31.1.09

.detalles diurnos.


Por la noche no soy yo en las conversaciones.

29.1.09

.detalles diurnos.


Despierta en blanco: cortinas, sábanas y ropa interior. Se desnuda lentamente y sola. Puede comenzar de nuevo: despierta. Quisiera voces de mujeres en las esquinas, un murmullo apenas. Nadie se lo cree, primera baraja: veo un hombre de piel clara en tu pasado. Despierta con el olor del copal pegado en piel. La mujer tenía las uñas blancas, es todo lo que recuerda. Usando más la mano derecha, decía, y claro, segunda baraja: un ojo que mira de frente, más allá de las pastillas. Esas veces no despierta, toma agua, continua con las preguntas y mira fijamente todos los angúlos incompletos. Encuentra patrones en los años que no le han traído nada y lo sabe, tercera baraja: alguien importante aparecerá en las siguientes tres semanas. Y sigue el incienso confundido en sus pulmones y un sino inevitable que nunca llega. Despierta en blanco: una mañana estuvo en Barcelona y nadie tomaba su mano. El vestido nunca estuvo ahí, en realidad era entonces cuando tenía qué verdaderamente despertar. Y ya era de noche.

28.1.09

.sueños atrasados. .28.01.09.

He llegado a un pueblo pequeño por la noche. Como si todo el pueblo fueran apenas aquellas calles oscuras por donde llueve o ha llovido, como espejismo de ciudad industrial en decadencia. Llego a mi casa, o a la que debería ser mi casa. Todo como si llegara a una vieja estación de camiones por donde siempre tengo que volver a pasar. Recuerdo veces anteriores, el polvo del camino en que me detenía, el sol terriblemente ardiende con destellos rojos en todos lados. Llego y sé que todo está embrujado, pero la maldición es tan cotidiana como la lluvia o como los ruidos metálicos de todo lo que aún no se ha caído.
La estación de camiones es una gran casa como una gran madre. Y siento como si dentro confluyéramos todos aunque me encuentre sola. Es imposible llegar a los andénes. En medio de la sala de espera, completamente a oscuras, se encuentra una enorme piscina. Con el agua terriblemente clara en cuyo fondo resplandecen unas fuertes luces que hacen que todo aparezca con tonalidades verdes claras. Estoy sentada en una de sus orillas curveadas, remojando mis pies en el agua. Y del otro lado cuatro elefantes se encuentran sentados frente a mí, jugando. Arrojan cada cierto tiempo diversos objetos, casi todos esféricos, hasta que estos chocan contra una red que se encuentra suspendida entre su esquina y la mía. La red golpea los objetos de vuelta que terminan rodando caóticamente por la habitación, dispersos. Lo hacen constantemente y por momentos pareciera que ríen con aquella gracia. Hasta que uno de ellos, el que se encuentra más hacia la esquina derecha arroja una pequeña pelota amarilla, la cuál apenas si consigue golpear la red y resbala hasta quedar flotando en el agua. Las risas se detienen, también los juegos, sin pensarlo el elefante se arroja al agua sólo para descubrir que hacia abajo se tiende un abismo. No puedo moverme y con infinita tristeza contemplo como poco a poco el agua va cubriendo al paquidermo hasta que sólo queda de él su trompa pidiendo auxilio y después ni siquiera eso. Quisiera moverse y entiendo cuán absurdo sería tratar de ayudar a un elefante. Sólo queda la pelota amarilla flotando burlonamente en el agua, como una fruta. Los demás elefantes dejan de jugar.
Me pongo de pie y me alejo, quiero encontrar a alguien más y compartirle la terrible tristeza que tengo dentro. Sólo quiero poder pronunciarlo, que uno de mis elefantes ha muerto y que es muy pesado para mí cargar con ese luto. Quiero el consuelo de las palabras, pero no hay nadie. No puedo llegar nunca hasta la puerta.
Entonces despierto.



En mis sueños suena "Elephant woman" de Blonde Redhead.

.sueños atrasados. .26.01.09.

Llego temprano a mi clase de japonés. Todas las personas continuan aún hablando dispersas, alejando el momento. El salón es distinto, es demasiado pequeño, sin ventanas. Apenas puede entrar una fila de escritorios dobles y dejar un pequeño espacio para moverse. Todo es de madera, no hay nadie sentado. Hay una amiga conmigo pero no dice nada, sólo se mantiene inmutable junto a mí, sin decir nada. Estoy hablando con Francisco, en realidad él me está contando algo pero yo no lo escucho, sólo pienso en lo extraño que es que se presente al curso ahora, sin haber venido a ninguna de las clases anteriores, sin tener idea de lo que hemos visto. Pero él me habla de otras cosas, me cuenta que ha estado teniendo problemas con su novia, Selma. Me cuenta algunas cosas que han sucedido entre ellos y la actitud de Selma en dichas circunstancias es completamente errática. No voluble, no bipolar, no nada que pudiese justificarse de algún modo: simplemente sus acciones no tienen sentido. Le respondo vagamente que no debería sorprenderle, dado que es francesa, pero al momento de enunciar la oración me doy cuenta de que suena terriblemente despectiva y me siento avergonzada de haberla pronunciado. Volteo a verla a ella, sentada sola en el primer escritorio. Es la única persona sentada y mira hacia el frente como si hubiera algo allá, pero no lo hay. Inmóvil con su suéter azul y su cabello negro suelto. Me pregunto si me habrá escuchado pero nada parece indicarlo.
La clase va a comenzar y todos parecen irse a sus lugares. Yo me siento en un escritorio y Francisco se sienta junto a mí, mi amiga parece irse y sentarse en otro lugar, pero no me importa.
La clase terminaba y yo regresaba a casa. Me sentía de nuevo como en la preparatoria, regresando al hogar a la hora de la comida, pero mi familia estaba lista para viajar, como si hubiera sido el último día de clases y ellos tuvieran ya todo listo a mi regreso para el viaje.
Estamos en el coche y tras un viaje corto llegamos a una casa en medio del campo, que más bien parece una campiña europea. Sé que estamos en España, en casa de los padres de él, y sé que nos esperan aunque no nos conozcan.
Recorro constantemente la casa, voy de una habitación a otra, de un salón a otro. Es enorme y luce muy iluminada todo el tiempo. Sé que hay más gente y los escucho a veces en los cuartos a los que no entro, pero nunca los veo, no me encuentro nunca con nadie. Y los días transucurren sin que él llegue, porque sé que no ha terminado sus clases y falta aún para que vuelva a casa, pero no sé cuándo será eso, y sus padres no saben que no nos conocemos así que no me siento con la confianza de preguntárselos. Voy a un cuarto que se encuentra junto a entrada principal, es una especie de recibidor pero en realidad luce como un dormitorio pequeño. Hay dos camas alargadas pero muy angostas que se cubren por unas cortinas transparentes. Me acuesto en una de esas camas, en la otra está sentada mi hermana en silencio, y duermo una siesta.
Han pasado varios días y él no llega, continuo con mi ejercicio absurdo de recorrer la casa obsesivamente. Todo luce muy blanco, muy amplio, entro en varias otras habitaciones: un cuarto que parece un dormitorio. Comienzo a pensar que no lo veré, que nos queda poco tiempo y él bien podría no llegar en esos días. Comienzo también a pensar que quizá llegó precisamente el día en que dormí la siesta y partió durante esas pocas horas. Que era mi única oportunidad y la arruiné. Me siento frustrada por todos mis pensamientos y decido entretenerme haciéndole preguntas a mi ipod.
Salgo al garage, nuestro coche está estacionado ahí, es una camioneta negra muy grande. Abro la puerta del copiloto y me inclino sobre el asiento para buscar mi ipod alrededor de las cosas que hay tiradas en el suelo. Muevo muchas cosas pero no puedo encontrarlo. Escucho las pisadas de alguien que entra en el concreto del garage y entonces siento como unas manos me toman por la cintura y me jalan suavemente obligándome a salir del coche. Me volteo y quedo frente a él, viene con la fatiga de aquel que lleva días viajando y con la borrachera encima también. Sin decirme nada me abraza fuertemente. Siento su peso sobre mí, la carga de una ternura inentendible. Al separarse me dice que lo acompañe a saludar a sus padres.
Entramos a la casa, tengo que dejarlo recargarse en mí puesto que el alcohol ya no le permite caminar correctamente. Soy consciente de nuestra amplia diferencia de alturas, de cómo apenas consigo aferrarme a su cintura, del modo en que debe inclinarse un poco para facilitar nuestro paso. Atravesamos de nuevo los mismos salones por los que yo hubiera pasado antes, donde confluyen estructuras arquitectónicas fantásticas y sitios de todas las casas donde he vivido. Ahora están llenas de personas y ruidos, gente que platica y se mueve pero nadie conocido, nunca sus padres. Hablamos poco y a veces al responderme sus expresiones son iguales que las de Ian. Me hace sentir incómoda, me pregunto si siempre que conozca a alguien estoy condenada a mantener las mismas conversaciones, como si todos fueran si no una calca de algo absoluto.
En alguna de las habitaciones por las que atravesamos me encuentro con mi abuela, está sola. Nos mira fijamente y escucho nada más cómo me dice que cómo puedo estar junto a un joven completamente drogado. Pienso en responderle que no está drogado, que nada más está ebrio, pero también pienso que no tiene caso y salgo de la habitación sin responderle nada.
Llegamos de nuevo al pasillo principal, al final del cual se encuentra la habitación de sus padres. Me dice que irá a saludarlos y que luego vuelve por mí para que salgamos a dar una vuelta por la ciudad. Yo entro en el recibidor con camas nuevamente, donde dejé mis zapatos, y me dispongo a atarlos mientras pienso en lo que sucederá posteriormente. Nos imagino recorriendo en coche una ciudad pequeña y de noche, con calles de pequeños adoquines. Pienso en todo lo que tengo que decirle y todo lo que ahora sé que el tiene que decirme. Nos imagino volviendo de nuevo a esta habitación, sentándonos sobre esta cama y platicando durante toda la noche. Me pregunto si será igual, me pregunto si debería ser igual, me pregunto si importa que sea o no igual. Pero entonces suena el teléfono del cuarto y contesto. Es él, llamándome desde la habitación de sus padres, me dice que tiene que irse, que le acaban de avisar que un programa que tendría ese verano ha cambiado de lugar. Originalmente sería en la misma ciudad en la que nos encontrábamos, pero ahora tendrá que ser en Madrid y tiene que partir justo en ese momento. Sin posibilidad de vernos siquiera a la puerta, como si fuera entonces la distancia más abismal, entre el cuarto de sus padres y aquel falso recibidor. Él suena mal por los sucesos, mal por no poder estar conmigo siquiera un poco.
Le digo, sin demasiada emoción, que puede que no sea tan malo, que mi familia aún esperaba pasar unos días en Madrid antes de regresarnos. A él parece alegrarle la idea, me dice que podría decirle a mi chofer que me dejara frente a su universidad por las tardes, cuando él terminara clases, y así podría pasar el resto del día conmigo. Le digo que eso no importa, que yo puedo moverme sola, y me imagino llegando a su pequeña escuela, más de noche que de tarde, con toda la gente saliendo y alejándose y entonces él, saldría y caminaríamos mientras se vuelve todo más oscuro y la calle más solitaria. Él interrumpe mis pensamientos comentando fugazmente anécdotas que vivimos juntos: recuerdo aquella vez que te caíste. Sonrío casi por compromiso pero no quiero pensar en ellas, trato de regresar siempre a nuestro hilo principal y le pido el número de su celular o no podré llamarlo. Me lo va dictando: 2454. Entonces escucho 'C'. Le pido que me lo repita y vuelve a decirlo, 'C'. Miro las teclas de mi celular, pensando que quizá se refiera a la cuál corresponde la letra C. Pero mis teclas han cambiado de lugar, no tienen letras y muchas ni siquiera tienen números. Él lo dice entonces: 'X'. Y yo sé que se refiere al 6. 24546. Pero al mirar la pantalla del teléfono noto que he escrito 35458. Creo que me he equivocado de número, que me hace falta algo más, que no podré comunicarme nunca de vuelta. Y él sigue hablando, con ternura, historias que yo no puedo escuchar.
Entonces despierto.




En mi sueño suena "El club de las mujeres muertas" de Víctor Manuel.

26.1.09

.sueños. .25.01.09.

Hay un largo recorrido laberíntico. No me siento perseguida: tengo que llegar a algún sitio. Atravesamos casas viejas, pisos de lozas blancas y verdes. Paredes que se van cayendo, techos altos. Todo a media oscuridad. Todo encerrado y todo viejo. Pero siento que debo correr, que para después será demasiado tarde. Mi hermana corre detrás de mí todo el tiempo, no decimos nada, no es una competencia pero siento que debo llegar antes que ella. Adelante siempre luce más oscuro.
Al llegar a la última sala hay un mantel blanco en el suelo, en medio de una habitación sin más muebles. Sobre el mantel se encuentran dos pequeñas cunas a nivel del suelo. Como pequeñas cajas oscuras. Me siento en el suelo y detrás de mí mi hermana repite mis actos, espalda contra espalda. Tomo al bebé que está en la cuna frente a mí, lo abrazo. Ya no es una bebé, es una muñeca. Una muñeca vieja, fea, sin ropa, únicamente con el cuerpo de peluche blanco, los ojos azules muy abiertos y casi despintados, el cabello rubio sucio revuelto y escaso. La muñeca me mira, y yo me siento culpable de pensarla fea, de saberla fea. Después será demasiado tarde. Tomo un biberón y comienzo a alimentarla, la leche se cae por entre sus pequeños labios de plástico.
Entonces despierto.



En mis sueños suena "Prison song" de System of a Down.

.sueños atrasados. .21.01.09.

Caminamos por la orilla de la playa. Hay un desnivel pronunciado de arena antes de llegar hacia el mar. Me siento traicionada por el aparato en el que me muevo, como si mis piernas fueran inútiles y una complicada estructura de metal tuviera que reemplazar su función. Miro todo desde lo alto y tengo la sensación de que otras personas se mueven detrás de mí, pero no volteo a verlas. El día es gris.
Me bajo y no quiero saber nada más del mar. Entro en un pequeño sitio, cuyas paredes son casi en su totalidad de cristal. Lili se encuentra dentro y detrás de mí entra un hombre vistiendo un traje rojo tornasol que le queda un poco grande. Lili toca la tela, es muy suave y muy floja como para ser un traje. Le dice que ella tiene un vestido del mismo color, pero mira la tela casi con tristeza.
Quizá suceden otras cosas que no recuerdo. Entonces despierto.




En mis sueños suena "Aviones plateados" de El Último de la Fila.

22.1.09

.sueños atrasados. .21.01.09.

Llegué a casa de Lili como si estuviera muy lejos, en un lugar extranjero, como si yo llegara de muy lejos y no fuera esperada pero tampoco resultara mi presencia en una sorpresa grata. La cotidianidad de lo lejano. Lili está en la habitación, todo parece azul muy pálido y la ventana es muy grande aunque no consigue filtrar demasiada luz dentro. Ella está sentada en la cama blanca y lee unas fotocopias para clase. Pero más que estar sumergida en la lectura parece que la comentara con alguien más, alguien que se encontrara en la cocina, junto a la habitación, y que pudiera escucharla aunque no fuese visto. Quizá Frank o Juan Pablo.
Me siento junto a ella y parece que no se da cuenta. Continua leyendo. Cuando veo el texto se supone que fuera un escrito de Sacha Baron Cohen. Pienso en lo ridículo que debe ser un texto de él pero al irlo leyendo me doy cuenta que es muy distinto a lo que pensaba. En alguna parte dice algo como "Mexico City should improve their manners cause now I'm falling in love with New Orleans". Quisiera continuar leyendo pero la voz de Lili me interrumpe, le dice a su interlocutor que entre el texto se filtra la letra de una canción que le gusta mucho. Comienza a leer la canción, aparentemente habla de un personaje solitario perdido en una ciudad donde va cayendo la noche, en el punto en que aún todo es azul, hace un recuento de todo sin hablar de él. Termina con una frase como "I'm with you. You're with me". Pero mientras miro esta frase se va volviendo más compleja, cambian las palabras, crece, cambia de colores. No puedo enfocar bien el resto del texto ni ya nada más.
Entonces despierto.



En mi sueño suena "Queen of New Orleans" de Bon Jovi.