30.9.08

.sueños. .30.09.08.

Entro en la pequeña librería de segunda mano. Es pequeña, desde la entrada puede apreciarse todo el lugar y las pocas cosas que lo componen: una gran mesa central de baja altura que apenas se alza por encima de mis rodillas, y algunos libreros más aparatosos que espacios alrededor. Otra mesa, más alta, junto a la puerta, sirve para el cobro y la vigilancia del lugar, un hombre oscuro detrás de ella parece no prestar demasiada atención. Es como si alcanzara a Lili y Ariadna en un sitio lejano al que no se supone que debiera haber asistido. Ellas recorren la librería revisando cada uno de los ejemplares, como si su búsqueda tuviese que ser minuciosa y eterna. Apenas un par de personas más entran y salen rápidamente, mientras ellas no interrumpen su labor. Yo me coloco junto a la mesa central y reviso superficialmente los ejemplares desordenados sobre ella. Tengo la sensación de que todos son cuentos infantiles, burdos y viejos cuentos infantiles. Lili se acerca a mí y me dijo que vio algunos libros para mí pero que no sabe si me serán útiles. Yo les encargué algo en su búsqueda y me señala un libro maltratado con el grabado de un dragón en la portada. Lo tomo y el título me indica que se trata de monstruos medievales. Comienzo a hojearlo pero me doy cuenta de que son historias ficticias sobre diversos elementos del bestiario medieval. No, no me sirve, necesito información, no cuentos. Donde lo tomé hay otros que parecen de la misma colección, miro el siguiente que tiene el grabado oriental de un hombre en la portada. Hay algo imperfecto y siniestro en su anatomía pero no alcanzo a precisar qué. El título indica que se trata de cuentos sobre monstruos asiáticos.
Desisto en la búsqueda así que vuelvo a mirar sin mayor cuidado los demás libros, Lili y Ariadna parecen estar pagando varios ejemplares que encontraron y parecen alegres por ello. Entonces Ariadna me llama mostrándome un libro grueso de pasta dura que se encontraba en el librero junto al mostrador. Camino hasta ellas y lo tomo, es una especie de diccionarios de criaturas monstruosas de todas las partes del mundo, con diversas imágenes y un cuidado editorial más propio de un libro de artes plásticas que de un diccionario. Me parece extraño no haber escuchado antes de él. En la portada una figura grabada toda en negro sobre fondo blanco parece no alcanzar a precisar ninguna forma.
Ariadna ha pagado y se coloca junto a mí, de frente al librero que sigue al que resguardaba el diccionario. Me indica algo y sólo entonces me doy cuenta que en este segundo librero se encuentran únicamente figuras de peluche que desentonan con todo el lugar. Coloridos y felices animales se montonan entre los estantes de madera. Ariadna me señala uno que se encuentra en el último, fuera de nuestro alcance por la altura. Son dos colchones con forma de gatos rosados que se complementan formando un ying yang con sus cuerpos. Lo miro fijamente, es muy lindo pero es también muy extraño. Casi tan extraño como que a Ariadna le guste algo relacionado con gatos. Cuando me doy cuenta ya no está junto a mí. Han salido de la tienda.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "Mírame y no me toque" de Joan Manuel Serrat.

.sueños atrasados. .29.09.08.

Parece un viaje largo pero no sé a dónde nos dirigimos. Voy en un coche pequeño, sin mirar a quien conduce, y puedo notar cómo delante de nosotros una línea espacia de otros automóviles nos van guiando hacia nuestro destino. Van suficientemente lejos como para no distinguir las figuras dentro.
Avanzamos sobre la arena, junto a nosotros un cuerpo de agua parece no terminar de decidirse entre ser mar o laguna. Del otro lado un habitat tropical apenas si asoma por sobre enormes montes de arena. Mi mente va perdida, no me doy cuenta en el momento en que entramos directamente al agua. Es un retorno a mis viejas pesadillas infantiles, en que siempre caíamos al agua, el coche se hundía y, claro, pesadilla al fin y al cabo, las puertas no podían abrirse. Me asusto mirando como el agua sube alrededor del coche que no deja de avanzar, pero veo que delante de nosotros los coches se internan en la enormidad de ese cuerpo húmedo, y quien va conduciendo me dice que nada pasará. Seguimos avanzando, veo como una pequeña capa de agua comienza a entrar al coche como si mi ventana estuviera abierta y el agua apenas si alcanzara a rozarla.
Cambio de sueño como si me hubiese bajado del auto antes de entrar al agua. Me encuentro de pie en la arena, el habitat se ha vuelto una suerte de manglar enterrado en tierra, sobresaliendo azarosamente en mi camino. Avanzo, como si tuviese que llegar a alguna parte, como si me hubiese alejado y tuviera que volver. En el camino me encuentro con Eduardo, apenas viste unos boxers de playa oscuros y se une a mí en el camino sin decir nada. Su torso desnudo parece irse transformando conforme avanzamos, como si sus músculos, su piel, respondieran a designios propios más allá de su constitución anatómica. Llegamos a un pequeño descanso arenoso entre varias raíces altas de árboles tropicales. Me ayuda a subir y nos sentamos por un momento. Yo no quisiera hablar así que él comienza a hacerlo, como si estuviera contando un cuento. Me pregunta por qué no puedo perdornarlo y le digo que sencillamente no puedo, que jamás nos perdonaremos. Se abraza a sí mismo en posición fetal y comienza a llorar, pero como si el llanto fuese tan solo una vibración leve pero errática de su mismo cuerpo. No puedo verle la cara entonces y no se escuchan sollozos. Continuo mi camino dejándolo solo.
El resto del sueño transcurre en otros sitios, en calles, en lugares oscuros. Pero hasta donde puedo precisar estaba en esa playa, con el sol brillante que no alcanzaba a quemarnos. Eventualmente despierto.




En mi sueño suena "Verano traidor" de Vilma Palma e Vampiros.

28.9.08

.sueños. .28.09.08.

Nuestra casa parecía de puertas abiertas. Grande y falsa, como los muebles en exhibición de una tienda. Pasillos luminosos pero opacos, enormes y convergentes hasta nuestra habitación: una sola cama. Me encuentro con mi primo Andrés como si viviéramos juntos, tenemos unos invitados rituales, como si cada cierto tiempo se repitiera la misma dinámina. Atravesamos sitios, vamos de un lado a otro, caminamos, subimos, en el transcurrir se resumen todas las acciones: no recuerdo los espacios. A uno de ellos lo conozco, está cerca de algún modo y es como si nuestra historia estuviese incompleta. Lo miro, a veces, y él también me mira, pero no hablamos. En cierto modo lo evado y yo misma me ubico lejos.
No hay modo de medir los días ni tampoco de conocer la rutina por completo. En algún momento nos levantamos Andrés y yo, nuestras camas están unidas por los pies y dormimos como una imagen reflejada. A nuestros lados los sitios están vacíos: se han ido. Entonces me siento culpable por haber montado aquel teatro silente, miro la almohada donde él dormía y tiene algo escrito con la tinta corrida sobre la tela blanca. Pero no lo leo. Sé que volverán hasta dentro de un año y entonces siento que el tiempo se alarga y aquella premisa resulta casi imposible de alcanzar. Andrés no dice nada pero siento que me recrimina, que todos me recriminan.
Me propongo escribirle una carta y comienzo por hacer referencia a una película cuyo nombre no puedo recordar. Doy vueltas y vueltas pero si no recuerdo el nombre no hay modo en que pueda iniciar. Salgo a la calle y hay una chica muy alta y muy rubia esperándome, la alcanzo y camino a la par de ella. Nos dirigimos a un estacionamiento. Le pregunto por las películas que conoce de cierto actor que sale en la que yo busco, refiero el título de algunas que yo consigo recordar. Ella me dice que la única película que ha visto de él es una cuyo título lleva la palabra 'colmillo'. No recuerdo yo esa película, me detengo dudosa ante la puerta de su auto.
Entonces despierto.



En mi sueño suena "Casiopea" de Silvio Rodriguez.

.detalles diurnos.





















Joan da una larga calada a su tabaco oscuro. La mujer a su lado confunde el humo entre la imagen del vuelo. Yo pienso: lo aparente es una línea con pretenciones de horizonte. Un puente. La noche quisiera calentarnos los pies, pero nosotros no bebemos demasiado. Qué lejanías traemos en el cuerpo. Con qué profunda entereza nos cubrimos de la constante lluvia, hundimos los pies en lo más hondo de los charcos: el mar. Quién diría que Joan estaría ahí, a las puertas de un cine, definiendo todo con la palabra Cortazar. Quién diría que habría un sólo número, una sola llamada jamás contestada, un bar irlandés, una barra de bar amarilla. Una noche, y la siguiente. La palabra luna repetida en ruso a las afueras de una tienda cerrada.
Esa y todas las noches. Un mes también es una vida. Joan quemaba el vuelo en las colillas de sus cigarros. Sólo en los días de octubre.

26.9.08

.o tengo los ojos abiertos.






















Esperé, mucho tiempo, estar tan confundida como para no recordarlo.

.sueños. .26.09.08.

Miro la escena desde afuera. Como un cuento que estuviera mirando y escribiendo al mismo tiempo. He olvidado cómo llegaron a ese punto, pero ella lo mira, profundamente, toda de negro, él, también la mira, hay solo una calle o un abismo entre ambos. No se dicen más, es un encuentro casual y se alejan. Ella piensa en que aún podría amarlo si el bebé no hubiera muerto.
Quizá llega a alguna lugar, alejándose sobre esa calle, pero no lo recuerdo. Entonces despierto.




En mi sueño suena "Dead boy's poem" de Nightwish.

25.9.08

.sueños. .25.09.08.

En un pequeño tren a escala, de esos que suelen atravesar los parques para divertir a los niños, con sus colores llamativos y sus formas reducidas, atravieso un museo. Apenas si entro yo en un vagoncillo convertido casi en pequeña jaula. El museo luce abandonado, apenas si algunas personas se cruzan de vez en cuando en el camino y desaparecen. Por las ventanas apenas si alcanza a filtrarse un poco de luz de una tarde probablemente gris. Mayra viene conmigo, y todo parece planeado por alguna especie de deseo de su familia de ver el lugar. Los adivino en otros salones, como si nunca alcanzara a verlos realmente. Me bajo en uno de tantos cuartos, avanzo hasta llegar a una escena que es de difícil acceso y por lo cuál es poco visitada. Parece una sala de estatuas de los grandes museos pero a escala, las piezas pequeñas corresponden a juguetes viejos cuya importancia es difícil precisar. Incluso las paredes y los pasillos dan la sensación de ser más pequeños de lo debido. Ya avanzo sola, pero por momentos sigo a una familia pensando que es la de Mayra y que debo llegar con ellos hasta el final, pero jamás consigo alcanzarlos y eventualmente se pierden entre salones, que a veces parecen de casas, de edficios, de oficinas.
Salgo a un patio y parece como si una pequeña villa se concentrara ahí. Todo está dispuesto para algún evento de gala, hay muchos pequeños kioskos de techos abiertos donde se localizan mesas con decorados fastuosos, todo en tonos aperlados. Yo camino entre esas mesas, hay pocas personas sentados en ellas y los demás parecen dispersarse entre los jardines reducidos, como si no supieran a dónde dirigirse. Entonces comienza la marcha.
Todos parecen avanzar rápidamente, alejándose, yo corro con ellos y me siento como en medio de un bombardeo, de una zona de guerra de la que no alcanzo a ver la magnitud. Todos corren. Al frente del tumulto dos hombres sostienen unas enormes banderas y primero pienso que se trata, al menos una, de la bandera nacional. Pero no alcanzo a distinguirlas del todo. En mi camino me cruzo con una niña que se ha detenido en la marcha y se encuentra en el suelo llorando. La multitud también parece detenida apenas a varios metros de ella, lo suficiente como para no alcanzarla. Me detengo y le pregunto qué sucede. Ella me habla con una voz llena de años, como si ya supiera todo pero no pudiera evitar las lágrimas infantiles. Es la hija de un político muerto, de un representante de uno de los dos partidos que alzan sus banderas, y ahora las veo, ondeando juntas. Me dice que es una burla, que su padre jamás habría permitido esa alianza, que esas banderas jamás deberían juntarse. Levanto la vista y en el tumulto un solo hombre sostiene ambas banderas enormes y grita consignas inentendibles. Todo luce absurdo y yo misma no entiendo la finalidad se esa manifestación. La tomo de la mano y ella avanza como si fuera una muñeca fácilmente conducida. Trato de alzar mi voz entre todas las demás para explicar porqué están equivocados, porqué deberían detenerse, y en realidad apelo más a los sentimientos de la niña que a la propia lógica. Pero nadie escucha, en realidad hay pocas voces que suenen entre todas las demás, pero nadie escucha.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "La ciudad de la esperanza" de Panteón Rococó.