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8.2.09

.sueños atrasados. .06.02.09.

El auto se detiene en mitad de la nada. Vengo en la parte de atrás de la camioneta y tengo la idea de que el conductor ha salido a pelearse, pero después ya no hay nadie fuera. Ni queda nadie dentro. A lo lejos sólo se mira el paisaje desértico. Me bajo. Me siento mal, siento como si mi cuerpo se encontrara hinchado, como si por mi garganta subiera alguna clase de relleno. Siento mi garganta atorada y mi boca llena y me arrodillo tratando de vomitar pero no puedo. La sensación es dolorosa, como una herida interna que sangra. Continuo tratando de vomitar y cuando por fin lo logro es un líquido negro que cae al suelo. No me hace sentir mejor, continuo sintiéndome llena de malas cosas. Es algo que está mal dentro de mí y sé que tengo que escupirlo todo pero no puedo. Pienso en que todo dentro de mí es negro y no puedo escupirlo.
Avanzo hasta llegar a un centro comercial de varios niveles. Veo personas pasando junto a mí y que se alejan, atravesando los pasillos. Todo luce de un ambiente cálido, las paredes son anaranjadas y hay varias plantas. Yo subo escaleras, salto de un nivel a otro, veo tiendas de piedras preciosas en formas extrañas. Espero a alguien, quizá a la misma persona que estaba en el coche conmigo. Pero parece como si nunca fuera a llegar, como si ya estuviera ahí, en alguna parte, pero no fuera a llegar conmigo nunca. Me desespero pero no puedo hacer nada, continuo avanzando de un lado a otro, me desespero. Estoy mareada y quisiera vomitar de nuevo. Me detengo en un pasillo y quisiera poder soltarlo todo. Hay alguien detenido junto a mí, me mira como si le importara pero no hace nada. Me duele todo el cuerpo, quisiera que todo terminara, pero no puedo vomitar.
Entonces despierto.

28.1.09

.sueños atrasados. .26.01.09.

Llego temprano a mi clase de japonés. Todas las personas continuan aún hablando dispersas, alejando el momento. El salón es distinto, es demasiado pequeño, sin ventanas. Apenas puede entrar una fila de escritorios dobles y dejar un pequeño espacio para moverse. Todo es de madera, no hay nadie sentado. Hay una amiga conmigo pero no dice nada, sólo se mantiene inmutable junto a mí, sin decir nada. Estoy hablando con Francisco, en realidad él me está contando algo pero yo no lo escucho, sólo pienso en lo extraño que es que se presente al curso ahora, sin haber venido a ninguna de las clases anteriores, sin tener idea de lo que hemos visto. Pero él me habla de otras cosas, me cuenta que ha estado teniendo problemas con su novia, Selma. Me cuenta algunas cosas que han sucedido entre ellos y la actitud de Selma en dichas circunstancias es completamente errática. No voluble, no bipolar, no nada que pudiese justificarse de algún modo: simplemente sus acciones no tienen sentido. Le respondo vagamente que no debería sorprenderle, dado que es francesa, pero al momento de enunciar la oración me doy cuenta de que suena terriblemente despectiva y me siento avergonzada de haberla pronunciado. Volteo a verla a ella, sentada sola en el primer escritorio. Es la única persona sentada y mira hacia el frente como si hubiera algo allá, pero no lo hay. Inmóvil con su suéter azul y su cabello negro suelto. Me pregunto si me habrá escuchado pero nada parece indicarlo.
La clase va a comenzar y todos parecen irse a sus lugares. Yo me siento en un escritorio y Francisco se sienta junto a mí, mi amiga parece irse y sentarse en otro lugar, pero no me importa.
La clase terminaba y yo regresaba a casa. Me sentía de nuevo como en la preparatoria, regresando al hogar a la hora de la comida, pero mi familia estaba lista para viajar, como si hubiera sido el último día de clases y ellos tuvieran ya todo listo a mi regreso para el viaje.
Estamos en el coche y tras un viaje corto llegamos a una casa en medio del campo, que más bien parece una campiña europea. Sé que estamos en España, en casa de los padres de él, y sé que nos esperan aunque no nos conozcan.
Recorro constantemente la casa, voy de una habitación a otra, de un salón a otro. Es enorme y luce muy iluminada todo el tiempo. Sé que hay más gente y los escucho a veces en los cuartos a los que no entro, pero nunca los veo, no me encuentro nunca con nadie. Y los días transucurren sin que él llegue, porque sé que no ha terminado sus clases y falta aún para que vuelva a casa, pero no sé cuándo será eso, y sus padres no saben que no nos conocemos así que no me siento con la confianza de preguntárselos. Voy a un cuarto que se encuentra junto a entrada principal, es una especie de recibidor pero en realidad luce como un dormitorio pequeño. Hay dos camas alargadas pero muy angostas que se cubren por unas cortinas transparentes. Me acuesto en una de esas camas, en la otra está sentada mi hermana en silencio, y duermo una siesta.
Han pasado varios días y él no llega, continuo con mi ejercicio absurdo de recorrer la casa obsesivamente. Todo luce muy blanco, muy amplio, entro en varias otras habitaciones: un cuarto que parece un dormitorio. Comienzo a pensar que no lo veré, que nos queda poco tiempo y él bien podría no llegar en esos días. Comienzo también a pensar que quizá llegó precisamente el día en que dormí la siesta y partió durante esas pocas horas. Que era mi única oportunidad y la arruiné. Me siento frustrada por todos mis pensamientos y decido entretenerme haciéndole preguntas a mi ipod.
Salgo al garage, nuestro coche está estacionado ahí, es una camioneta negra muy grande. Abro la puerta del copiloto y me inclino sobre el asiento para buscar mi ipod alrededor de las cosas que hay tiradas en el suelo. Muevo muchas cosas pero no puedo encontrarlo. Escucho las pisadas de alguien que entra en el concreto del garage y entonces siento como unas manos me toman por la cintura y me jalan suavemente obligándome a salir del coche. Me volteo y quedo frente a él, viene con la fatiga de aquel que lleva días viajando y con la borrachera encima también. Sin decirme nada me abraza fuertemente. Siento su peso sobre mí, la carga de una ternura inentendible. Al separarse me dice que lo acompañe a saludar a sus padres.
Entramos a la casa, tengo que dejarlo recargarse en mí puesto que el alcohol ya no le permite caminar correctamente. Soy consciente de nuestra amplia diferencia de alturas, de cómo apenas consigo aferrarme a su cintura, del modo en que debe inclinarse un poco para facilitar nuestro paso. Atravesamos de nuevo los mismos salones por los que yo hubiera pasado antes, donde confluyen estructuras arquitectónicas fantásticas y sitios de todas las casas donde he vivido. Ahora están llenas de personas y ruidos, gente que platica y se mueve pero nadie conocido, nunca sus padres. Hablamos poco y a veces al responderme sus expresiones son iguales que las de Ian. Me hace sentir incómoda, me pregunto si siempre que conozca a alguien estoy condenada a mantener las mismas conversaciones, como si todos fueran si no una calca de algo absoluto.
En alguna de las habitaciones por las que atravesamos me encuentro con mi abuela, está sola. Nos mira fijamente y escucho nada más cómo me dice que cómo puedo estar junto a un joven completamente drogado. Pienso en responderle que no está drogado, que nada más está ebrio, pero también pienso que no tiene caso y salgo de la habitación sin responderle nada.
Llegamos de nuevo al pasillo principal, al final del cual se encuentra la habitación de sus padres. Me dice que irá a saludarlos y que luego vuelve por mí para que salgamos a dar una vuelta por la ciudad. Yo entro en el recibidor con camas nuevamente, donde dejé mis zapatos, y me dispongo a atarlos mientras pienso en lo que sucederá posteriormente. Nos imagino recorriendo en coche una ciudad pequeña y de noche, con calles de pequeños adoquines. Pienso en todo lo que tengo que decirle y todo lo que ahora sé que el tiene que decirme. Nos imagino volviendo de nuevo a esta habitación, sentándonos sobre esta cama y platicando durante toda la noche. Me pregunto si será igual, me pregunto si debería ser igual, me pregunto si importa que sea o no igual. Pero entonces suena el teléfono del cuarto y contesto. Es él, llamándome desde la habitación de sus padres, me dice que tiene que irse, que le acaban de avisar que un programa que tendría ese verano ha cambiado de lugar. Originalmente sería en la misma ciudad en la que nos encontrábamos, pero ahora tendrá que ser en Madrid y tiene que partir justo en ese momento. Sin posibilidad de vernos siquiera a la puerta, como si fuera entonces la distancia más abismal, entre el cuarto de sus padres y aquel falso recibidor. Él suena mal por los sucesos, mal por no poder estar conmigo siquiera un poco.
Le digo, sin demasiada emoción, que puede que no sea tan malo, que mi familia aún esperaba pasar unos días en Madrid antes de regresarnos. A él parece alegrarle la idea, me dice que podría decirle a mi chofer que me dejara frente a su universidad por las tardes, cuando él terminara clases, y así podría pasar el resto del día conmigo. Le digo que eso no importa, que yo puedo moverme sola, y me imagino llegando a su pequeña escuela, más de noche que de tarde, con toda la gente saliendo y alejándose y entonces él, saldría y caminaríamos mientras se vuelve todo más oscuro y la calle más solitaria. Él interrumpe mis pensamientos comentando fugazmente anécdotas que vivimos juntos: recuerdo aquella vez que te caíste. Sonrío casi por compromiso pero no quiero pensar en ellas, trato de regresar siempre a nuestro hilo principal y le pido el número de su celular o no podré llamarlo. Me lo va dictando: 2454. Entonces escucho 'C'. Le pido que me lo repita y vuelve a decirlo, 'C'. Miro las teclas de mi celular, pensando que quizá se refiera a la cuál corresponde la letra C. Pero mis teclas han cambiado de lugar, no tienen letras y muchas ni siquiera tienen números. Él lo dice entonces: 'X'. Y yo sé que se refiere al 6. 24546. Pero al mirar la pantalla del teléfono noto que he escrito 35458. Creo que me he equivocado de número, que me hace falta algo más, que no podré comunicarme nunca de vuelta. Y él sigue hablando, con ternura, historias que yo no puedo escuchar.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "El club de las mujeres muertas" de Víctor Manuel.

8.9.08

.sueños atrasados. .07.09.08.

Es de noche en la colonia donde vivía cuando era pequeña. Nada más puedo ver los edificios cercanos a la entrada, que parecen enormes y demasiado blancos. Hay puertas de rejas blancas por todos lados, como si cada calle estuviese custodiada independientemente. No hay nadie en ninguna parte: ni en las calles, ni luces en las casas, ni guardias en las casetas, nada. Yo me mantengo cerca de la puerta, detenida sin saber porqué, cuando escucho la campana de los helados sin reparar en que ya es demasiado noche. Me siento una niña y corro hacia el hombre en el triciclo de helados, que tiene varias cubetas blancas con los distintos sabores. Le pregunto cuales tiene y los va señalando: piña, coco, melón. Ninguno me convence y le pregunto si tiene chamoy para ponerles y pienso entonces en uno de limón. Me lo sirve en el vaso pero me dice que tienen que ir por el chamoy a otro lado, que vaya con él. Abandona el triciclo y caminamos hacia la entrada de uno de los edificios, donde se encuentra estacionada una camioneta y se sube en ella. Yo me subo detrás de él pero desconfío, le pregunto a dónde vamos, por qué, si es necesario. Él parece avanzar pero al mismo tiempo parece como si el coche jamás se moviera de lugar más que unos pocos centímetros. Él sonríe, siniestramente, y le digo que me bajaré, que ya no quiero nada. Abro la puerta y seguimos delante del mismo edificio, me dice, aún sonriendo, que a eso venían todas mis preguntas, como si necesitara justificar mi miedo.
Camino un poco y frente al mismo edificio está de pie Dulce, como si me esperara desde siempre. Le cuento lo que sucedió y me dice que no pasa nada, que vayamos a casa y me toma de la mano y caminamos, pero con otro rumbo distinto. Me dice que no olvide la fiesta que habrá en casa de Jorge en la noche y entonces recuerdo. Parece todo ya dispuesto desde antes, veo la habitación desordenada y él de pie junto algún sillón oscuro, él que parece convertirse en momentos en otra persona y me hago muchas preguntas respecto a él.
Camino hacia su casa, ya sola, en el camino que dirige hacia su casa actual pero al entrar en ella es el departamento en que vivía en Salamanca. Aún no ha llegado nadie más.
Entonces un despertador ajeno suena y me despierto.



En mi sueño suena "Hoy daría yo la vida" de Corcobado.

17.8.08

.sueños. .16.08.08.

Me sentía como si al avanzar sólo bordeara las cosas. Como si todo estuviese cerca de los edificios y las formas, como una especie de fuerza de atracción. Recorro un largo tramo cargando una maleta, corro, detrás de mí viene Ian, a paso más lento, como fastidiado por lo que tenemos que atravesar.
Llegamos a la estación de tren, que es como un largo pasillo subterráneo, húmedo, oscuro y de concreto alto. No vemos a nadie hasta llegar al final donde la gente se amontona por pequeñas entradas sin orden, como refugiados de guerra. Camino hacia el final, donde ya casi no hay nadie y apenas se puede vislumbrar los rieles. Ian me alcanza finalmente pero continúa colocándose detrás de mí. Estamos España, y esperamos ese tren porque tenemos que ir a la Coruña, pero no estoy muy consciente de porqué la prisa.
Ian comienza a decirme algo, con un tono serio y continuo, como si se quejara mientras me narra una historia. Pero no puedo escucharlo, miro constantemente esperando poder ver cuando llegue el tren. Delante de mí obstaculizan mi vista algunas columnas de concreto y una especie de pantalla de plástico. A veces veo que se acerca algo pero entonces descubro que es completamente blanco y sé que es el metro, que pasa de largo sin siquiera detenerse. No tiene ventanas y no puedo ver a nadie dentro de él.
Siento como si cada vez hubiese más gente amontonándose en la estación y temo perder el tren cuando llegue. Entonces lo veo entrar en el andén, de naranja y blanco, y me apresuro hacia él. Al pasar descubro que no tenemos boleto y el hombre al frente me dice que tenemos que comprarlos antes de subir. Le digo a Ian que se adelante a subirse y yo lo alcanzo. Compro los boletos en un pequeño kiosko demasiado bajo, con demasiada luz por dentro y con una extraña reja negra cubriéndolo completamente. Cuando me acerco al tren veo que parece haberse transformado en una camioneta larga, con apenas unos cuantos asientos. Las filas son de cuatro y se encuentran en distintas posiciones a lo largo, las sillas se mueven muy fácilmente a través del espacio aunque se encuentran muy amontonadas. Varios chicos se han sentado ya adelante y jalo uno de los asientos para pasar atrás, a un par de asientos juntos. Apenas si encuentro espacio para poner mi maleta en el piso aunque no tenga espacio para poner los pies, pero Ian la pone en su asiento y salta hacia la cajuela, que es amplia y se encuentra desocupada. Le digo que porqué no se sienta y me dice que le molesta la falta de espacio, que está mejor ahí, aunque yo siento que sigue molesto conmigo y prefiere no estar cerca.
De otros sueños recuerdo un centro comercial pequeño y oscuro con tiendas deshabitadas, alguien jalando mi pierna del otro lado de una puerta y otras pequeñas imágenes que no alcanzan a concretarse. En algún punto me despierto.




En mi sueño suena "Timing" de Kevin Johansen