8.10.08

.sueños atrasados. .07.10.08.

Recorremos la ciudad en coche. Me siento como una niña pequeña: atrapada cuando pensaba huir. Como si antes hubiera tenido que estar en otro lugar y lo hubieran evitado. Voy en el último asiento, sola, miro por la ventana los muros altos de la ciudad que parecen esconder los edificios. En varios de ellos hay varias pinturas urbanas, principalmente textos. Pienso que me gustaría ver y fotografiarlos, pero sé que no podré, como si fuera una ciudad desconocida a la que no fuera a regresar nunca.
Llegamos a casa de mi abuela, toda la avenida se encuentra llena de gente que se amontona en las aceras mientras que la calle está desierta. Todos parecen esperar al carnaval, pero juntos y silenciosos, con una alegría culpable que flota en el ambiente. Entrando a la casa mi madre me dice que me apure, que tengo que llegar temprano. Entonces recuerdo que me inscribió a una especie de concurso de belleza que me pareció ridículo en el momento pero que acepté por no contradecirla. Llegando a su habitación hay muchas maletas abiertas, la ropa se escapa desordenadamente de ellas, pero ninguna es mía. Colgado junto al tocador hay un vestido de gala verde esmeralda, escotado y largo. Recuedo vagamente su elección, mi madre me dice que me lo ponga. Busco en vano un sostén para usar y que no luzca mal con el verde. Descubro que en realidad no tengo nada de ropa ahí. Junto a mí la cama está fuera de lugar, como tapando la puerta que da al patio. En ella platican y juegan mi hermana y unas amigas suyas. Pero no son permanentes, como si cambiaran, como si mi hermana por momentos fuera Isis y como si su amiga Noemí fuera por momentos Betty. Entonces Noemí/Betty me dice que ella puede prestarme un sostén suyo y alcanza una de las maletas abiertas y saca uno azul pastel, decorado con muchos pliegues del mismo color que simulan flores. Pienso que no quedará con el vestido, que se notará a través de la tela, pero no tengo otra opción. Trato de ponérmelo pero es demasiado pequeño, como si fuera de muñeca. Mi madre me apura y me da soluciones inútiles al caso, mientras yo pienso en las preguntas que harán y en mi imaginación siempre terminan haciéndome alguna de literatura ante la mirada extrañada de los demás presentes. En mi imaginación estamos en un cuarto cerrado, pequeño, de suelos y paredes de madera, las demás participantes son muy niñas. Le respondo a mi madre que no se apure y de uno de los pequeños cajones en el suelo saco un sostén de rayas negras y blancas. Me parece la mejor opción, ella me repite que se ha hecho tarde pero no escucho nada. Comienzo a peinarme frente al espejo.
Entonces despierto.




En mis sueños suena "Ella es azul" de Volován.

6.10.08

.fotofobia.


Me contarás cuentos para no dormir. Comenzarán con: a los 13 ya lo sabíamos todo. Abrázate a mis miedos y las noches de falsos insomnios. Las palabras masticadas, el metal filtrándose entre los dientes. Si sólo queda esta noche y no la anterior y no la siguiente, recordaré una aguja atravesando el esternón y la palabra adiós entre el concreto. Como si pudiese haber culpables en el abandono, en el continuo fluir de un charco, en. En ti. Tu imagen congelada hace dos noches, hace tres noches, hace diez años. Iniciando. Me dan miedo tus cuentos si no hay dedos en la ventana o llantos en los juegos infantiles.
Comencemos de nuevo: a los 30 ya lo sabíamos todo. Y no.

5.10.08

.sueños. .05.10.08.

Es de noche y nos encontramos todos encerrados en la habitación. Es la recámara de mis padres de la casa de mi infancia. Pero el cuarto es enorme, la cama se estira hasta lo inimaginable dando una sensación de pequeñas camas pegadas unas con otras. Siento que entra demasiada luz por la ventana, pero no puedo mirar nada afuera. Dormimos intercalados, unos con los pies hacia la puerta, otros hacia la cabecera. Todos usamos las mismas batas blancas, de la misma tela que las sábanas que nos cubren. Del otro lado de la puerta se escuchan ruidos, gritos, quejidos ahogados. Y nosotros también comenzamos a gritar, a movernos, como si tuviéramos que ser el eco de esos sonidos. Como si la reproducción fuese el único modo de mitigar el terror.
Cambio de escena, estoy en la cocina, es la única luz encendida. Es como si temiera encontrarme afuera. Junto a mí hay una chica mirando mis movimientos, es mi pareja. Como si pudiera sentir cada parte de mi cuerpo me doy cuenta que soy hombre. Busco algo, en los cajones, no lo encuentro.
Hay alguien afuera, lo podemos mirar a veces por las ventanas en la sala. Se mueve en el patio, como si nos retara a acercanos, le digo que no voltee a verlo, que lo ignoremos y se irá. Entonces escuchamos cómo derrama algo y mirando que tira gasolina por el patio. Comienza a incendiarse pero es como si el fuego se limitara a un pequeño charco en el concreto, no se mueve. Las llamas bailan alrededor de él pero no se acercan a la casa. Ella me grita que va hacia la puerta y corremos nosotros también. Tiene seguro pero él empuja como si no importara, veo el seguro puesto pero la puerta se tambalea como si fuera a caerse de un momento a otro. Ambos nos mantenemos haciendo peso. Pienso en que jamás he usado un extinguidor, en que los demás tardarán en llegar, en que no hay nadie cerca. Y la puerta tan endeble. De pronto ya no veo las manos ni el cuerpo de ella empujando, ya no siento los golpes del otro lado, ya no miro el fuego por la ventana. Todos se han ido, y sumergida en la noche oscura me encuentro sola.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "El mar" de Ely Guerra.

.sueños atrasados. .03.10.08.

Iba a visitar a Vanessa. Sabía que no se había estado sintiendo bien y pensé que quizá necesitaría de alguien que la cuidara durante algunos días. Era como si viviera cerca de ella, apenas a algunas horas, para que la ceremoniosidad del encuentro quedara relegada a lo cotidiano. Ella vivía en una ciudad eternamente gris, como si las ventanas siempre estuvieran empañadas de humedad. Tenía mi edad y vivía con su hermana menor, apenas un par de años, quien era exactamente igual a ella sólo que con el cabello muy largo y profundamente negro.
La melancolía de Vanessa era una mezcla de depresión y gripa, parecía siempre sin ganas de moverse, mirando por las ventanas. Su departamento era pequeño y poco amueblado, con demasiada luz que lo hacía lucir demasiado blanco. Su hermana me insistía constantemente que saliéramos, que hicieramos algo, ella estaba siempre con un pie afuera, saliendo y entrando. Vanessa no decía nada. Y yo siempre declinaba las invitaciones de su hermana, advirtiéndole que había ido para cuidar a Vanessa. Pero ella insistía, siempre, como si quisiera alejarme de su hermana. Ellas apenas si se hablaban, como si no se conocieran. Finalmente tengo que declinar, mientras me encuentro en la cocina lavando algo, explicándole que no pienso salir con ella. Entonces se marcha y no vuelvo a verla.
El día que me voy Vanessa me acompaña al aeropuerto. Para llegar debemos de tomar un tren que recorre lentamente por campiñas verdes y húmedas. Somos las únicas en el vagón y vamos todo el camino abrazadas sin decir nada. Cuando llegamos a nuestro destino soy la única que se baja, ella se queda dentro y se despide de mí mientras espera que el tren vaya de regreso. En la estación ya es de noche y afuera llueve terriblemente. Alguien viene conmigo, detrás de mí, y yo arrastro mi maleta hasta la salida. Afuera hay un sólo taxi esperando pero una familia delante de mí lo toma primero. El taxista me pregunta a dónde iré y le digo que al aeropuerto y promete regresar por mí. Me detengo contra la pared, sola, mirando la noche, a esperar.
Entonces cambia el sueño.
A partir de ahí vienen imágenes confusas. Un enorme reloj rosa de pulsera que me dan para que funcione como celular. Una casa en la esquina de la de Mayra, desde donde corro por las noches para escribirle mensajes en su puerta metálica blanca, por fuera, para que ella los lea por la mañana. Un supermercado donde corro mientras me encuentro con diversos primos en el camino, algunos me jalan para que corra con ellos. Confusión y superposición de imágenes.
Eventualmente despierto.




En mi sueño suena "Nada" de Juanes.

3.10.08

.fotofobia.


Hoy no me importa olvidar todos mis sueños. Ni toda mi vigilia.

2.10.08

.sueños. .02.10.08.

Nos encontramos en un centro comercial de noche, poca gente apenas si se encuentra por los pasillos blancos con tiendas a oscuras. Nos encontramos en un extremo, voy con mi hermana, como si apenas fuera una niña de 8 años, y una amiga, creo que Lili. Ellas me siguen. Vamos al cine, a la última función, pero es tarde. Tenemos que cambiar los boletos en uno de los extremos del lugar. Tengo una tarjeta y debemos ocuparla en unas extrañas máquinas, como columnas de aluminio que se encuentran erguidas aleatoriamente en un espacio abierto. Por la avertura tengo que confirmar mi identidad introduciendo uno de mis anillos. Coloco el de cadena en la única avertura, pero por su estructura pierde la forma al entrar, de manera que no puede continuar la operación. Me desespero, las demás personas que aparecen toman sus boletos y se van, no veo a nadie que pueda ayudarme. Caminamos hacia el único lugar abierto, que en un restaurante donde ya se encuentran limpiando el local y pregunto si no puede ayudarnos. Un chico vestido de rojo me dice que no, me pregunta qué anillo escogí y le muestra el mismo, a lo que responde que fue una mala decisión. Lo sé, y me arrepiento de no haberme dado cuenta antes. Miro un reloj en alguna parte y veo que vamos ya 20 minutos atrasadas. Desisto. Lili y mi hermana se mantienen mudas y alejadas de mí. No sé qué más hacer.
El resto del sueño transcurre en otras búsquedas de espacios perfectos. Eventualmente despierto.




En mi sueño suena "Mi gin tonic" de Andrés Calamaro.

1.10.08

.fotofobia.


Pensé en decirle que no estábamos a salvo detrás de nuestras palabras. Que el miedo ya era algo más que todos los mitos, que las granadas perdidas, que las cabezas enmarcadas por frases incoherentes. Que en el polvo no estábamos a salvo, que en el tiempo no estábamos a salvo. Que el abrazo no podía acercarnos más, alejarnos más.
Que yo sí sentía miedo. Aunque no fuera por nosotros.