos así que no me siento con la confianza de preguntárselos. Voy a un cuarto que se encuentra junto a entrada principal, es una especie de recibidor pero en realidad luce como un dormitorio pequeño. Hay dos camas alargadas pero muy angostas que se cubren por unas cortinas transparentes. Me acuesto en una de esas camas, en la otra está sentada mi hermana en silencio, y duermo una siesta.
Han pasado varios días y él no llega, continuo con mi ejercicio absurdo de recorrer la casa obsesivamente. Todo luce muy blanco, muy amplio, entro en varias otras habitaciones: un cuarto que parece un dormitorio. Comienzo a pensar que no lo veré, que nos queda poco tiempo y él bien podría no llegar en esos días. Comienzo también a pensar que quizá llegó precisamente el día en que dormí la siesta y partió durante esas pocas horas. Que era mi única oportunidad y la arruiné. Me siento frustrada por todos mis pensamientos y decido entretenerme haciéndole preguntas a mi ipod.
Salgo al garage, nuestro coche está estacionado ahí, es una camioneta negra muy grande. Abro la puerta del copiloto y me inclino sobre el asiento para buscar mi ipod alrededor de las cosas que hay tiradas en el suelo. Muevo muchas cosas pero no puedo encontrarlo. Escucho las pisadas de alguien que entra en el concreto del garage y entonces siento como unas manos me toman por la cintura y me jalan suavemente obligándome a salir del coche. Me volteo y quedo frente a él, viene con la fatiga de aquel que lleva días viajando y con la borrachera encima también. Sin decirme nada me abraza fuertemente. Siento su peso sobre mí, la carga de una ternura inentendible. Al separarse me dice que lo acompañe a saludar a sus padres.
Entramos a la casa, tengo que dejarlo recargarse en mí puesto que el alcohol ya no le permite caminar correctamente. Soy consciente de nuestra amplia diferencia de alturas, de cómo apenas consigo aferrarme a su cintura, del modo en que debe inclinarse un poco para facilitar nuestro paso. Atravesamos de nuevo los mismos salones por los que yo hubiera pasado antes, donde confluyen estructuras arquitectónicas fantásticas y sitios de todas las casas donde he vivido. Ahora están llenas de personas y ruidos, gente que platica y se mueve pero nadie conocido, nunca sus padres. Hablamos poco y a veces al responderme sus expresiones son iguales que las de Ian. Me hace sentir incómoda, me pregunto si siempre que conozca a alguien estoy condenada a mantener las mismas conversaciones, como si todos fueran si no una calca de algo absoluto.
En alguna de las habitaciones por las que atravesamos me encuentro con mi abuela, está sola. Nos mira fijamente y escucho nada más cómo me dice que cómo puedo estar junto a un joven completamente drogado. Pienso en responderle que no está drogado, que nada más está ebrio, pero también pienso que no tiene caso y salgo de la habitación sin responderle nada.
Llegamos de nuevo al pasillo principal, al final del cual se encuentra la habitación de sus padres. Me dice que irá a saludarlos y que luego vuelve por mí para que salgamos a dar una vuelta por la ciudad. Yo entro en el recibidor con camas nuevamente, donde dejé mis zapatos, y me dispongo a atarlos mientras pienso en lo que sucederá posteriormente. Nos imagino recorriendo en coche una ciudad pequeña y de noche, con calles de pequeños adoquines. Pienso en todo lo que tengo que decirle y todo lo que ahora sé que el tiene que decirme. Nos imagino volviendo de nuevo a esta habitación, sentándonos sobre esta cama y platicando durante toda la noche. Me pregunto si será igual, me pregunto si debería ser igual, me pregunto si importa que sea o no igual. Pero entonces suena el teléfono del cuarto y contesto. Es él, llamándome desde la habitación de sus padres, me dice que tiene que irse, que le acaban de avisar que un programa que tendría ese verano ha cambiado de lugar. Originalmente sería en la misma ciudad en la que nos encontrábamos, pero ahora tendrá que ser en Madrid y tiene que partir justo en ese momento. Sin posibilidad de vernos siquiera a la puerta, como si fuera entonces la distancia más abismal, entre el cuarto de sus padres y aquel falso recibidor. Él suena mal por los sucesos, mal por no poder estar conmigo siquiera un poco.
Le digo, sin demasiada emoción, que puede que no sea tan malo, que mi familia aún esperaba pasar unos días en Madrid antes de regresarnos. A él parece alegrarle la idea, me dice que podría decirle a mi chofer que me dejara frente a su universidad por las tardes, cuando él terminara clases, y así podría pasar el resto del día conmigo. Le digo que eso no importa, que yo puedo moverme sola, y me imagino llegando a su pequeña escuela, más de noche que de tarde, con toda la gente saliendo y alejándose y entonces él, saldría y caminaríamos mientras se vuelve todo más oscuro y la calle más solitaria. Él interrumpe mis pensamientos comentando fugazmente anécdotas que vivimos juntos: recuerdo aquella vez que te caíste. Sonrío casi por compromiso pero no quiero pensar en ellas, trato de regresar siempre a nuestro hilo principal y le pido el número de su celular o no podré llamarlo. Me lo va dictando: 2454. Entonces escucho 'C'. Le pido que me lo repita y vuelve a decirlo, 'C'. Miro las teclas de mi celular, pensando que quizá se refiera a la cuál corresponde la letra C. Pero mis teclas han cambiado de lugar, no tienen letras y muchas ni siquiera tienen números. Él lo dice entonces: 'X'. Y yo sé que se refiere al 6. 24546. Pero al mirar la pantalla del teléfono noto que he escrito 35458. Creo que me he equivocado de número, que me hace falta algo más, que no podré comunicarme nunca de vuelta. Y él sigue hablando, con ternura, historias que yo no puedo escuchar.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "El club de las mujeres muertas" de Víctor Manuel.

10.1.09

.sueños atrasados. .29.12.08.

Caminaba por los pasillos de mi preparatoria, en el tercer piso del edificio. Avanzaba desde el salón al final del último pasillo hacia la dirección, el pasillo parecía más amplio y largo, y también más iluminado aunque la mañana era un poco gris. Ya no era una escuela si no una especie de dormitorios donde todas las chicas se encontraban en amplios cuartos que yo solo podía adivinar del otro lado de las puertas de madera. Esos salones eran cuartos enormes de los que veía que salían y entraban chicas, de las cuáles yo no conocía a ninguna. Al pasar frente a uno de los últimos salones escuchaba que dentro sonaba una canción de O'Funkillo. Me detenía sorprendida y me quedaba junto a la pared escuchando, como sin querer creerlo pero confirmando que no podía ser otro grupo. Me sorprendía mucho de que las chicas dentro, como si fueran una sola entidad, un grupo homogéneo, estereotipado y desconocido; pudieran conocerlos, o gustarles, o cualquier otra cosa. Me quedaba un rato ahí, simplemente sorprendida. Después reanudaba la marcha y llegaba hasta los baños. La ventana al fondo de ellos era mucho más grande y estaba abierta hacia un pequeño patio en el nivel inferior. Yo entraba a uno de los pequeños cubículos que no eran más que eso: pequeños espacios separados, como cuartos mínimos, armarios improvisados, exilios voluntarios de todo lo demás. Entraba escondiéndome, o queriendo estar completamente sola. No había nadie más. Me recargaba contra la pared y no quería pensar en nada. Entonces escuchaba su voz, perfectamente, como si estuviera hablando con alguien en el patio de afuera. Era una conversación tranquila, amena, posiblemente con Jorge, quien no respondía nada. Él sólo comentaba vagamente que estaba bien, que estaba tranquilo. Era algo cotidiano, como si hubieran salido a fumarse un cigarro en una mañana gris. A mí no me sorprendía escucharlo, era también algo cotidiano para mí.
Entonces despertaba.




En mi sueño suena "Así estás donde estás" de O'Funkillo.

16.10.08

.sueños. .15.10.08.

Te había enviado un mail, aunque no podría precisar si era el mismo cuento o alguna estructura caótica de todas las palabras que suenan como tú. No había pasado mucho tiempo, lo que podía significar unas horas, unos días, una vida tendida entre los dos eventos; y tus mensajes aparecían en mi ventana en blanco, mientras tú estabas offline. Era sorprendente encontrarte, después de tanto tiempo. Veía tus mensajes como me iban llegando, siempre con una sensación de que todo lo que yo pudiera responder era mínimo ante la cantidad de palabras que hilabas para mí. Escribías y escribías, tus mensajes llegaban a destiempo, o quizá los míos, escribía poco porque tenía poco qué responder. Y a ti no parecía importarte, como si simplemente dejaras ahí los mensajes para mí, para que los recogiera cuando quisiera.
Todo parecía hacer ruido en mi casa, todo parecía requerirme inmediatamente y yo tenía que leer entrecortadamente lo que ponías. Me levantaba constantemente, sentía la necesidad de checar todo, como si pudiera caerse sin mi presencia. Tú no dejabas de escribir, y eran muchas letras y tan corto el mensaje. No me sentía inquieta por atraparlo todo, me bastaba saber que ahí estaba. Cuando regresaba, al final, todo se había desconectado y tu ventana permanecía abierta, como si colgara muerta en medio del blanco. Tus últimas palabras de despedida eran incoherentes y faltas de significado. Pero, escondida, entre líneas pasadas, quedaba inconexa la frase: te quiero por conservarte tibia.
Despierto constantemente.




En mi sueño suena "Te doy una canción" de Silvio Rodriguez.

8.10.08

.sueños. .08.10.08.

Era como si la casa fuera todo, como si la ciudad se ramificara a partir de sus pasillos, del encuentro y superposición de sus habitaciones. Tan blanca, las paredes tan altas, las ventanas grandes que siempre parecían retratar la oscuridad de afuera. Caminaba yo hacia el encuentro de Miriam, en algún bar, y llegado daba la sensación de haber simplemente llegado hasta su cuarto. Platicábamos durante mucho rato sobre nuestras vidas, le decía que apenas me había mudado de nuevo y que todo iba bien. Ella parecía pasar de la alegría a una tristeza suave, siempre con el mismo gesto. Hablaba pero no me contaba nada. Le decía entonces que tenía que regresar, que esperaba dormir temprano, y ella me decía que se quedaría ahí un rato más, y al salirme de la habitación no tenía la sensación de abandonar un espacio suyo si no un local lleno de gente.
Caminaba entre los pasillos, que de pronto daban la sensación de ser calles de arena húmeda, de colonias perdidas e inseguras, con casas de aluminio oscuro a mis costados. Llegaba hasta el cuarto de Jorge que parecía ser la entrada a mi casa, la delimitación de ella en toda la estructura infinita. Jorge fumaba lenta y tristemente en su cama, como si pensara demasiado en algo. Lo saludaba y le decía que iría a mi cuarto por algo pero no respondía. Continuaba por los pasillos y tenía la sensación de recorrer distancias enormes y jamás llegar a un sitio mío, siempre encontrar las cosas de paso. Después de lo que sentí que fue demasiado tiempo regresaba y Jorge se encontraba en la misma posición pero ahora, junto a él, estaba recostada Miriam. Platicaban quedamente. Al verme Miriam me decía que si no pensaba dormirme temprano, pero no le respondía. Comentaba entonces de qué tal lo pasábamos ahora que nos habíamos mudado juntos y yo respondía que bien, que jamás me había sentido mejor en otro lugar. Aunque sabía que Jorge le había estado contando antes de cómo se sentía al tener que vivir ahora con Ian, Bake y yo. Como si ellos dos fueran una extensión de mí, pero al mismo tiempo una multitud que lo ahogaba y que lo hacía difuminarse entre las paredes, convirtiéndolo en sólo uno más de aquella casa que antes había sido su casa. Pero no decía más frente a mí, y yo lo abrazaba fuertemente, sintiendo que al abrazarlo también abrazaba a Ian y a Bake, que debían estar silenciosos en sus habitaciones, en algún otro lado entre tantos pasillos.
Pensaba en si Miriam se quedaría hasta tarde y en si Jorge se sentía cómodo con ella, como si fuera imposible imaginarlos platicando ahí, aunque no platicaban en mi presencia. Me acercaba para mirar por la ventana y veía las calles de arena húmeda en las que me parecía que antes me perdía. Me iba de la habitación sin despedirme.
En alguna parte de la casa también estaba él, como si no estuviera, aunque Jorge no lo mencionara. Yo me lo imaginaba detenido, e imaginaba sus reacciones ante conversaciones hipotéticas. Porque incluso aunque estuviera soñando tenía que imaginarlo. Aunque estuviera soñando no podía verlo.
Quizá pasó más tiempo mientras estuve perdida de nuevo en los pasillos. Eventualmente despierto.




En mis sueños suena "Laberinto" de Fábula.

9.9.08

.sueños. .09.09.08.

Haces posible lo imposible. Afuera el piso está cubierto de nieve pero hace calor. Pequeñas casas amarillas sobresalen de entre la profunda nieve demasiado blanca, sin un orden lógico. Camino, como buscando algo, como queriendo llegar a alguna parte y a la vez como si vagara también yo sin orden.
Las cosas vienen a mí de manera desordenada. Hay una pantalla amarilla y en ella pongo su mail, entonces sé que tu contraseña es "similar a mí". Tienes un blog que acabas de abrir y sólo tiene una imagen, de esta misma nieve y estas mismas casas amarillas, pero no se ve nadie en la foto. Parece que no dices nada, pero alguien junto a mí va a otra sección y encontramos una especie de diario indescifrable. Se divide en fragmentos que parecen poco tener que ver, algunos hablan de episodios concretos de tu vida, de textos que copias o sobre los que reflexionas, todo parece tener que ver contigo pero nada eres tú. Al final una pequeña parte personal menciona a tu nueva novia, llamada Paris, que su cumpleaños fue hace poco y, a grandes rasgos, que eres feliz.
Me alejo caminando entre la nieve, de nuevo, sin rumbo, leo en lo blanco más cosas sobre ti, escritas por ti, dirigidas a ti, como si alguien espiara constantemente tu vida y ahora fuese yo, encima de lo que eres. Hay muchas frases que se repiten, que te despojan de la información innecesaria, que te desnudan hasta volverte de nuevo tú, en el origen de las cosas. Todo se vuelve entonces demasiado blanco. Camino hacia la misma casa donde se encontraba la pantalla amarilla. Es pequeña, en medio de la nieve, ya no parece haber nadie alrededor, parece encontrarse en el último rincón posible. Dudo antes de abrir la puerta porque sé que adentro estarás tú.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "Para no olvidar" de Andrés Calamaro.

8.9.08

.sueños. .08.09.08.

Hay muchas personas hablando cerca de mí y hablándome a mí. No puedo verlas, me encuentro frente a un fondo negro y todo ocurre detrás. No entiendo lo que dicen, quizá cuentan algo pero no puedo entenderlas. Llegan cartas a mis manos que no están dirigidas a mí, como si interrumpiera una conversación ajena. Cartas con letras pequeñas y verdes, demasiado juntas. Trato de leerlas pero tampoco las entiendo. Una voz de fondo me dice que espere seis noticias. O quizá son siete.
Tal vez pasa algo más, pero entonces despierto.



En mi sueño suena "Shimmer" de Fuel.

.sueños atrasados. .07.09.08.

Es de noche en la colonia donde vivía cuando era pequeña. Nada más puedo ver los edificios cercanos a la entrada, que parecen enormes y demasiado blancos. Hay puertas de rejas blancas por todos lados, como si cada calle estuviese custodiada independientemente. No hay nadie en ninguna parte: ni en las calles, ni luces en las casas, ni guardias en las casetas, nada. Yo me mantengo cerca de la puerta, detenida sin saber porqué, cuando escucho la campana de los helados sin reparar en que ya es demasiado noche. Me siento una niña y corro hacia el hombre en el triciclo de helados, que tiene varias cubetas blancas con los distintos sabores. Le pregunto cuales tiene y los va señalando: piña, coco, melón. Ninguno me convence y le pregunto si tiene chamoy para ponerles y pienso entonces en uno de limón. Me lo sirve en el vaso pero me dice que tienen que ir por el chamoy a otro lado, que vaya con él. Abandona el triciclo y caminamos hacia la entrada de uno de los edificios, donde se encuentra estacionada una camioneta y se sube en ella. Yo me subo detrás de él pero desconfío, le pregunto a dónde vamos, por qué, si es necesario. Él parece avanzar pero al mismo tiempo parece como si el coche jamás se moviera de lugar más que unos pocos centímetros. Él sonríe, siniestramente, y le digo que me bajaré, que ya no quiero nada. Abro la puerta y seguimos delante del mismo edificio, me dice, aún sonriendo, que a eso venían todas mis preguntas, como si necesitara justificar mi miedo.
Camino un poco y frente al mismo edificio está de pie Dulce, como si me esperara desde siempre. Le cuento lo que sucedió y me dice que no pasa nada, que vayamos a casa y me toma de la mano y caminamos, pero con otro rumbo distinto. Me dice que no olvide la fiesta que habrá en casa de Jorge en la noche y entonces recuerdo. Parece todo ya dispuesto desde antes, veo la habitación desordenada y él de pie junto algún sillón oscuro, él que parece convertirse en momentos en otra persona y me hago muchas preguntas respecto a él.
Camino hacia su casa, ya sola, en el camino que dirige hacia su casa actual pero al entrar en ella es el departamento en que vivía en Salamanca. Aún no ha llegado nadie más.
Entonces un despertador ajeno suena y me despierto.



En mi sueño suena "Hoy daría yo la vida" de Corcobado.