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28.1.09

.sueños atrasados. .28.01.09.

He llegado a un pueblo pequeño por la noche. Como si todo el pueblo fueran apenas aquellas calles oscuras por donde llueve o ha llovido, como espejismo de ciudad industrial en decadencia. Llego a mi casa, o a la que debería ser mi casa. Todo como si llegara a una vieja estación de camiones por donde siempre tengo que volver a pasar. Recuerdo veces anteriores, el polvo del camino en que me detenía, el sol terriblemente ardiende con destellos rojos en todos lados. Llego y sé que todo está embrujado, pero la maldición es tan cotidiana como la lluvia o como los ruidos metálicos de todo lo que aún no se ha caído.
La estación de camiones es una gran casa como una gran madre. Y siento como si dentro confluyéramos todos aunque me encuentre sola. Es imposible llegar a los andénes. En medio de la sala de espera, completamente a oscuras, se encuentra una enorme piscina. Con el agua terriblemente clara en cuyo fondo resplandecen unas fuertes luces que hacen que todo aparezca con tonalidades verdes claras. Estoy sentada en una de sus orillas curveadas, remojando mis pies en el agua. Y del otro lado cuatro elefantes se encuentran sentados frente a mí, jugando. Arrojan cada cierto tiempo diversos objetos, casi todos esféricos, hasta que estos chocan contra una red que se encuentra suspendida entre su esquina y la mía. La red golpea los objetos de vuelta que terminan rodando caóticamente por la habitación, dispersos. Lo hacen constantemente y por momentos pareciera que ríen con aquella gracia. Hasta que uno de ellos, el que se encuentra más hacia la esquina derecha arroja una pequeña pelota amarilla, la cuál apenas si consigue golpear la red y resbala hasta quedar flotando en el agua. Las risas se detienen, también los juegos, sin pensarlo el elefante se arroja al agua sólo para descubrir que hacia abajo se tiende un abismo. No puedo moverme y con infinita tristeza contemplo como poco a poco el agua va cubriendo al paquidermo hasta que sólo queda de él su trompa pidiendo auxilio y después ni siquiera eso. Quisiera moverse y entiendo cuán absurdo sería tratar de ayudar a un elefante. Sólo queda la pelota amarilla flotando burlonamente en el agua, como una fruta. Los demás elefantes dejan de jugar.
Me pongo de pie y me alejo, quiero encontrar a alguien más y compartirle la terrible tristeza que tengo dentro. Sólo quiero poder pronunciarlo, que uno de mis elefantes ha muerto y que es muy pesado para mí cargar con ese luto. Quiero el consuelo de las palabras, pero no hay nadie. No puedo llegar nunca hasta la puerta.
Entonces despierto.



En mis sueños suena "Elephant woman" de Blonde Redhead.

13.12.08

.sueños atrasados. .16.12.08.

Voy por un largo puente en bicicleta. Es angosto y pareciera que apenas entro yo, salgo de una isla para dirigirme a otra pero apenas miro a la distancia las manchas verdes de su espesa vegetación. El mar enorme y llano y sin olas es también una enorme mancha azul inamovible a la vez que inquieta. Voy en busca de algo, como si necesitara llamar a alguien o dar aviso de algo, pero tengo la sensación de que hace mucho tiempo que no recorro esos caminos y no me siento confiada en no perderme, pero continuo andando. De pronto hay una bifurcación que no recordaba, aunque tampoco me extraña demasiado, sin detenerme y sin reducir la velocidad me voy por el lado derecho del camino. Conforme avanzo me doy cuenta de que mientras mi rumbo se va torciendo, casi como si quisiera regresar sobre sus pasos el propio puente y devolverse a la isla, el otro continua recto hasta el sitio donde en realidad yo quería llegar. Sin embargo no me detengo, continuo, hasta que siento como si el camino del puente se hubiera vuelto una leve corriente de agua sobre la que avanzo y tengo que entonces detenerme justo en el momento en que el puente se termina, roto en medio de las aguas. A lo lejor miro otra parte de la isla de la que vengo, una parte que sabía existía pero no podía recordar. Hay como una entrada de agua particular que se cierra entre la arena, extensa arena, donde el agua se asienta en tonos purpúreos y hermosos. La arena se ve más clara y suave que nunca, y un pequeño grupo de personas nada felizmente en la zona marítima restringida. Hay unas pequeñas cabañas a lo lejos.
Me recrimino por haber olvidado aquel paraje, por no haber regresado. Pienso en que después podré darme una vuelta por allá, llevar a algunas visitas que me persiguen como fantasmas sobre el hombro. Pero ahora no, ahora tengo que llegar a algún lado.
El sueño cambia y yo voy viajando en un helicóptero. Dentro de él, la parte de atrás es una especie de habitación metálica donde yo y otras cinco personas permanecemos de pie en espera que aterricemos. Parece como si las compuertas estuvieran abiertas y el viento meciera nuestros cabellos desordenadamente. Hablamos pero no hay coherencia en nuestra conversación, todos tratan de explicar lo que hacen como si se lo repitieran a ellos mismos. Como si eso lo validara de algún modo. Yo me digo que tengo que buscar a alguien, llegar al otro lado, transmitir o buscar un mensaje. Volteo a mirar por la ventana y veo el mar de frente, justo del otro lado de la ventana. El choque es suave, como si nos adentráramos voluntariamente en el mar. El vuelo errático del helicóptero se había desviado al punto en que terminamos adentrados en el mar. Como si las puertas estuvieran abiertas nado rápidamente hacia la superficie para descubrir que estoy cerca de la orilla y salgo.
Es una pequeña población, apenas de unas pocas casas, con gente caminando de un lado a otro como si hubiera alguna distinción entre aquellos bordes de arena. Me siento en la orilla, mirando hacia las esquinas rotas de los puentes, pensando en el metal roto del helicóptero. Pienso en cómo recuperar el tiempo que he perdido ahora así, varada en un punto inconexo. Entonces recuerdo mi equipaje, mis cosas que ahora se encuentran en el fondo del mar como un triste tesoro contemporáneo. Lo único que me preocupa en ese momento son mis números telefónicos irrecuperables, como si la comunicación también hubiera sido interrumpida en ese punto.
Siento un dolor en mi brazo, como una herida punzante, me volteo y miro que el agijón que sobresale de una caracola se ha clavado en mi palma. La herida duele pero no sangre, arranco violentamente el caracol con mi mano libre y siento un último tirón de la herida. El agijón queda separado de la caracola, como si no hubiera ningún animal detrás, simplemente ese brazo tratando de alcanzar algo. Al arrojar la caracola siento como si no pudiera caminar y me voy hacia adelante, me apoyo en la arena y siento de nuevo otras punzadas, otras heridas en mi cuerpo. Como si tuviera que deshacerme de muchos caracoles y entonces veo que hay por toda la playa. Inmóviles, con la extensión rojiza por fuera como un aviso claro de sus intenciones. Siento que hay alguien junto a mí que también se quita los agijones, yo hago lo mismo y me pongo de pie antes de que suceda de nuevo y avanzo por la playa.
Entonces llego a un armario de madera, pequeño con paredes blancas y la puerta con mirillas. Detenido en medio de la nada, de cara al mar, a unos cuantos metros y abro la puerta. Dentro está Abril, recostada en el fondo. Luce pequeña, como si estuviera dormida y se sintiera incómoda de verme ahí. Le digo que no estamos seguras ahí, que hay muchas amenazas en esa playa. Ella me dice que no es así, que me quede dentro del armario, que ahí estaremos seguras por la noche. Ya ha comenzado a atardecer desde hace algún rato y temo a cuando todo esté oscuro, entro. Una vez dentro siento como si el armario fuera enorme y entonces volviera a empequeñecerse en un segundo. Ella se acusta en el suelo, encogida, dejando un espacio más hacia el fondo, chocando con la pared final. Paso por encima de ella y me acuesto a su lado. Siento como si mi cuerpo fuera enorme y estorboso en comparación al de ella, que se acuesta dándome la espalda, como si mirara a través de las rendijas cómo el atardecer se va ocultando. Ella se cubre apenas con una delgada sábana azul pálido que tiene algunos insectos pequeños caminando por encima de ella. Sacudo la sábana y empujo todo lo que pudiera entrar por debajo de la puerta hasta que queden fuera del armario. Nos cubro a ambas con esa manta pero temo entonces que cuando la luz se vaya por completo muchos más insectos entrarán a caminar sobre nosotras.
El sueño cambia, como si despertara a la mañana siguiente, escucho fuera que mi padre grita mi nombre. Salgo del armario y estoy dentro de un cuarto de hotel, como si hubiéramos estado de vacaciones todo este tiempo y él me estuviera buscando tras una noche que pasé fuera. El cuarto luce como de un modesto hotel de playa. Blanco, con muebles de mimbre. Dos mujeres mayores vestidas de blanco, que son sus hermanas, parecen recoger todo. Estamos a punto de irnos pero yo tengo la sensación de que aún no he hecho lo que iba a hacer ahí.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "Desnuda en el Pacífico" de Corcobado.

6.12.08

.sueños atrasados. .04.12.08.

No estoy segura de cómo llegué aquí. Me muevo silenciosamente por los pasillos o por el entramado exterior del edificio. Nadie debe verme. No sé si sea porque me encuentro fuera de la habitación que me asignaron y debiera estar encerrada como todas las demás mujeres, o si ni siquiera debería estar aquí.
La agitación que se escucha dentro del edificio es sorda, como si quien me persiguiera también lo hiciera silenciosamente, sin ser visto. Hay más gente conmigo pero no puedo verlas, sólo intuyo que avanzan a la par que yo.
Entro por una ventana y las demás ya están dentro, pegadas a la pared como si pudieran perderse dentro de ella. Cierro la puerta con seguro y la mujer cautiva me mira sin comprender lo que sucede. Es muy alta, de cabello claro y vestida de vaquera. La empujo y cae de espaldas sobre la cama, sin tratar de levantarse. Las demás rodean la cama y yo salto sobre ella. Quiero hacerle daño, quiero arrancarle las capas. Se mueve como si fuera una muñeca, torpemente, sin cambiar el gesto. Su cuerpo se va hinchando, como si fuera plástico, siento sus ropas como si fueran una membrana cubriéndola apenas, sus venas resaltan bajo su piel traslúcida como si fueran a reventar. Quiero arrancarle la ropa pero siento como si quitara una funda tras otra que terminan atoradas en sus botas ajustadas. No cambia el gesto, la sonrisa idiota. Estoy confundida y no sé qué hacer, las demás sólo miran, no dicen nada.
Tocan a la puerta, una vez, se dan cuenta de que está cerrada. Nos han descubierto, no espero a que las demás hagan nada más y salgo por la ventana. Fuera me sostengo de una cuerda, miro el balcón que une a todas las ventanas de ese pasillo y su conformación extraña, como si fuera una cápsula, incapaz de sostener a nadie. Avanzo hasta la última ventana y entro, pero caigo dentro del cuarto. Al levantar la vista veo a una mujer de pie frente a mí, una mujer hindú con una elegante bata verde. Está descalza, no puedo ver su rostro, sólo alcanzo a ver sus pies y su cuerpo elevándose hasta donde no alcanza mi vista. Me mira queda, sin decir nada, sin alarmarse ni preguntarse nada. Me pongo en pie y salgo del cuarto, veo por el pasillo que ya han entrado al cuarto de la vaquera. Corro en dirección contraria hasta que ya no hay más luz para alumbrarme.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "Princesa" de Joaquín Sabina.

30.11.08

.sueños. .30.11.08.

Habíamos llegado hasta un pequeño conjunto de casas, a modo de campamento, en medio de un bosque brillante y cálido. El grupo estaba formado de manera aleatoria, como si hubiésemos sido escogidos para cumplir con una misión concreta que resultaba difícil de precisar. Bajábamos del coche, Eduardo, dos chicas que me parecía conocer superficialmente de la isla y yo. En el lugar ya estaban algunos otros conocidos, aunque aún no podíamos verlos. Todo lucía demasiado tranquilo, como si lo único que se moviera fuera el viento.
Bajábamos con nuestras cosas, equipajes absurdos, y nos dirigíamos hacia nuestras habitaciones. Las casas eran pequeñas, de madera, y estaban organizadas como si fueran las orillas de un cuadrado, donde todas las puertas daban a un espacio abierto de hierba en el centro del lugar. Eran casas pequeñas. Entraba por una de las puertas y atravesaba un pasillo estrecho. Llegaba a un cuarto individual, el único de todos, con una cama enorme de sábanas coloridas, con un cuadro enorme sobre la cabecera y una ventana que ocupaba casi toda la pared de un lado. Era el cuarto de Eduardo, lo sabía, me preguntaba por qué le había tocado el único cuarto individual pero no me detenía demasiado. La ventana era también una puerta corrediza de cristal y salía por ella para entrar en otra de las cabañas. Ahí, en el cuarto en que entraba, habían tres camas grandes, eran los únicos muebles del lugar. La más grande se encontraba en una de las esquinas, colocada contra dos de las paredes que cubrían la cabecera y el lado izquierdo. Las sábanas eran rojizas. Las otras dos, un poco más pequeñas, se encontraban en las paredes restantes: una junto a una ventana grande, aunque no ocupara más que una tercera parte de la pared, y otra separada de cualquier otra cosa. Junto a la cabecera de la cama grande había una puerta que dirigía a un baño u otra habitación. Las dos camas pequeñas, una azul y otra verde, estaban perfectamente tendidas, intactas. Sin embargo yo tenía la noción de que la cama roja era la mía, y dejaba sobre ella varias prendas de ropa clara que llevaba cargando, como si acabara de lavarlas. Pero entonces me detenía mirando la cama destendida, como si pudiera ver también todos los movimientos que habían empujado las sábanas, las personas que habían dormido antes ahí. Es incómodo, dejo entonces mis cosas sobre la cama verde, que es la más lejana.
Entonces entran las dos chicas que venían en el coche junto con una mujer mayor, que aparentemente es una de las organizadoras. Vienen platicando, la mujer les dice que pueden tomar las camas que quedan libres. Pregunto si la roja no estaba ocupada y ella responde que no. La mujer permanece de pie mientras nosotras estamos sentadas sobre nuestras respectivas camas, hablando con ella, mirándola. Ella dice, de manera burlona, si todas nosotras somos novias de Eduardo. Entiendo entonces que las dos chicas que venían en el coche tienen alguna clase de relación con él, conscientes de que también la otra y quizá muchas más, sin que eso importe mayormente. Digo que yo no, quisiera agregar: ya no, pero me callo. Llega la noche y me descubro durmiendo en la cama, siento como si las casas y su orden cambiara mientras dormimos.
Escucho entonces la alarma del despertador, me despierto rápidamente y recuerdo lo que tengo que hacer. La habitación ha cambiado y ahora duermo sola. Me levanto y salgo a patio, las formas se dibujan entre sombras. Camino por una vereda de concreto entre la hierba hasta la casa vecina, donde entro gritando para que los demás se despierten. En una misma habitación están durmiendo las dos chicas y Yahir, mientras que un pequeño pasillo los separa de la habitación de Eduardo. Escucho como se despiertan, apenas, vuelvo a alzar la voz, hay cosas que tenemos qué hacer y es mi deber despertarlos. Se mueven en la cama. Una de las chicas me pide que prenda la lámpara de esferas. Levanto mi vista al techo, que de pronto me doy cuenta que es terriblemente alto, del techo cuelgan mil lámparas con formas distintas, con conceptos imposibles. Una de ellas es una especie de enredadera caída conformada por esferas de colores. Camino hacia la puerta y veo todos los interruptores, como si no pudiera enfocar bien, pero entonces se vuelven uno sólo y es el correcto. La luz que inunda el cuarto es ambarina. Estoy por irme de regreso a mi cuarto, a arreglar todo lo que sea necesario, cuando la otra chica me dice que encienda la luz de los boletos. Veo junto a la puerta una especie de pizarrón de corcho provisto de pequeñas luces. Ahí están clavados los boletos para un evento, como si estuvieran atravesados en una parrilla para pollos, girando. Enciendo su luz y todo alrededor de ellos brilla, es para que no olviden tomarlos antes de salir del cuarto. Son boletos para algún evento que llevan esperando mucho tiempo y que no quieren perderse.
Cuando salgo ya puedo ver claramente, es de noche, una noche cerrada. Una especie de alarma suave suena alrededor y sé que delata mi presencia en el patio interior. Veo que Yahir sale de otra de las casas, burlón, entonces caigo en la cuenta de que no lo vi despertar de su cama porque no estaba ahí. Entiendo que cambió la hora de todos los relojes para jugarme esa broma, como si el hechizo se rompiera todo ha vuelto a la normalidad, como si todos hubieran vuelto a dormir al descubrir, junto conmigo, el truco. No me molesto siquiera por lo que hizo, pienso en todos los relojes a los cuáles tuvo que cambiarle la hora, me doy cuenta que estoy descalza. Camina hacia mí y sin decirnos nada entramos en mi habitación.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "Monedas al aire" de Carlos Varela.

20.11.08

.sueños. .20.11.08.

Todas las paredes del departamento son de azulejos verdes. Paredes altas, como si fueran lo único que se encontrara ahí. Camino por entre pasillos, como si los cuartos no fueran si no vagas conexiones entre estos. Pasillos estrechos que no llevan si no a otros pasillos. Siento que estoy perdida, que llevo mucho tiempo atravesando de un lugar a otro, como si tuviera qué hacerlo pero sin saber por qué, moviendo cajas de un sitio a otro aunque todo sigue luciendo vacío. En algún momento me doy cuenta de que hay alguien detrás de mí, una voz hablándome a mis espaldas mientras yo realizo todos los movimientos sin voltear a verla. Parece contarme algo, decirme algo, pero sin esperar mi respuesta, sabiendo que finalmente lo escucho aunque no pueda hacer más que eso. Sigo perdida y tardo demasiado tiempo para en el cambio de un cuarto-conexión puedo mirarlo de frente, mientras también parece acomodar cajas de contenido desconocido. Es Beto, luce mucho más delgado, más pequeño que la última vez que nos vimos, y me habla con la naturalidad del tiempo que no ha pasado. Lo miro fijamente, detenida, mientras ahora él es quien parece ignorarme y no verme, aunque continue hablándome de cosas que, ahora me doy cuenta, no me interesan. Tardo más tiempo en entender quién es, con toda la dimensionalidad que podría representar, tardo en preguntarme porqué está ahí y porqué me habla. Cuando me doy cuenta del sinsentido de su presencia lo delato, le pregunto qué hace ahí y sin esperar respuesta le pido que se vaya. Parece como si su farsa hubiese sido descubierta, como si esperara de mi memoria que borrara ciertos momentos que ahora son demasiado claros. Se detiene un poco buscando algo qué decir pero vuelvo a decirle que se vaya, que no quiero escucharlo más y lo orillo hacia el pasillo por el cuál llegamos. Él se va por el pasillo pero no puedo mirarlo, como si me mantuviera al borde, dentro del cuarto. Escucho un ruido de alguien que camina apresuradamente por el pasillo en mi dirección y entonces entra un niño que salta lúdicamente mientras parece tatarear muy suavemente alguna canción que no entiendo. Lo miro extrañada, a veces está ahí y a veces no, como si parpadeara pero lo único que desapareciera fuera él, intermitentemente. Sé que está muerto, que lleva tiempo dando vueltas por estos pasillos y siempre espero no encontrármelo. Sé también que Beto se detuvo en el pasillo cuando el niño pasó, y, sin mirar dentro del pasillo, le digo que se lo lleve con él. Lo intenta pero no puede, escucho al niño escurrirse por sus manos mientras sigue saltando y desapareciendo. Regresa al cuarto, parece que tuviera un globo o una pelota roja en sus manos, entonces puedo escuchar su canción suave que sólo repite una tras otra vez: estás loca.
Entonces despierto.




En mis sueños suena "La nena monstruo" de Árbol.

8.10.08

.sueños atrasados. .07.10.08.

Recorremos la ciudad en coche. Me siento como una niña pequeña: atrapada cuando pensaba huir. Como si antes hubiera tenido que estar en otro lugar y lo hubieran evitado. Voy en el último asiento, sola, miro por la ventana los muros altos de la ciudad que parecen esconder los edificios. En varios de ellos hay varias pinturas urbanas, principalmente textos. Pienso que me gustaría ver y fotografiarlos, pero sé que no podré, como si fuera una ciudad desconocida a la que no fuera a regresar nunca.
Llegamos a casa de mi abuela, toda la avenida se encuentra llena de gente que se amontona en las aceras mientras que la calle está desierta. Todos parecen esperar al carnaval, pero juntos y silenciosos, con una alegría culpable que flota en el ambiente. Entrando a la casa mi madre me dice que me apure, que tengo que llegar temprano. Entonces recuerdo que me inscribió a una especie de concurso de belleza que me pareció ridículo en el momento pero que acepté por no contradecirla. Llegando a su habitación hay muchas maletas abiertas, la ropa se escapa desordenadamente de ellas, pero ninguna es mía. Colgado junto al tocador hay un vestido de gala verde esmeralda, escotado y largo. Recuedo vagamente su elección, mi madre me dice que me lo ponga. Busco en vano un sostén para usar y que no luzca mal con el verde. Descubro que en realidad no tengo nada de ropa ahí. Junto a mí la cama está fuera de lugar, como tapando la puerta que da al patio. En ella platican y juegan mi hermana y unas amigas suyas. Pero no son permanentes, como si cambiaran, como si mi hermana por momentos fuera Isis y como si su amiga Noemí fuera por momentos Betty. Entonces Noemí/Betty me dice que ella puede prestarme un sostén suyo y alcanza una de las maletas abiertas y saca uno azul pastel, decorado con muchos pliegues del mismo color que simulan flores. Pienso que no quedará con el vestido, que se notará a través de la tela, pero no tengo otra opción. Trato de ponérmelo pero es demasiado pequeño, como si fuera de muñeca. Mi madre me apura y me da soluciones inútiles al caso, mientras yo pienso en las preguntas que harán y en mi imaginación siempre terminan haciéndome alguna de literatura ante la mirada extrañada de los demás presentes. En mi imaginación estamos en un cuarto cerrado, pequeño, de suelos y paredes de madera, las demás participantes son muy niñas. Le respondo a mi madre que no se apure y de uno de los pequeños cajones en el suelo saco un sostén de rayas negras y blancas. Me parece la mejor opción, ella me repite que se ha hecho tarde pero no escucho nada. Comienzo a peinarme frente al espejo.
Entonces despierto.




En mis sueños suena "Ella es azul" de Volován.

21.9.08

.sueños atrasados. .18.09.08.

Una niña corre por los pasillos de mi infancia. Entre escritorios de madera oscura que para ella se vuelven un laberinto. Un cuarto sucede a otro, como si se encimaran continuamente y formaran una casa que se vuelve a construir sobre sí misma. Es muy pequeña, como de cuatro o cinco años, pero incluso su estatura es pequeñita, apenas si puede asomarse al borde de los escritorios. Vive, casi comunitariamente en esa casa, con gente tan dispar, tan sola. Las alfombras de los otros cuartos son verdes y todo luce oscuro, ella corre constantemente de un sitio a otro, como si no pudiera quedarse quieta.
Yo he venido de muy lejos para verla. La veo desde la puerta y tengo que interceptarla cuando pasa corriendo por la puerta. Me conoce, me ha visto estos últimos días. Le pregunto por su padre y me dice que no tiene. Le pregunto igualmente por su madre y responde del mismo modo. Parece poco preocupada por el hecho, como demasiado consciente. No le pregunto quién la ha estado criando. La tengo tomada por los hombros, con su ropa pequeñita, su cabello oscuro y sus ojos grandes. Le digo que por su madre no tendría que preocuparse más, porque soy yo. Que había estado lejos pero que había vuelto. Ella me mira fijamente con sus enormes ojos y comienza a llorar. Siento que todos desde los otros cuartos me miran mientras la abrazo y no decimos más.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "Menos tu vientre" de Joan Manuel Serrat.

14.9.08

.sueños. .14.09.08.

En un sitio enorme, oscuro, una especie de enormes gradas curveadas se mantienen de frente a una enorme pared de concreto oscuro, como si fuera una pantalla. Por los niveles de las gradas va cayendo una capa ligera de agua, siempre en movimiento, como si fuera una enorme fuente siempre encendida. Mucha gente está sentada, mirando hacia el oscuro vacío como si pudiera adivinarse algo. Todos distanciados, vagando erráticos por el enorme lugar, ninguno cercano al otro.
Yo tengo que esperar, como si hubiera forma de medir el tiempo dentro de aquel lugar. La gente comienza a irse, uno tras uno, poco a poco, hasta que en el lugar sólo queda un anciano, en el nivel inferior, sentado entre todas sus pertenencias como si aquella fuera su casa. Yo bajo y le entrego un sobre, una carta pequeña y cuadrada, improvisada y donde la letra se lee de manera infantil. No decimos nada, él la abre apresuradamente y se dispone a leerla. Mientras él lo hace yo subo por unas escaleras en el medio de las gradas, por donde no corre el agua, hasta el último nivel. Ahí hay un cuarto, cuya puerta se baja como una persiana de metal. La abro y entro, la vuelvo a bajar. Dentro es un baño, enorme, a la izquierda el nivel desciende y el piso se vuelve completamente liso, entro ahí y hay toda especie de cosas colgadas: trozos de tela que no alcanzan a convertirse en cortina, figuras de formas extrañas, recortes, que van dando vueltas alrededor de mí mientras el agua de la ducha corre como una capa de vapor. En la zona de la derecha hay varios apartados donde se sostienen frascos y otras cosas que no detengo a ver.
Cuando me termino de bañar salgo de nuevo, supongo que ya debe ser de noche, bajo de nuevo hasta el primer nivel y el anciano ya duerme en su cama de agua. Tomo las cartas abiertas que están junto a él y camino hacia la salida, en el último nivel del extremo derecho. Abro una débil reja azul y la cierro con seguro detrás de mí. Paso por unos caminos irregulares a los pies de una especie de monte artificial hasta llegar a un camino donde me encuentro con dos hombres y una hermosa mujer vestida de negro. Les entrego las cartas, ella sonríe pero no dice nada. Y el sueño comienza de nuevo.
Es la misma escena en las gradas, la gente se va, entrego la carta y subo al baño. Al entrar siento que hay algo diferente. La puerta, cortina de metal, no puede cerrarse. Me desespero y no recuerdo cómo cerrarla, trato de tomar los trozos de tela que cuelgan y enredarla con ellos pero no funciona. Después de varios intentos encuentro el pasador en la parte inferior de la cortina y la cierro por fin. Me dispongo a bañarme pero siento que algo está mal, como si la escena se hubiera repetido tantas veces que la conociera exactamente y algo hubiera cambiado en ese momento. No puedo ver bien, entre todo lo que cuelga sobre mi cabeza y se mueve como girando a mi alrededor. Estoy tratando de no pensar en nada pero entonces volteo y encuentro, entre los trozos de tela y las figuras sin forma, varios perros muertos y colgados que giran torpemente entre los demás objetos. Perros pequeños, apenas muertos, con los ojos abiertos y mojados por el agua de la ducha. Siento como si me acercara demasiado a ellos, como si no pudiera ver nada si no a ellos. Me desmayo. Mi consciencia, que continua despierta, escucha como la mujer entra al lugar, ya ha tomado la carta por sí misma. Dice que lo habría arruinado eventualmente, que no estaba hecha para esto.
Entonces el sueño cambia.
Entramos en una casa, alrededor de ella hay un patio enorme y primaveral, de noche, no se ven más casas cercanas. Es un equipo grande, estamos filmando una serie de televisión. Los actores son únicamente un hombre y una mujer, que platican animadamente. Por dentro parece la casa de mi abuela, enorme y deshabitada. Todos se ocupan en sus labores mientras yo me mantengo ahí. Alguien me dice que cuide a la niña y entonces veo a una niña que camina hacia mí, pequeña y rubia, únicamente vestida por una camisa blanca que le queda a manera de vestido. La cargo y la escena cambia. Entramos a un cine, es una enorme sala donde sólo la primera zona está ocupada por bancas, demasiado juntas, y el resto de las personas se mantienen de pie o sentadas detrás, en un espacio abierto. Todo luce demasiado blanco, alfombrado. Estoy con una amiga y la niña, les digo que nos sentemos antes de que comience todo. Vamos hacia adelante y después una voz dirá que va a iniciar la función y todos querrán sentarse pero no habrán más sillas. Yo mencionaré lo afortunadas que somos, aunque nuestros asientos se encuentren localizados de lado y sea difícil mirar hacia la pantalla. La niña juega junto a mí y yo pienso en lo triste que es que esté muerta.
El sueño cambia de nuevo.
Caigo en una alberca, pero todo parece estar cubierto por agua, en realidad estoy en la calle. Hay varias personas que conocí hace muchos años, como si volviera a tener 15 y una de ellas, Cinthia, me dice que iremos todos a casa de alguien más. Quizá sea su cumpleaños. Le digo que sí aunque no sé si estoy dispuesta a ir. Ellos se adelantan y yo camino entre el agua hasta llegar a un restaurante, por encima del nivel del agua, construido aparentemente por trozos de madera como caña. Entro y en una mesa enorme están sentados todos mis primos. Ya lleva mucho tiempo que inició la comida y me anexo a ellos. Hay otras personas que no conozco. Somos la única mesa en el lugar, los meseros y los chefs nos miran insistentemente hasta que traen la cuenta. Es muchísimo dinero, les digo a todos que nos tocará pagar $800 a cada uno. Todos parecen sorprendidos pero van pagando, yo tengo que hacer las cuentas y cuento mil veces porque jamás parece darme la cantidad. Pedro, mi primo, me dice que los trozos de cristal verde que tenemos valen $50 cada uno. Termino por contar todos los trozos de cristal roto, grueso y verde, hasta dejar la cantidad completa sobre la mesa.
Cuando salimos ya no agua en las calles. Enfrente hay varios coches estacionados y nos vamos repartiendo en ellos. Yo me subo en la cajuela de una camioneta gris, y tengo la vaga sensación de que vamos transportando cadáveres.
Todo parece ser bastante inexacto, diferente, pero entonces despierto.




En mis sueños suena "Al respirar" de Vetusta Morla.

11.9.08

.sueños. .11.09.08.

Estoy dentro de una amplia habitación, esas habitaciones enormes de casas viejas, con baldosas verdes de formas complicadas. Está vacía, además del polvo y el aire encerrado, de un lado hay una puerta y del otro se adivina apenas la salida hacia un balcón. Me baño dentro de aquella habitación, conductos de agua por el techo derivan en regaderas que la arrojan sobre mi cuerpo vestido, que luego se escapará hacia las puertas. Me ilumino sólo con la luz que logra filtrarse por la salida al exterior.
Del otro lado de la puerta está Lili, me habla aunque es poco lo que puedo entender de todo lo que dice. Le digo que pronto saldré y hablaremos, ella insiste en si me llevaré el perro a casa. Recuerdo entonces que le dije que lo pensaría, cuando ella abre la puerta y un pequeño french puddle entra rápidamente al cuarto, dando vueltas y mojando sus pies en el agua. Yo ya no estoy mojada. Lo levanto y le digo a Lili que no me gustan los perros, que mi mamá tiene asma y que no podría lidiar con él dentro de la ca. Ella parece aceptarlo sin más y caminamos juntas hacia otros lugares de la casa.
En realidad la casa es enorme, como una ciudad contenida en sí misma a través de pasillos y cuartos irregulares que van cambiando constantemente de estilo, pero que jamás dejan entrever el exterior. Caminamos mucho, atravesamos pequeños puentes, salones, patios interiores. La casa es entonces una escuela y hay una gran reunión a la cuál tengo que llegar.
En un patio interior, completamente recubierto de cemento, hay muchas personas, muchos niños y padres, y hay alguien entre todas ellas que habla fuertemente tratando de guiarnos. Intentan rezar, pero es imposible poner un orden. Los textos están en distintos formatos, cada quien sostiene folletos, libros, hojas sueltas, con distintas frases que no alcanzan a organizarse. Yo sostengo una gran hoja de periódico, toda en negro con pequeñas letras blancas con alguna oración. Lo religioso se ha confundido con otros discursos y nadie está seguro de lo que debe decirse. Yo trato de comenzar, de leer lo que dice aquel periódico pero cuando trato de enfocarlo las letras se vuelven más pequeñas, más incompletas y no entiendo las frases. La voz en alto me dice que si no sé leer, así que me detengo. Un grupo sentado frente a mí sostiene más folletos y veo entonces que tienen textos que los demás desconocen.
Dejo el lugar y vuelvo a internarme por los pasillos de la casa, me alejo, termino en una cocina, sentada en una mesa redonda de madera clara. Frente a mí hay una mujer que toma té o café en silencio. Entonces entra mi madre a la cocina y se sienta junto a ella y le dice algo en voz baja. Yo no necesito escucharlas para saber lo que están diciendo. Le pregunto a mi madre si mi abuelo ha muerto. Ella no responde nada y sólo me mira, adivino sus respuestas y siento el aire más espeso, algo golpea mi pecho. Vuelvo a adentrarme en los pasillos de la casa hasta que entro, de noche, en la habitación de mi otra abuela. El lugar parece enorme y a lo lejos sólo se vislumbra la cama, la luz clara que entra por la ventana apenas si alumbra la figura recostada en la cama. Mi abuelo, sin sábanas, sin almohadas, su cuerpo frágil acostado, extendido, en la cama. No tiene camisa y su torso luce extremadamente delgado, su respiración violenta oscila entre agigantar su pecho y pegar la piel a los huesos. Respira bruscamente, antecediendo el momento en que dejará de hacerlo. Una voz que debe ser suya pero más grave me pregunta porqué no lo toco, aunque sus labios no se mueven. Pongo mi mano extendida sobre su pecho, su piel está fría, suave, delgada, como si en cualquier momento mi mano fuese a perderse en ella como en un cuerpo de agua. Su respiración casi parece una melodía triste, siento entonces que hay muchas personas, vestidas de negro, alrededor de nosotros, que lo miran sin ojos en esos últimos momentos.
Lo miro triste, tranquila, llena de amor.
Y entonces despierto.



En mi sueño suena "I cannot look away" de Sounds Of The Blue Heart.

8.9.08

.sueños. .08.09.08.

Hay muchas personas hablando cerca de mí y hablándome a mí. No puedo verlas, me encuentro frente a un fondo negro y todo ocurre detrás. No entiendo lo que dicen, quizá cuentan algo pero no puedo entenderlas. Llegan cartas a mis manos que no están dirigidas a mí, como si interrumpiera una conversación ajena. Cartas con letras pequeñas y verdes, demasiado juntas. Trato de leerlas pero tampoco las entiendo. Una voz de fondo me dice que espere seis noticias. O quizá son siete.
Tal vez pasa algo más, pero entonces despierto.



En mi sueño suena "Shimmer" de Fuel.

6.9.08

.sueños. .06.09.08.

Camino por largos pasillos de madera que se sostienen en la nada. Como enormes juegos infantiles, con cruces en esferas de colores y bordeados por cuerdas débiles. Mucha gente más pasa, hacia algún lado, y yo camino sobre zonas verdes como si así pudiera ir de un país a otro, atravesando enormes distancias. Mi padre camina junto a mí, sin hablar, sin verme, a paso rápido. Yo hablo por teléfono con María y le digo que quiero verla antes de irme, ella habla animósamente sobre algo que le sucedió y su voz suena tan feliz que yo misma me siento feliz, pero al mismo tiempo no sé si podremos vernos. Tengo la sensación de que cuando llegue a mi destino entonces, irremediablemente, tendré que partir.
Sucedían muchas más cosas que se fueron borrando ante la despedida de Jessica. Y entonces despierto.




En mi sueño suena "Me llaman octubre" de Love Of Lesbian.